—Uno de ellos representa el sol, Aine, la luz que todo lo ilumina. Y el otro, la luna… —dijo Dominie, mirando los anillos con una tristeza profunda. La luna, la oscuridad, la quietud, lo que él había sido—. Yo, como tú sabes, soy la luna. Ella… ella es el sol. Y juntos, ustedes son la unión de esos dos mundos, de esas dos fuerzas. Steffan no podía apartar la vista de los anillos. Los sostenía en sus manos como si fueran lo más frágil que hubiera tocado jamás. La verdad de lo que Dominie le estaba entregando, de lo que representaban aquellos objetos, golpeó su corazón con una fuerza inesperada. Dominie suspiró y dio un paso atrás, dejando que la última parte de su mensaje, la más dolorosa, saliera finalmente. —Steffan... —dijo, su voz ahora más firme, pero todavía cargada de una melanco

