12. Un idiota confundido

1546 Words
Carlo La noticia llegó muy temprano por la mañana. Gia y el bebé lo habían hecho muy bien. A pesar de que su embarazo ahora mismo era de alto riesgo, lo más peligroso estaba finalmente cediendo. Avisé a Isabella en un mensaje de texto, no había dejado de llamar y estar al pendiente desde que casi la obligué a irse a casa. Recibí un corazón rojo, un emoji llorando y otro sonriendo. No comprendí demasiado bien lo que significaba, pero deduje que estaría feliz de saber la noticia. Yo, de algún modo, también lo estaba. No quería que la situación se me saliera de las manos y llegara a oídos de la prensa. No sé porque estuve repitiéndomelo a cada rato, pero era demasiado contradictorio la forma en como estaba tratando de convencer a mi propia mente de eso. Esa misma mañana, después de haberme tomado casi toda bebida caliente que ofrecían en la cafetería del hospital, decidí que era momento de tomar una ducha en casa. Apestaba y tenía más de veinticuatro horas sin dormir, tampoco tenía intenciones de hacerlo, no hasta saber que Gia podía dejar el hospital. Esta tía estaba robándome el sueño de forma literal… De camino al hospital, tuve que hacer una parada de improvisto en el hotel. Necesitaba ponerme en contacto con los rusos antes de que acabase la temporada, teníamos un jodido trato y que creyese que podía vernos la cara, sería el inició del caos. —Faddei. —Me sorprendió que contestara de inmediato, este tío últimamente estaba haciéndose de rogar y yo estaba a nada de retirarle mi paciencia. —Ferragni, ¡pero que alegría escucharte! — Exclamó del otro lado y yo no estaba demasiado seguro de poder decir lo mismo. —Transfiere a línea segura. —Le pedí antes de que pudiésemos iniciar la conversación que nos interesaba. No tuve que esperar demasiado, apenas y uno segundos antes de tenerlo de devuelta —Listo, todo tuyo. . . . Gia Supe que despertaba, pero mi cuerpo no estaba siendo del todo consciente. Había estado preparada para lo peor, incluso para morir. Pero la vida estaba siendo demasiado generosa conmigo y me obligó a abrir los ojos. Al principio, me llegaron los primeros destellos de luz, eso produjo que los parpados me pesaran. Tenía los brazos lánguidos y muy quietos a cada lado de mi cuerpo. El frio que recorrió a través de ellos me provocó un espasmo, acentuándose en cada uno de mis dedos. Me sorprendió que no pudiese moverlos. Tardé unos minutos en hacerlo, incluso removí mi cuerpo, pero tal vez si hubiese sabido lo que eso desencadenaría no lo habría hecho. El dolor cobró vida y tomo forma propia haciendo su camino a través de mi cuerpo, le entrada fue con ímpetu y a arañazos. Reconocí la sensación de desasosiego de inmediato, ya la había experimentado antes. Al principio, se sintió como un ligero vacío, luego sucumbió hasta lo más profundo, sin previo aviso, como si te empujaran al precipicio. Ahogué un gemido. Tal vez era demasiado arriesgado y no tuve por qué infringirme más dolor, pero me llevé las manos a la parte baja de mi vientre. Supe que me costaría horrores seguir el camino, pero llegué, mis dedos tocaron la superficie inflamada en busca de respuestas. El recuerdo de las ultimas se acentuaron en mi cabeza, al principio eran escenas vagas que no tenían ni pies ni cabeza, eran demasiado escasas como para poner conectarlas. Luego, la absoluta nada. Deduje entonces que pude haber perdido el conocimiento. —Despertaste. —Alguien susurró y salió de la intimidad de las sombras. El reconocimiento llegó de inmediato. Era él, Carlo Ferragni y me sorprendió como todo mi cuerpo reaccionó en respuesta ante su presencia. No podría describirlo de una forma certera, pero lucia diferente en comparación a las últimas veces que le vi. Ya no iba enfundado dentro de un traje de tres piezas que podría costar fácilmente lo que yo ganaría en años de trabajo. Al contrario, para esta ocasión llevaba puesta una chaqueta de cuero negra por encima de un suéter de lino blanco. Tragué saliva y aparté la mirada, completamente consciente de que le había visto por demasiado tiempo. Él también lo había hecho y me sorprendió que lo hiciera de una forma en la que se vería tan expuesto, como si por primera vez dejase que alguien viera a través de la intensidad de sus ojos verdes. La severidad de ellos fue reemplazada por el más incierto de los padecimientos, eso lo supe desde el primer momento. Comenzó a acercarse lento y en cada movimiento, mi pulso trepidaba. —El doctor dice que debes comer para reponer fuerzas. —Dijo de pronto y yo sentí como su sola cercanía me robaba cada bocanada de aire Miré la bandeja de comida en una mesita junto a la cama. Era una especie de yogurt natural, gelatina roja y manzanas. Pensar en probar algún trozo de alguno de esos alimentos, me produjo la sensación de querer devolver el estómago. No había forma de que pudiese llevarme si quiera un pedazo de manzana a la boca sin vomitar. Negué con la cabeza. —No te estoy dando opciones, Gia. —Allí estaba de vuelta el verdadero Carlo Ferragni, déspota y severo. Por un momento, creí que el de hace un instante, no había sido más que un espejismo. —Que te importa si como. —Mascullé, y me sorprendió que pudiese formar algún tipo de oración coherente. Torció el gesto en muestra de cansancio, como si ya la parte accesible de lo que había mostrado, se estuviese fastidiando. —No me importa en lo absoluto, créeme. — Confesó y el resquemor de sus palabras me atravesó—. Pero al parecer llevas a mi sobrino en tu vientre y necesito que lo mantengas con vida. Erguí mi espalda sobre la almohada y convertí mis manos en puños muy apretados. Me costó horrores mantener aquella postura por demasiado tiempo, pero mi orgullo no me permitiría demostrárselo. —Al parecer… —La forma en la que enfaticé sus palabras le pareció poco agradable—. Si tienes dudas al respecto puedes marcharte, no necesito de tu apellido para sacarle adelante. No me sorprendió que tomara una postura prepotente y pellizcara el puente de su nariz. Su lenguaje corporal demostraba enojo, poca paciencia y rechazo. —Eso lo sabremos cuando podamos comprobarlo —Soltó y me miró con la más extenuante de las soberbias. Casi me estremecí—. Y si llegase a ser hijo de mi hermano, puedes despreocuparte. Nosotros nos haremos cargo. Pensar en la sola idea de que mi hijo fuese criado por la familia Ferragni, me produjo la más amarga de las sensaciones. Se especulaba demasiado acerca de ellos y de donde venia su dinero. Ninguna era una teoría comprobada y no sería yo quien lo corroboraba. Hacía ya un poco más de tres meses había conocido a Mauro. Supe de inmediato que no era cualquier hombre, que gozaba de privilegios y el poder era parte de su naturaleza. No era para nada frívolo como su hermano, al contrario. Tal vez fue eso lo que hizo que me entregara a él aquella noche después de un par de tragos. Ni siquiera manteníamos algún tipo de relación formal, solo nos divertíamos esos días en las playas de Cerdeña, eran absoluta magia. Nunca medimos consecuencias ni le pusimos nombre a lo que estábamos viviendo. Ahora yo llevaba a su hijo en mi vientre y él estaba muerto. —Estás de manicomio si piensas que voy a permitir que mi hijo se crie contigo, —Apunté a decirle cuando salí de mi propio ensimismamiento. Para ese punto, ya me encontraba demasiado herida—. Eres ruin y perverso. La sonrisa de suficiencia que adoptó sus labios en ese momento me dejó ver las más oscura de sus facetas. —Lástima que lleves un poco de eso en tu vientre. —Se atrevió a decir, sabiendo que con eso me dejaría una herida difícil de coser. Le miré con el más profundo de los rencores y me aferré a mi vientre. Era la primera vez que sentía el deseo de querer abofetear a alguien con todas mis fuerzas. Las lágrimas amenazaban casi en la puerta, pero yo no me permitiría darle la satisfacción de verme llorar. —¡Vete! —Exclamé y mis labios se formaron en una línea muy apretada. A él no le bastó aquella petición, dio un paso en mi dirección y yo sentí el temor de esa decisión al ver como el verde de sus ojos se enaltecía. —No vas a sacar provecho de la situación, ¿me entendiste? —Bramó con los dientes apretados—. No vas a ver ni un puto euro. —¡Carlo! —Alguien exclamó. Estábamos tan absorbo en una pelea sin la mínima intención de darnos tregua, que no percibimos la presencia de Isabella al cruzar la puerta. —Déjale, se cree el maldito centro de Roma. Curiosamente, bastó para que se marchara. —Gia… —Sollozó Isabella y vino a mí de prisa. Lo único que supe hacer en ese instante, fue echarme a llorar en sus brazos como una chiquilla.
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