Los días siguientes fueron una rutina de oro y encierro. Podía caminar por los pasillos designados, mirar por las ventanas selladas, respirar el aire perfumado del palacio… pero nunca sola. Siempre había alguien vigilando. A metros, sí, pero lo suficientemente cerca como para sentir su presencia ardiendo en mi espalda. Y luego estaba ella. Lady Seraphine D’Artois Vellacroix de Virelais. No importaba en qué ala estuviera, cuántas puertas cruzara o con cuántas doncellas intentara disimular, sentía sus ojos sobre mí. Como si pudiera leer mis pensamientos. Como si me observara no como a una prisionera, sino como a un acertijo. Al principio creí que era paranoia… hasta que una tarde me crucé con su mirada desde el balcón del piso superior. No dijo nada. Solo me sostuvo la mirada como si esp

