Escucharla fue como sentir que me encendían la sangre. Mis manos se cerraron en puños y tuve que respirar hondo para no estallar ahí mismo. La tomé de la mano, apretándola fuerte, y me giré hacia Ingrid. —¿Qué quieres, Ingrid? ¿Que ponga una queja en la escuela? ¿Que pida una orden restrictiva? —escupí, mirándola con el ceño fruncido—. Déjanos en paz de una vez. Su cara cambió. La falsa víctima desapareció y dejó ver la furia real. —¡Esa salvaje me golpeó! —espetó, señalando a Amaya—. Yo solo bromeaba, y ella… —¿Bromeabas? —la interrumpí, casi riendo con amargura. —Sí, y tú, Zayn… —me fulminó con la mirada—. Te lo juro, cuando ella se vaya, voy a ser yo la que esté aquí. Porque esta puta… No terminó. Porque en cuanto esa palabra salió de su boca, vi la transformación en el rostro de

