Carlo
—No puede conducir en ese estado. —Había dicho el guardia de seguridad del Hassier al mío.
—Gracias por avisarme que mi jefe estaba aquí. —Apenas y podía ver como Enzo se daba un apretón de manos con el tipo que me había retenido para que no siguiera tomando desde hacía ya un rato.
—De nada, compañero. —Se apresuró a decir mientras yo me dejaba sentar sobre el borde de la cuneta—. Le reconocí de inmediato y supe que si le llamaba a la policía lo sabría la prensa. Supongo que eso no es algo bueno para los Ferragni.
Me dolía la puta cabeza y me encabronaba que hablasen de mi como si yo no estuviera presente.
—Joder, sí. —Aceptó Enzo después de un rato—. Has hecho bien amigo, te la debo.
Cuando le volví a ver, venia hacia a mi e intentó ayudarme a que me colocase de pie.
—Yo puedo solo. —Mascullé tirando del brazo que quiso agarrarme y conseguí ponerme de pie.
Al principio me tambalee, pero logré mantener el equilibrio gracias al auto parqueado en frente de nosotros. No supe bien como abrí la puerta y caí recostado sobre la parte trasera, pero al cabo de un rato, Enzo manejaba alejándonos de aquel lugar.
—¿A dónde me llevas? —Quise saber ya que conducía como si realmente tuviese un destino en mente.
—Lo llevo a casa, señor.
Negué con la cabeza y levanté el dedo índice para moverlo de un lado a otro.
—No, llévame al hospital. —Hipé al tiempo que me venía una arcada
—¿Al hospital? —Supe que se había detenido en un semáforo por las luces que parpadeaban y se reflejaban en el techo del auto.
—Si, joder. Llévame al hospital. —Ordené y ni siquiera yo supe cuáles eran mis intenciones.
—Señor, no creo que sea lo más conveniente… —Sugirió cuando el semáforo cambió a verde—. Debería descansar.
—¡Es una puta orden, Enzo! —Grite eufórico.
—Si, señor.
. . .
Gia
Era pasada la medianoche y Roma se había convertido en una ciudad blanca desde la perspectiva de mi ventana.
Había dejado de nevar con fuerza hacía ya un rato y solo quedaban pequeñas partículas en descenso. De algún modo, así se sentía mi vida en este momento. Bajando lentamente, sin saber dónde terminaría o si sería dura la caída.
Las últimas horas dentro de aquella habitación se convirtieron en casi una película de terror, tanto silencio y mucha soledad me perturbaba. Si bien había una enfermera que me hacía compañía de tanto en tanto. Según ella, eran ordenes de Carlo no dejarme demasiado tiempo sola y lo que sea que pudiese necesitar, me lo facilitaran. Lo que fuese, él correría con los gastos.
No sé si fue excesivo una manta más abrigada y un chocolate caliente para el frio, pero tan pronto como pregunté por ello, Enzo, uno de los hombres de seguridad de Carlo, ya me lo había facilitado.
Este y Greco se turnaban cada dos horas en la puerta de la habitación, como si me custodiaran, protegiesen o vigilaran. Estaba más que segura que lo último también eran órdenes del Ferragni arrogante.
Me sorprendió que el doctor que estaba de guardia esa madrugada llegara a tomarme los signos vitales. Durante toda mi estancia lo había hecho Messina, un médico con barba que rodeaba casi los cuarenta y tantos años. Este, por el contrario, ni siquiera llegaba a los treinta. Era lo suficientemente alto y de complexión atlética, ojos ligeramente rasgados y dientes perfectamente blancos.
Lo supe cuando me ofreció una sonrisa.
—Señorita Parisi. —Saludó mientras anotaba en su carpeta una especie de garabatos que difícilmente podría entenderse.
—Hola… —Pronuncié bajito.
—Una buena elección para una noche tan fría como esta. —Se refería al chocolate caliente que casi me había terminado— ¿Ha presentado algún síntoma que nos pueda alertar durante las últimas horas?
Negué con la cabeza.
—Eres de pocas palabras. —Volvió a sonreír y cerró la carpeta. Di por sentado que la revisión había terminado—. Cualquier síntoma o inquietud puedes transmitirle a la enfermera.
—El médico que me había visto antes… —Comencé a decir—. Messina, ¿No va a atenderme más?
—Lastimosamente Messina no es obstetra. —Me aclaró—. Es por ello por lo que te han referido a uno, y ese soy yo.
—Oh…
—Pero si no estas conforme podrían transferirte con un médico con el que te sientas cómoda.
—No, lo siento… —Murmuré apenada—. No lo sabía.
—No te preocupes. —Dijo—. Puedes llamarme Massimo y estoy a tu completa disposición.
Asentí.
—¿Sabe hasta cuando voy a estar aquí? —Quise saber.
—Depende de cómo usted y el bebé pasen la noche lo podremos saber.
—Gracias. —Pronuncié viéndole marcharse.
Luego, me quedé en la soledad de mi habitación y di el ultimo sorbo de mi chocolate antes de echarme hacia atrás. La idea de pasar un día más en este lugar me volvía un poco loca. Estaba ansiosa por poder marcharme a casa.
De pronto ese pensamiento se vio muy fuera de lugar y los recuerdos volvieron de inmediato a una velocidad casi impresionante.
La última vez que estuve en casa, Bruno, mi exnovio, había irrumpido de una forma poco ostentosa y me obligó a que fuese con él dentro de su taxi. Lo que recordaba después de eso, fue como poco a poco estaba perdiendo el conocimiento.
Ni siquiera logré recordarle con claridad en ese momento, ni siquiera era plenamente consciente de que se trataba de él cuando me lancé fuera del auto, fue como si esa droga me hubiese provocado alguna clase de desconocimiento.
La bruma de mis pensamientos desapareció cuando la puerta de la habitación fue abriéndose poco a poco. Al principio, creí que se trataría de la enfermera, pero Carlo estaba muy lejos de parecerse a una de ellas.
Me sobrecogí. Un escalofrió me atravesó el cuerpo cuando la luz del pasillo iluminó su perfilado rostro. No lucia como él cuando se introdujo al interior y se quedó muy quieto en el vestíbulo. Tampoco lucía como la primera vez que había estado aquí temprano por la mañana, mucho menos cuando se fue. No lo comprendía, pero era cansado averiguar cada momento a que faceta de él estaba enfrentándome.
Ahora mismo, tuve la impresión de verme frente a un hombre borracho. Lo deduje por la forma en como acortaba la distancia y en el proceso se tambaleaba. Maldijo para mi mismo cuando golpeó su rodilla contra el filo de la cama.
Eso no lo detuvo, ni siquiera se inmutó. Era demasiado arrogando como para mostrar una pizca de dolor.
—¿Quién demonios eres realmente Gia Parisi? —Preguntó cuando finalmente estuvo a un aliento lejos de mi
El olor a alcohol que desprendía de su chaqueta se esparció a través de la habitación. No era ese olor que emanaba de los clubes o discotecas, era algo más particular, más propio de él, como si su propio aroma se entremezclara e hicieran una combinación perfecta.
—Estás borracho. —Pronuncié muy bajito con el aliento entrecortado.
—Qué más da… —Se encogió de hombros y me rodeó, como si me cazara—. Eso no cambia nada.
—¿Y que se supone que debería cambiar? —Inquirí, quedándome muy quieta al sentir su respiración muy cerca de mi espalda.
—Ese es el maldito problema, Gia. —Ronroneó—. Que no lo sé. No sé quién carajos eres, no sé quién soy cuando te tengo cerca ni sé a dónde infiernos terminará llevándome esto.
—No sabes lo que dices. —Me atreví a decir a punto de no poder contener la respiración un instante más—. Deberías marcharte.
Pronunciar esas palabras fue como jalarle de las orejas. Cogió mis brazos entre sus manos y me giró hacia él con fuerza, quedando demasiado cerca como para intentar moverme un paso. La inercia del arrebato hizo que su nariz rozara ligeramente contra la mía.
Pude haberme apartado cuando sus dedos comenzaron a deslizarse a través de mis brazos, pero me quedé muy quieta, casi paralizada, sintiendo la necesidad de que esa caricia suya no menguara.
Pero que necia eras, Gia… Mi fuero interno no paraba de contradecirme y yo estaba luchando muy duro por querer alejarme en ese momento y quedarme envuelta en sus brazos al mismo tiempo.
Necesitaba hacer algo o me volvería completamente loca si seguía teniéndole así de cerca. Me estaba robando hasta el último aliento y eso no podría ser nada bueno.
—¿No piensas marcharte? —Susurré bajito.
Una media sonrisa se abrió desde la comisura de su boca.
—Tu no me dices que cojones hacer, ¿me entendiste? —masculló muy cerca de mi boca, como si estuviese tentado a besarla… por dios, eso sería una completa locura y yo no estaba segura de mí misma como para poder apartarme si lo hacía.
Tuve que haber buscado la forma de poder alejarme, pero estaba demasiado involucrada en la bruma espesa que nos rodeaba y mi cuerpo no conectaba con mi mente para moverse si quiera un centímetro.
¿Pero que me pasaba con este tío?
—Entonces por favor, aléjate… —Le exigí y tampoco le bastó.
—Que tu no me dices lo que debo hacer, carajo. —Para ese entonces, ya el calor de su cuerpo estaba traspasándome.
—¡Entonces dime qué demonios quieres! —Chillé, me sentía demasiado débil y acorralada entre sus propios brazos.
—¡Que me expliques porque puta razón no sales de mi cabeza! —Clamó sin darme opciones a más.
Para cuando pude reaccionar, su boca fue en busca de la mía y me besó como si hubiese estado buscándome desde hacía ya un montón décadas.