Ella temblaba, pero no se apartó. Al contrario: se arqueó contra mí, me buscó con un hambre que me hizo perder la cabeza. La ayudé a acomodarse mejor sobre mí, mis manos en su cintura, cuidando de no dejarla caer ni un instante. Su falda ya estaba hecha un desastre, pero no nos importó. El sillón crujió bajo nuestro peso, testigo mudo de una batalla que se había convertido en rendición. —Eres mía —murmuré, sin poder callarlo, con los labios hundidos en su cuello. —Siempre lo fui… —respondió entre jadeos, y esa frase me atravesó más hondo que cualquier reproche. No hubo espacio para dudas. La cuidé incluso en medio de la urgencia, cada movimiento asegurándome de que sus manos me seguían pidiendo más, de que sus ojos no decían “detente” sino “no pares”. El veneno se transformó en un acto

