Busqué con desesperación algo útil. En la mesa había hierbas frescas, minerales triturados y restos de pociones. Sabía lo suficiente. Podía hacerlo. Mezclé las hierbas con manos temblorosas, trituré los minerales hasta hacerlos polvo, y lo vertí todo en un mortero. Sin encantamientos, sin magia. El bebé en mi vientre bloqueaba todo… pero algo quedaba. Mi sangre. Pinché la yema de mi dedo, dejando que unas gotas cayeran sobre la mezcla. Una chispa tenue vibró en la superficie. Le abrí la boca con cuidado y le di a beber el brebaje. Lo sostuve hasta que tragó. Pasaron segundos interminables… y entonces empezó a toser. Fuerte. Violento. Su cuerpo se convulsionó hasta que expulsó un chorro de sangre negra que salpicó la manta. Era magia negra. Estaba saliendo de él. Me quedé allí, sosten

