Me sentí ofendido, y la que me ofendió fue una niña que lastimó mi orgullo. Las carcajadas a lo lejos se escuchaban; hasta acá podía escuchar cómo se revolcaban en el suelo. Me sentía humillado. —No era necesario decírmelo de esa manera, mocosa... Está bien, aceptaré tu estúpido tomate —dije con molestia y, con una mueca en mi rostro, le arrebaté el tomate de sus manos. Me di la vuelta para seguir mi camino. —Cuídate mucho, Domi... Espero volverte a ver —gritó a la distancia, con alegría en sus palabras y agitando su manita. No la volvería a ver, eso era definitivo. Pero con cada paso que daba, sentía una pesadez. En un instante, mi cabeza hizo "click" al recordar sus palabras. Ella dijo: "Domi, ¿por qué?" Yo no me llamaba así, no tenía nada que ver con mi nombre, a lo que rápido volteé

