—¡Bajé! —grité, probablemente demasiado fuerte, y Zayn me agarró por la cintura y dio una vuelta conmigo. —Obvio bajaste —dijo—. Eres mi tormenta. Marc nos hizo repetir. Y repetir. Y repetir. Cada vez un poquito más suelto, un poco más “papas a la francesa”, un poco menos “pizza nerviosa”. En una de esas, mis esquís se cruzaron y me fui sentada a cámara lenta sobre la nieve. No dolió; se sintió como caer en un colchón frío. Zayn se dejó caer a propósito a mi lado. —Solidaridad —dijo, con seriedad fingida. —Idiota —me reí, le metí nieve por el cuello del abrigo—. Por eso te compras gorros pistache, para que te vea cuando te caes. —Es estrategia —dijo—. Así me encuentras y me das besos de curación. —Solo si dejas de hacerte el héroe delante del instructor. —Ni media promesa —respondió

