Gia
Al principio, el acto fue rustico y voraz, luego fue descendiendo su velocidad y para cuando creí que se daría cuenta de lo que estaba sucediendo y se alejaría, por Dios que no fue así, al contrario, me sorprendió que se aferrara más a mí en ese momento. Como si no estuviese borracho y fuese completamente consciente de que me estaba besando.
No sé por qué y tal vez era demasiado pronto para saberlo, pero yo respondí al contacto de forma automática, como si también lo hubiese estado esperando por años. Llegados a un punto, mis manos estaban aferradas con fuerza a su cuello y las yemas de sus dedos buscaban con urgencia impregnarse sobre mis caderas. Quizá, si la bata del hospital no hubiese estado de por medio, sentiría el ardor que emanaba de sus dedos.
Tenía la mente nublada, pero lo que llegué a sentir en ese instante, fue una bomba de emociones y sentimientos estallar contra mi pecho. Era inexplicable y por ahora no podría encontrar las palabras adecuadas, pero lo que estaba sintiendo me sobrepasaba. Tanto, que tuve miedo.
Carlo no mostró ninguna muestra de arrepentimiento. A pesar de que cruzaba el límite de lo consciente, todo lo que me estaba ofreciendo de él, se sentía muy sincero. Tal vez fue por eso por lo que permití que me arrastrara hasta el filo de la cama.
Ni si quiera tuve tiempo de asimilar lo que aquel camino significaba. Tragué saliva, tan extasiada como abrumada cuando sus manos bajaron hasta mis piernas y levantaron la bata hasta la altura de mis muslos que se erizaban. No fue por el frio, ni siquiera por el nerviosismo, sino por la forma en la que estaba trazando líneas desde abajo hasta rozar en mi centro.
Ahogué un jadeo ante el contacto.
Nunca en mi vida había experimentado tal sentimiento. Ni siquiera con Bruno quien me robó mi primer beso. Tampoco con Mauro a quien le entregué mi primer anhelo. Este último, de solo recordarlo, me sacó de la nube en la que estaba ahora mismo flotando.
Me alejé de súbito al mismo tiempo que Carlo me ofrecía una mirada desconcertada.
En ese momento, todo de nosotros gritaba euforia. Fuimos finalmente consciente de lo que acabábamos de hacer y ninguno de los dos estaba preparado para decir algo al respecto. Él, por su parte, solo clavó sus ojos en los míos como si buscara una respuesta que yo tampoco sabría darle.
Nos habíamos besado.
Eso era un hecho y nadie podría cambiarlo. ¿Qué seguía después de eso? Se suponía que ni siquiera nos soportábamos y acabábamos de literalmente unir nuestras lenguas la una contra la otra.
—Yo… —Tragué saliva intentando poder encontrar alguna oración coherente para ese momento, pero nada llegaba a mi mente.
—Tu… —Sus ojos verdes buscaron cualquier cosa en los míos, lo que fuese. Lo supe porque él tampoco se atrevía a decir nada.
Pero finalmente alguno de los dos tendría que ser valiente y afrontar lo que acababa de pasar. Para mi pésima suerte, yo era la más cuerda en ese momento. Carlo aún estaba envuelto en una espesa ola de alcohol. Su cuerpo a centímetros de mi se movía de un lado a otro, no podría encontrar el equilibrio sobre sus propios pies.
—Esto… —Por dios, que difícil era poder calmar mis nervios—. Esto no debió pasar.
—Por supuesto que no. —Finalmente aceptó y sus ojos me atizaron con rabia—. Simplemente fue parte de la estrategia.
Me sorprendió que, en su estado, pudiese hablar más de tres palabras al mismo tiempo. Lo que me hizo sentir que no estaba tan tomado como pensaba.
Eso lo hacía aún peor…
—¿A qué te refieres? —Pregunté, pero no estaba demasiado segura de querer saber.
Retrocedí un paso hacia atrás, fue la distancia que se me permitió porque ya mis piernas rozaban con el filo de la cama.
Por favor no lo digas, por favor… Por qué sabia de sobra que lo que sea que fuese a decir, me lastimaría. Y como si lo hubiese predicho, utilizó la estaca de sus palabras como arma.
—Eres una trepadora, Gia Parisi. —Sonrió de la forma más cruel en la que alguien lo puede hacer después de aquel calificativo—. Puedes caer fácilmente en la cama de cualquiera.
Apreté los puños con fuerza y se me empañaron los ojos de pura rabia. Una sensación de odio y rencor atravesó mi pecho.
—Eres un hijo de puta… —Mascullé sintiendo como mis labios comenzaban a temblar.
Se aproximaba el llanto y yo odiaba la idea de tener que llorar.
—El más grande de todos, Gia. —Confirmó con esa estúpida soberbia que solo él emanaba—. Cuando se trata de mujeres como tú, soy implacable. Grábate eso en la puta cabeza.
—No tienes idea de cómo te detesto. —Sollocé asfixiada por intentar retener las lágrimas.
—Es reciproco. —Dijo, pero solo confirmo algo que yo siempre había sabido.
—¡Aléjate de mí! —Intente empujarle, pero sus brazos me sujetaron con fuerza en el acto—. ¡Que me sueltes! ¡Me estás lastimando!
—¡Me das ordenes! —Exclamó sarcástico. El tono de burla que bailaba en su voz me produjo un espasmo—. A mí nadie me da una puta orden.
—Suéltame, por favor… —No pude contenerlo más y me eché a llorar como una chiquilla estúpida que no podía defenderse o que simplemente no quería. Estaba comenzando a ser demasiado masoquista.
—Lágrimas no, Gia. —Musitó casi rozando el filo de mis labios—. No vas a convencerme con unas jodidas lágrimas de cocodrilo.
—Eres un ser despreciable. —Terminé empujándole.
Carlo se tambaleó cuando su cuerpo fue echado para atrás. Consiguió sostenerse cuando la puerta de la habitación se abrió y Greco entró con los ojos abiertos a través de ella.
Si bien no podría saber lo que allí dentro había estado sucediendo, al menos se lo imaginaba. El hombre de Carlo me miró conmocionado, como si me ofreciera una disculpa que su jefe nunca se atrevería a dar.
—Me han dicho cosas peores. —Finalizó con una mirada iracunda, llena del odio más denso que una persona podría transmitir con un simple gesto.
—Sácale de aquí. —Le pedí a Greco entre sollozos y lágrimas—. Por favor llévatelo…
—No te atrevas a ponerme un puto dedo encima. —Su imprudencia le llevó a tropezarse con sus propios pies en una maniobra estúpida por alejarse del contacto de su empleado.
Pero Greco media unos buenos centímetros más que él y pesaba unos cuantos kilos que no le permitirían hacer demasiado. Al menos no en ese estado.
—Lo siento mucho… —Dijo este apenado y procedió a usar la fuerza con Carlo, inmovilizándole los brazos en la espalda y sacándolo casi a empujones de la habitación.
Cuando quedé en el silencio y en regocijo de aquellas cuatro paredes, me lancé a la cama y hundí la cara dentro de mis rodillas dobladas, creyendo así, que el dolor que sentía ahora mismo en mi pecho se apaciguaría.
Que equivocada estaba. No fue así, por el contrario, se intensificó más.