La tierra bajo mis pies cambió. Las flores silvestres se tornaron blancas, los árboles eran más altos, con espinas plateadas enredadas en sus troncos. El aire era diferente… cargado de magia ancestral, de memorias. Mi corazón se detuvo un segundo. —Estoy en el bosque prohibido… —susurré con un nudo en la garganta. Solo uno lo conocía. Solo uno lo sentía. Mi madre. La voz no hablaba, pero la sentía dentro de mí. No eran palabras, eran emociones: “Hija. Corre. Estoy contigo.” Las ramas se movían para protegerme. Una raíz se alzó y me empujó hacia adelante, como si me abrazara. Las espinas se abrían ante mí. El bosque me guiaba hacia casa. Hacia ella. El gran árbol de espino blanco. Mi madre. Mi origen. —Ya casi… —jadeé—. Mamá… Y entonces… ¡CLACK! Un tirón brutal en mi espalda me l

