Ella, aún medio dormida, apenas levantó la cabeza de mi pecho, mirándome con esos ojos que siempre parecían tan llenos de dudas y confusión. —Solo fue una hora —respondió con una sonrisa tímida, tratando de parecer menos vulnerable. Su voz, suave y un tanto quebrada, me hizo sonreír. Pero mi risa fue baja, profunda, casi como un ronroneo de satisfacción. —Para mí fue un siglo —respondí, mi voz resonando con una sinceridad que no podía ocultar. No estaba bromeando, ni exagerando. Cada segundo sin ella me pesaba más que una eternidad. Acaricié su mejilla, disfrutando de la suavidad de su piel bajo mis dedos. Pero, cuando mis ojos se encontraron con los suyos, mi mirada se desvió lentamente hacia su hombro. Allí, donde mi marca descansaba, donde nuestro destino se había sellado. Un ronron

