La piedra bajo mi espalda estaba húmeda y helada. Me dolía el cuerpo entero, como si hubiese caído desde una gran altura. Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue oscuridad… paredes de piedra cubiertas de moho, una tenue luz azulada colándose por un rincón del techo. Una celda. Al intentar incorporarme, mis muñecas crujieron. Estaban libres, pero mi magia… no la sentía. Era como si hubiera sido drenada por completo. Entonces, escuché unos pasos tranquilos y acompasados. Un eco. —Vaya, al fin despiertas —dijo una voz cargada de veneno dulce. Belladonna. Estaba en el pasillo, de pie, elegante como siempre, con sus labios curvados en una sonrisa que no alcanzaba sus ojos. Su silueta estaba iluminada por la tenue luz, proyectando una sombra siniestra sobre el suelo. —Espero que hayas

