14. Encuentro en el tocador

1670 Words
Bella Sentí una fuerte sacudida al mirarle, también supe que él estaba sintiendo lo mismo cuando desapareció a través del pasillo. —¿Lo conoces? —Preguntó Sandro, trayéndome de vuelta a la conversación tediosa que habíamos mantenido por muchísimo rato. Nuestros padres habían decidido marcharse hace poco menos de treinta minutos, dejándonos a Sandro y a mi media botella de vino por termina. Por supuesto que tuve toda la intención de marcharse, pero a mi padre le pareció una muy buena idea que me quedase acompañando al hijo de los Vitale. —Es un amigo. —Un poco más que eso… Me llevé la copa a los labios y tomé un sorbo, creyendo así, que el líquido apartaría todas mis emociones. —Le he visto en los titulares. —Comentó e hizo un gesto con la barbilla detrás de mí—. Se ha comprometido con la hija del general Costa. Contuve el aliento sabiendo con quien me encontraría si me giraba. Giovanna estaba sentada en una de las mesas del reservado vip. —Si… —Mascullé con los dientes apretados—. Necesito ir al tocador, ¿me esperas? —Seguro… Dijo algo más, pero ya yo no le alcancé a escuchar. Me abalancé hacia las puertas del baño en busca de aire y agradecí estar sola, o eso creí hasta que sentí las manos de Sebastian sujetar mis hombros y voltearme hacia él con una fuerza que no vi venir. —¿Qué crees que haces, Bella? —Preguntó encolerizado, pero no cruzaba el límite en hacerme daño. También, comenzaba a respirar agitado o ya venía haciéndolo desde que entró al baño. —Lo mismo que tú, tal vez… —Respondí y me hubiese gustado sonar de la misma forma que él, pero al final, yo era débil ante su presencia y su absoluta cercanía provocó el temblor de mis propias palabras. —¿Acaso te gusta ese hijo de… —Se detuvo, no era demasiado propio de él perder de ese modo los estribos. —¡Tú estás aquí con tu maldita prometida! —Le encaré y no pude evitar que las lágrimas pincharan mis ojos e hicieran su propio camino hasta mis mejillas—. Me hiciste el amor y ahora estás aquí con ella como si nada. ¿Tienes alguna puta idea de lo que se siente? Mi pecho, al igual que el suyo, subía y bajaba. —Si, joder. Si—Masculló tomando mi rostro entre sus manos y lo llevó hasta que descansara sobre su frente—. Si lo sé, porque estoy sintiendo lo mismo. Me alejé de su tacto, y aunque me costó demasiado, era lo más prudente por hacer en ese momento. Estábamos demasiado eufóricos y teníamos a dos personas allí fuera esperando. Me importaba un carajo Sandro, muchísimo más Giovanna, pero estábamos en un lugar público y si alguien entraba, esto representaría un escándalo. —Bella… —Bastian no dudó en evitar la distancia. Sabia tan bien como yo que era arriesgado y no sé porque ahora mismo estaba actuando como si no le importara lo que tanto ha estado evitando —No soporto la idea de saberte con ella, Bastian. —Confesé y sus ojos se convirtieron en unos azules atormentados. —No tienes idea de cómo quisiera que fueses tu quien ocupara su lugar. —Murmuró contra mis labios y yo sentí que su aliento me engulliría por completo. —Mientes. —Me atreví a decir—. Si así lo quisieras… —No es tan fácil como parece. —Me interrumpió de tajo al saber cuál sería el final de aquella frase—. Se trata de negocios y no pueden simplemente romperse de un momento a otro —¿Cómo puede ser el matrimonio un negocio? —Cuestioné, nada de eso tenía sentido. — El mundo que arribas no es tan pintoresco como imaginas, Bella. —Comenzó a decir y yo sentí una fuerte sacudida—. En todos esos matrimonios que anuncian en las revistas no siempre ha existido un enlace por amor —¿Entonces por qué? —Poder. —¿A qué te refieres con poder? —Quise saber, intrigada. —Haces demasiadas preguntas, Bella… —Suspiró—. Preguntas que ahora mismo no puedo responder. Me aparté, él nuevamente evitó la distancia interponiéndose. —Tantos secretos… —Musité. —Déjame pedirte una cosa. —¿Qué? —Pude saborear el inicio de una lágrima. —Espérame. —Suplicó de pronto—. Espérame un poco más y seré el hombre que mereces tener a tu lado. —¿Cuánto? —Quise saber. —No lo sé. —Susurró buscando con urgencia el contacto de nuestros labios— Pero cuando todo esto pase, seré tuyo, para siempre. —Para siempre… —una afirmación que murió en el inicio de un beso efusivo. Arrastré mis manos a través de su pecho y nos empujamos dentro de uno de los cubículos sin dejar de besarnos. Sebastian cerró la puerta detrás de sí. Al principio, no fue más que toqueteos y besos intensos. Pero sabíamos que no contábamos con el tiempo suficiente como para desperdiciarlo. Las yemas de sus dedos se apresuraron a enterrarse en mis caderas y apretar de ellas con fuerza, arrancándome gemidos dentro de su boca. —Voltéate. —Me ordenó y yo con gusto obedecí. —Quítate la ropa interior y métela dentro de mi bolsillo. —Que me indicara que hacer era una forma muy particular de enloquecerme, y maldición, lo estaba consiguiendo. Como buena alumna, cumplí. Deslicé la prenda delgada a través de mis piernas y las saqué en una maniobra rápida al final de mi tacón. —Rosa… —Me sorprendió que notara el color del encaje antes de que lo metiese dentro del bolsillo de su pantalón. —Bastian… —Musité, sintiendo como sus dedos se empujaban dentro de mis paredes. —¿Te gusta? —Me enloquece. —Estás húmeda y apretada para mí, Bella. —Susurró contra el lóbulo de mi oreja—. Joder, no sabes lo bien que te sientes. Gemí a una sacudida de un espasmo. —No, bella, todavía no. —Pidió y yo le complací. Sacó sus dedos con suavidad, aún dolía en mi centro, no tanto como la primera vez, pero ahora lo estaba disfrutando más que antes. Sebastian se deshizo con agilidad de su cremallera y bajó sus pantalones hasta la rodilla, posterior a eso, lo sentí hacerse su propio camino dentro de mí. Empujó lento, parsimonioso. Lo estrecho de mí, comenzaba a expandirse deliciosamente para él. —Voy a correrme. —Jadeé en cada embestida y aquella frase provocó que Sebastian acelerara su ritmo. Cada vez más frenético, cada vez más intenso. —Si, Bella, córrete para mí. —Pidió con voz áspera—. Córrete sintiéndome dentro de ti. Estaba a nada de romperme en pequeños fragmentos, estaba a nada de perderlo absolutamente todo, estaba a nada de… Mis piernas se sacudieron en respuesta y me corrí entre maldiciones y gemidos ahogados. Sebastian enterró sus manos sobre de mis hombros y empujó todo de si con un gemido gutural, liberándose por completo en mi interior, llenándome toda de él y de su placer. —Joder. —Masculló imperioso y sofocado saliendo rápidamente, sus ojos estaban enrojecidos cuando lo vi.—. ¿Estás bien? Asentí satisfecha. —No usé preservativos. —Dijo preocupado. —Voy a tomar la pastilla del día siguiente. Sebastian arrugó las cejas. —No quiero que sufras algún tipo de efecto secundario, Bella. —Me miró preocupado y mi pecho se hinchó —¿Tienes otra opción? —De acuerdo. —Aceptó y terminó suspirando—. Pero tenemos que ponerte en control tan pronto como se pueda. Asentí dándole un pico y nos preparamos para salir. Al principio, tuve que fingir que no había tenido un orgasmo hace poco menos de dos minutos cuando salí del cubículo y una mujer entraba. Me arreglé el pelo frente al espejo y tosí para que Sebastián ni las narices asomara. No pasó demasiado tiempo para que volviésemos a quedar solos y tener que despedirnos por esa noche. Salir allí y fingir que nada de esto había sucedió, me trajo bruscamente de vuelta a la realidad. Donde afuera nos esperaban dos personas con quienes no queríamos estar. —¿Te veré mañana? —Quise saber. —Si. —Pronunció arreglándose el desorden de su corbata—. Te llamaré, quiero llevarte a un lugar. —¿Qué lugar? —Pregunté ansiosa. —No comas ansias, vita mía. —Dijo antes de besar la puntilla de mi nariz—. Otra cosa Bella, ese tipo no me da buena espina. —¿Sandro? —Si. —Susurró en un tono denso, tal vez amargo—. Voy a pedirte que por favor te cuides, lo mantendré vigilado. Sonreí. —¿Estas siendo un celoso posesivo? —Me acerqué de puntillas a su boca y le robé un beso—. Porque si es así, te desconocería. —No son celos, me preocupo por ti, Bella. —Sujetó mis muñecas en una caricia y me obligó a mirarle de una forma más seria—. He visto cómo te mira y no hay forma de que haya una buena intención detrás de esa mirada. —Parece inofensivo… —Pronuncié, pero yo también me había dado cuenta durante la noche que me miraba como si se imaginara un mundo completo conmigo dentro de su mente. Negó con la cabeza y me abrazó. Ese gesto se sintió como si nunca quisiese separarse de mí, incluso como si de ese modo, en sus brazos, era la única manera de estar a salvo. —Solo prométeme que no dejaras que se te acerque demasiado. —Me pidió al alejarse un poco—. Y si intenta algo… —Tranquilo. —Susurré contra su pecho—. Voy a estar muy pendiente, te lo prometo.
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