No sabía cuánto tiempo había pasado desde que escuché esa conversación. Apenas podía pensar con claridad, con el eco de sus palabras repitiéndose como un tambor ensangrentado dentro de mi cabeza. “Quiero que ese niño sea mío.” Todo en mí temblaba, como si mi cuerpo ya no me perteneciera, como si mi alma se replegara para proteger aquello que ahora crecía dentro de mí. Caminé deprisa por el corredor, disimulando el temblor en mis pasos, queriendo llegar a mi habitación, cerrar la puerta, pensar… escapar. —¿Desde cuándo estás escuchando detrás de las puertas, Adelina? La voz me heló la espalda. Steffan. Giré apenas el rostro y lo vi salir de la habitación, con la camisa desarreglada, el cabello suelto y los ojos inyectados en rojo oscuro. Había una furia tranquila en su rostro… y eso m

