11. Hospital y promesas

1503 Words
Bella Llegué casi corriendo al hospital preguntando a la recepcionista por Gia Parisi. Cuando vi las siete llamadas perdidas de Carlo supe que algo pasaba, mi hermano no insistía tanto si no se tratase de algo importante. Me sorprendió que, para él, Gia fuese esa clase de situación importante. La información que me proporcionaron en la recepción fue vagamente escasa. Gia se encontraba en cuidados intensivos, nada más. Uno de los hombres de Carlo merodeaba el pasillo, Enzo, si mal no recordaba. Se movía de un lado a otro con las manos cruzadas en su espalda. No vi a mi hermano por ningún lado. —¿Cómo está? ¿Se sabe algo de su estado? —Me acerqué al hombre al mismo tiempo que le interrogaba. El reconocimiento le llegó de inmediato y me saludó con una inclinación de cabeza. —Una de las enfermeras dijo que la trasladaron a cuidados intensivos. —Me brindó la misma información que ya sabía desde recepción—. Si me lo permite, cuando la sacaron de urgencias se veía estable, pero… No sé porque me produjo pánico su silencio. —¿Qué? —Le presioné para que hablara. —La señorita Parisi está embarazada, ¿verdad? —Asentí, con la preocupación arraigándome la garganta—. El sentimiento que vi en sus ojos fue el mismo que vi cuando mi mujer estaba perdiendo a nuestro bebé. Me conmovió la forma en como le costó horrores pronunciar aquellas palabras. Parecía un recuerdo reciente, uno de esos que dolía, uno de los que difícilmente se recupera. —Lo siento mucho. —Susurré apenada y me vi en la urgencia de querer transmitirle mis palabras en un abrazo. Nadie merecía pasar por algo tan horrible como eso y si Gia lo estaba padeciendo, necesitaba estar más que nunca con ella en estos momentos. De una de las puertas del otro extremo del pasillo salió Carlo y el médico, imaginé que el mismo que estaba atendiendo a Gia. Me acerqué, pero solo llegué cuando se estaban dando una palmada en la espalda y un apretón de manos. Sus expresiones no daban la ilusión como si hubiese buenas noticias, por el contrario. Saludé a mi hermano con un abrazo y un beso en la mejilla. No me sorprendió que me envolviese de aquella manera contra su pecho, como si buscara el consuelo en alguien cercano, como si necesitara de eso para no romperse y venirse abajo. Me causó impresión. Gia estaba provocando esta clase de cambios en Carlo, y yo, que era su hermana, nunca le había conocido de este modo; preocupado. —¿Que ha dicho el médico? —Quise saber cuándo nos separamos. —El bebé… —Intentó que las palabras no se le quedaran atoradas en la garganta—. Hay pocas probabilidades de que pase la noche. Ahogué un jadeo y tuve la sensación de vacío dentro de mi estomago cuando pronunció aquellas palabras. Sentí de pronto el cosquilleo de las lágrimas, no solo se trataba del hijo de Gia, se trataba del hijo de mi propio hermano, mi sobrino. Cerré los ojos con fuerza y bajé la cabeza. Busque a Mauro entre la oscuridad de mis pensamientos, cuando le vi, le pedí que por favor no permitiera que Gia perdiese a su bebé, que era nuestra sangre la que también corría en su vientre. Levanté la mirada y sequé las lágrimas, me urgía poder transmitirle algún tipo de compañía a Gia, que supiese que estábamos allí para ella, que no estaba pasando por esto sola. Por otro lado, Carlo estaba ensimismado en sus propios pensamientos. No era bueno sobre pensar demasiado, y que se tratase a de él, que era efusivo e imprudente, se convertía en una reacción un poco alarmante. —¿Tú cómo estás? —Pregunté, trayéndolo de vuelta a la realidad. Al principio me miró consternado, tenía los ojos rojos y unas ojeras de infarto. Luego bajó la cabeza y suspiró. —No creí que fuese a suceder esto, Bella. —Confesó y yo no supe demasiado bien a que se refería—. La obligué a abandonar el hospital sin recibir el alta del médico, fui un completo imbécil. Recordé la noche de ayer, cuando me dijo que la había llevado a una de las habitaciones del hotel hasta saber qué hacer con ella. Así de impulsivo era. Cogí su mano y la apreté fuerte. Me sobrecogió la forma en como aquella decisión le atormentaba. —Va a ponerse bien. —Afirmé, creyendo que con esas palabras le daría consuelo, pero ni yo estaba segura de eso. —Si llegase a pasarle algo… —Intentó decir, pero fue demasiado duro incluso ponerle fin a esa oración. —No va a pasarle nada. —Insistí. —Pero si llegase a suceder. —Tragó saliva y enderezó sus hombros—. No me lo perdonaría. . . . Sebastian Después de haber dejado a Giovanna en casa y tener que tomar el té con su excéntrica madre, me vi preso del trabajo durante horas, creía que, de ese modo, podría mantener las piernas de Isabella lejos de mi cabeza. No lo estaba consiguiendo y no sé si eso era lo que más me inquietaba, o el hecho de que no haya sabido nada de ella después de lo de esta mañana. Si estaba enojada o si ya no quería saber nada de mi en lo absoluto. Aquella última idea me trastocó, dejándome un sabor amargo en la boca. Después de hacerle el amor de cada alocada manera y en todos los lugares posibles de esa habitación, no me sentía como si pudiese renunciar tan fácil a ella. Había estado conteniéndome por meses y saber que ahora no podría volver a verla como la cría que era, sería una guerra interna contra mí mismo. La hice mujer por primera vez, no necesité que me lo confesara para saber que fui el primer hombre en su vida y me sentía como si pudiese hacer lo que fuera para convertirme en el último. No podría imaginarla en brazos de otro hombre… No después de ser yo quien hizo de ella una mujer, mi mujer. ¡Maldición! Eso se escuchaba tan bien. Dejé el casino cuando las puertas se cerraron. Esa noche en particular, la casa estaba llena, desde lo más alto de la burguesía hasta la clase media. Sería una buena noche si se lo proponían. Salté dentro de mi auto y sacudí los copos de nieve que yacían sobre los hombros de mi chaqueta antes de introducirme en la carretera. Me hubiese gustado poder disfrutar de Ludovico Einaudi en una pista de treinta y cinco minutos devuelta a casa, pero me entró una llamada de la línea privada. —Estás poniendo toda esta mierda en riesgo, joder. —Gruñí al presionar el altavoz dentro del auto. Hubo silencio, luego un suspiro intrépido. —¿Cómo está ella? —Preguntó, importándole una mierda cuan insegura podría llegar a ser esa llamada. Sabía perfectamente a quien se refería, la mujer de la cafetería. La mujer por la cual estaba llevando todo nuestro jodido plan a la punta del iceberg. —No lo sé. —Respondí tajante— Fui a la dirección que me indicaste y hacía ya unos días había renunciado. —¿Y nadie allí te dio razón de ella? —Soltó colérico—. Necesito saber que está bien, Bastián. Necesito saber que está a salvo. —Haré todo lo que esté en mis manos para localizarla. —No mentí, si esto era realmente importante para él, movería toda Roma, incluso Italia para localizarla. —Promételo. —Sentí la suplica en su tono de voz. Jamás creí que necesitara de una promesa para saber que cumpliría mi palabra, pero terminé haciéndolo. —Te lo prometo, compañero. —Dije y solté todo el aire que tenía acumulado en mis pulmones—. Pero por favor, no arriesgues todo por lo que hemos trabajado. —No lo estuviese haciendo si no fuese importante para mí. —Sentí como la nostalgia se acentuaba en el tono que usaba— Y no poder mover un maldito dedo me tiene al borde del colapso. —Solo aguanta un poco más. —Le animé, sabiendo que unas palabras de aliento no serían suficiente. —Un poco más… —Dijo finalmente agotado y colgó la llamada. Un instante después, localicé a uno de los mejores informáticos de Roma. Me debía un par de favores y era momento de que me los cobrara. —Mancini. —Saludó desde el otro lado de la línea casi de inmediato. —Necesito que hackees todas las bases de datos, comenzando por comisarias y hospitales para tratar de encontrar a alguien —Le pedí, sabiendo que no obtendría como respuesta una negativa. —Dame un segundo. —Escuché el movimiento de sus dedos contra el teclado de su ordenador—. Nombre. —Gia Parisi. —Te enviaré la información a tu correo. Sabía que no me decepcionaría…
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