Capítulo 10

1111 Words
Y ahora, tres semanas después de aquel devastador día en la oficina del Alfa, Elaine se encontraba una vez más en su santuario: la cascada cerca de la frontera. Su constante rugido había sido su único compañero en el dolor, el único lugar en donde podía liberar todo lo que la oprimía. Aquí, no necesitaba fingir. La cascada la había visto romperse, la había visto llorar hasta que su pecho doliera, había escuchado su voz quebrarse mientras gritaba sus frustraciones al viento indiferente. Había sido testigo mudo de sus maldiciones, de sus preguntas susurradas a la Diosa Luna, de sus oraciones que nunca parecían ser respondidas. Durante las últimas tres semanas, la Manada Silverblade había estado consumida con los preparativos para la gran ceremonia de emparejamiento. La emoción flotaba en el aire, contagiosa e implacable, mientras toda la manada esperaba con ansias celebrar a su futuro Alfa y Luna. Su alegría se veía intensificada por el conocimiento de que la futura Luna esperaba al futuro heredero de la manada. Todos estaban ansiosos por ver esta unión, por deleitarse con la promesa de fuerza y prosperidad que simbolizaba. Todos, excepto Elaine. Mientras la manada vibraba con la celebración, su corazón se había ido marchitando lentamente. La parte más cruel era que le habían dado la tarea de enviar las invitaciones a las manadas vecinas. Día tras día, sellaba cartas con nombres que deberían haber sido suyos y de Michael. Cada trazo de tinta, cada reconocimiento escrito de la unión, era como clavar una daga más profundamente en su pecho. Cuando vio el nombre de Kathy escrito junto al de Michael por primera vez, Elaine se congeló. Sus ojos no podían apartarse de él. Sintió su alma fragmentarse, y a su loba gimoteando de agonía. Pero no podía permitirse mostrar debilidad, no en la casa de la manada, no frente a las mismas personas que le habían robado su futuro. —¿Estás bien, Elaine?— la voz de Luna Beatrice irrumpió en sus pensamientos ese día. La Luna le había entregado un nuevo montón de invitaciones para entregar. Junto a ella estaba Kathy, la futura Luna, radiante de orgullo mientras seguía a Beatrice en su entrenamiento. Ya no había necesidad de ocultar nada. Todos conocían el papel de Kathy, y sus lecciones se habían convertido en un espectáculo que toda la manada admiraba en silencio. Elaine se obligó a mirarlas a los ojos, aunque era como tragar vidrio. —Por supuesto, Luna— respondió con suavidad, como si su interior no se estuviera desmoronando poco a poco. Señaló las invitaciones. —Me aseguraré de que estas sean entregadas a las otras manadas. —Lo siento si esto es difícil para ti, Elaine— dijo Kathy suavemente, con su expresión casi simpática. ¿Difícil? Elaine quería reír, gritar, decirle a su hermana que no tenía derecho a disculparse por algo que había robado tan voluntariamente. Pero sus labios se curvaron en una sonrisa educada en su lugar. —Esto forma parte de mi deber, Futura Luna. No hay nada por lo que disculparse— su voz no llevaba ni un temblor, ni grieta, ni indicio de la tormenta que rugía bajo su máscara de calma. —¿Hay algo más que necesites de mí, Luna?— preguntó, girándose hacia Beatrice. La Luna vaciló, como si hubiera más que quisiera decir, pero en ese momento la puerta de la oficina se abrió. El Alfa Efrein, el Beta Richard y Michael entraron en la habitación, discutiendo los detalles de la ceremonia. El estómago de Elaine se retorció, pero no se inmutó. Era su responsabilidad permanecer en la habitación, tomar notas, brindar apoyo mientras planificaban el mismo evento que aplastaría su alma. Así que se quedó. Silenciosa. Profesional. Su pluma recorría la página mientras hablaban de flores, rituales e invitados. Respondía preguntas cuando se le dirigían, con su tono perfectamente respetuoso y su rostro era una máscara inescrutable. Pero por dentro, su loba aullaba de rabia y dolor, arañando su pecho, exigiendo justicia. Michael estaba sentado a solo unos metros de distancia, con Kathy presionada a su lado, y su brazo protectoramente envuelto alrededor de ella. Cada vez que los ojos de Elaine se dirigían hacia ellos, sentía otra grieta en su corazón. Debería haber sido ella. Se suponía que era ella. —¿Tienes alguna sugerencia, Elaine?— preguntó de repente Luna Beatrice. Por un momento, las palabras no se registraron. ¿Realmente esperaba que Elaine diera consejos sobre la ceremonia de emparejamiento que le habían arrebatado? La habitación quedó en silencio, todas las miradas se movieron hacia ella. La preocupación parpadeó en algunas miradas, la lástima en otras. El pecho de Elaine se tensó, pero se negó a dejar que la vieran flaquear. Inhaló profundamente y respondió, con voz uniforme, casi desapegada. —No, Luna. No tengo ninguna sugerencia. Lo había logrado. Pronunció las palabras sin amargura, sin temblar. No les daría la satisfacción de verla romperse. —Lo siento, Elaine— dijo Beatrice, frunciendo el ceño. —Solo quería incluir a todos aquí. No quise ser insensible. —No hay nada de que disculparse, Luna— respondió Elaine rápidamente, con un tono respetuoso pero firme. —Entiendo. Pero podía verlo en sus ojos. Esperaban que se derrumbara en cualquier momento. No lo haría. No podía. —¿Hay algo más que pueda hacer por ustedes?— preguntó, mientras su mirada recorría la sala. El Alfa Efrein la miró, y ella supo antes de que hablara, que cualquier palabra que saliera de su boca la heriría más profundamente que nada antes. Su mandíbula se tensó, su tono era grave. —Tienes que asistir a la ceremonia, Elaine. Las palabras fueron un cuchillo. Como si negar su vínculo con Michael no hubiera sido suficiente, ahora querían que estuviera entre la multitud, sonriendo, viendo cómo el hombre que la Diosa había elegido para ella se unía con otra. Su corazón gritaba, pero su rostro permanecía compuesto. —Por supuesto, Alfa— dijo con firmeza. —¿Cómo desea que actúe durante la ceremonia? La sala quedó en silencio. Nadie quería responderle, pero ella los obligó a confrontar la crueldad de lo que estaban exigiendo. El Alfa Efrein exhaló lentamente, con sus ojos destellando algo entre culpa y determinación. —Solo actúa feliz por los nuevos líderes de la manada. Sus labios se curvaron en una leve sonrisa, frágil y fría. —Por supuesto, Alfa. Si eso es todo, ¿puedo retirarme? Él asintió con un gesto brusco. Elaine hizo una reverencia respetuosa, se dio la vuelta y salió de la sala. Solo cuando la pesada puerta se cerró detrás de ella, permitió que sus manos temblasen.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD