Capítulo 11

819 Words
La ceremonia de emparejamiento estaba a solo siete días de distancia, y ya la casa de la manada estaba llena de actividad. Los líderes de las manadas vecinas habían comenzado a llegar, trayendo consigo un aire de importancia y festividad. El Alfa y la Luna estaban constantemente en el vestíbulo, dando la bienvenida a cada invitado con gracia ensayada, mientras Michael y Kathy, brillando como la imagen de un futuro prometedor, se mantenían orgullosamente a su lado. Desde su lugar en el fondo, Elaine observaba todo desarrollarse como una obra cruel del destino. Podía ver las sonrisas extendidas en los rostros de la pareja Alfa, podía escuchar el orgullo en sus voces al aceptar felicitaciones de una manada y otra. Cada vez que un líder se inclinaba en respeto y alababa a su “futuro Alfa y Luna”, Elaine captaba el sutil brillo en los ojos de Michael al presentar a Kathy. —Mi compañera, Kathy. Siempre esas palabras. Nunca compañera elegida. Nunca admitió quién era ella realmente. Quizás pensaba que ocultar la verdad protegería la imagen de la manada, o quizás el orgullo en su voz era demasiado espeso para permitir la vergüenza. De cualquier manera, Elaine lo escuchaba cada vez, y cada vez, su pecho se tensaba tanto que sentía que sus costillas podrían romperse. —No tienes que estar aquí, Elaine. Puedo quedarme si necesitan ayuda— la voz de su madre, no, no madre, corrigió amargamente, Lucille interrumpió sus pensamientos. Elaine se giró, solo para encontrarla de pie cerca de ella, con la preocupación marcando sus rasgos. —Este es el trabajo que se me ha encomendado, señora Lucille— respondió Elaine, su tono era educado pero cortante, y sus palabras era deliberadamente formales. Los labios de Lucille temblaron. —Sé lo doloroso que esto debe de ser para ti. Y lamento no poder hacer nada para aliviar ese dolor— Sus ojos brillaban con lágrimas contenidas. —Lamento que como tu madre, no pueda apoyarte o darte consuelo. Elaine giró ligeramente la cabeza, encontrando su mirada con una expresión tan en calma, que era casi escalofriante. —Sin ánimo de ofender, señora Lucille, pero usted no sabe lo doloroso que es esto para mí. ¿Cómo podría saberlo?— su voz era firme, cada sílaba era deliberada. —Usted tiene a su compañero con usted. Nadie lo ha arrancado de su alma, mientras la misma familia que debería haberla protegido se quedó mirando hacia otro lado. Lucille jadeó, pero Elaine no se detuvo. Sus ojos estaban claros, vacíos de amargura, vacíos de calidez, como si estuviera hablando con una extraña. —Tiene razón, señora Lucille, como mi madre, no me dio nada. Ni apoyo ni consuelo. En el momento en el que eligió el deber sobre su propia hija, dejó de ser mi madre. Las palabras golpearon como látigos en el corazón de Lucille, y ella se estremeció como si cada una dejara una marca. La vergüenza le ardía en las mejillas, pero no podía discutir. No cuando cada palabra que Elaine decía era la verdad. Había elegido a Kathy. Había elegido a la niña que llevaba al heredero, elegido el futuro de la manada sobre el alma rota de su otra hija. Aunque su corazón dolía por Elaine, no sabía cómo arreglar lo que había destruido. Finalmente, su voz tembló, baja y casi suplicante. —Tienes razón, no conozco el dolor que estás soportando. Pero aún puedes hablar conmigo, Elaine. Extraño nuestras charlas nocturnas. Extraño a mi hija. Sé que no quieres quedarte con nosotros en la casa de la manada, pero... podemos encontrarnos en otro lugar, si eso fuera más fácil. O puedo ir a ti. Sus ojos buscaron los de Elaine, desesperados por la más mínima señal de esperanza. La expresión de Elaine no vaciló. —De nuevo, sin faltarle al respeto, señora Lucille, pero su hija la necesita. Kathy será emparejada en una semana. Necesitará el apoyo de su madre. Enfoque su fuerza en ella. Tragó con fuerza, reprimiendo las palabras que se agolpaban en el borde de su lengua: y déjame fuera de esto. Los labios de Lucille se separaron, pero no salió ningún sonido. Parecía como si quisiera protestar, insistir en que podía estar allí para ambas hijas, pero la vergüenza en sus ojos traicionaba la verdad. Ya había elegido, y ambas lo sabían. Así que Elaine hizo lo que siempre hacía. Se quedó. Trabajó. Sonrió cuando era necesario, habló cuando le hablaban, respondió preguntas con una cortesía impecable. Para los Alfas y Lunas visitantes, parecía en todos los sentidos la eficiente hija del Beta: serena, capaz y profesional. Pero aquellos que realmente la conocían, los que habían visto su luz apagarse en las últimas tres semanas, veían otra cosa. No una hija. No una hermana. Ni siquiera una mujer en duelo. Solo una muñeca. Vacía. Adornada con una sonrisa que nunca llegaba a sus ojos.
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