Aine levantó la vista, sus ojos rojos de tanto llorar, y cuando sus ojos se encontraron con los de Steffan, un retazo de reconocimiento, de conexión, atravesó la neblina de su tristeza. Pero no era el tipo de conexión que esperaban. No era consuelo lo que ella buscaba. Steffan dio un paso hacia ella, pero algo lo detuvo. La figura de Dominie, en pie frente a ella, como una sombra que aún no quería desvanecerse, lo frenó. La atmósfera era densa, y él sintió que intervenir en ese momento solo sumaría más peso al dolor ya presente. Aine no dijo nada al principio. Se quedó allí, inmóvil, sus manos temblando sobre el suelo, como si buscara un punto de anclaje. —¿Por qué… por qué no me dijiste esto antes, padre? —preguntó steffan, las palabras saliendo de sus labios con la fragilidad de un s

