Capítulo 9

1035 Words
Habían pasado tres largas semanas desde aquel día en la oficina del Alfa. Tres semanas que se sintieron como años: tres semanas de humillación, de insultos susurrados, de un aislamiento que devoraba su espíritu como un lobo hambriento. En el momento en el que salió de la casa del Beta y entró a su nueva vida al borde del territorio, dejó de ser Elaine, la hija del Beta. A los ojos de la manada, se había convertido en algo completamente diferente: una marginada, una advertencia, un recordatorio ambulante de lo que les sucedía a aquellos que desafiaban al Alfa. El primer día que se presentó de nuevo en la casa de la manada para cumplir con su deber, podía sentir sus ojos sobre ella. Docenas de miradas que la perforaban, sus susurros recorriendo los pasillos como flechas envenenadas. Algunos murmuraban “rechazada… no deseada…” mientras ella pasaba. Otros ni siquiera se molestaban en bajar la voz. Se reían, se burlaban, la maldecían en voz baja, disfrutando de su desgracia como si fuera su entretenimiento. Para ellos, ella no era: Elaine la estudiosa, Elaine la hija del Beta, o Elaine la mujer que una vez fue celebrada por sus logros en la Escuela de Lobos. No. Ahora era solo la intrusa, el obstáculo que se había interpuesto entre su querido futuro Alfa Michael y su elegida Luna, Kathy. El hecho de que ella fuera la compañera que la Diosa Luna le había dado ya no importaba. La manada solo veía lo que el Alfa había declarado. Que ya no era familia, que ya no era digna. Cada mañana en el comedor era la más difícil. La asistencia era obligatoria para todos los lobos que no estaban de guardia, lo que significaba que no podía escapar de la mirada pública. Después de recoger su comida, siempre se sentaba sola al final del largo salón. Una vez, su presencia en el círculo de la familia Beta le había dado un lugar de honor cerca del frente. Ahora, los bancos a su alrededor permanecían vacíos, como si llevara una enfermedad que podrían contraer al sentarse cerca de ella. Su soledad era un espectáculo en sí mismo. Los susurros se hacían más fuertes al pasar, la risa la seguía como una sombra, y los ojos: juzgadores, compasivos o crueles, nunca se apartaban de su espalda. Mantenía la cabeza alta, incluso cuando su corazón dolía, negándose a dejar que la vieran quebrarse. Esa mañana, mientras el salón se llenaba de charlas, la atmósfera cambió en el momento en el que las familias Alfa y Beta entraron. Todas las miradas se dirigieron hacia ellos con admiración y respeto, el ruido desvaneciéndose en saludos e inclinaciones. Las sonrisas brotaban en los rostros como flores buscando el sol. Ese era el poder de su presencia. El respeto y la lealtad de los que Elaine una vez formó parte, ahora le eran negados. Como siempre, las familias se movían por el salón, intercambiando saludos matutinos con su manada. Cuando llegaron a ella, Elaine se obligó a ponerse de pie, con su bandeja de comida intacta ante ella. Agachó la cabeza, expuso su cuello y habló con una voz firme que desmentía la tormenta en su pecho. —Alfa, Luna, Beta, señora Lucille… Buenos días— Su garganta se tensó mientras añadía el saludo final, su voz era suave pero firme. —Futuro Alfa y Luna, buenos días a ustedes también. Ahora era un ritual, esta muestra forzada de respeto. Una cadena más que la ataba. Los ojos de Lucille encontraron los suyos, llenos de una tristeza que las palabras no podían expresar. Las manos de la mujer mayor temblaban como si quisiera acercarse, abrazar a su hija y susurrarle consuelo como solía hacer. Pero no lo hizo. No podía. Los ojos de la manada estaban observando, y a sus ojos, Elaine ya no era su hija. Ella era solo otra loba. El Alfa le dio un breve asentimiento con su expresión indescifrable. —Buenos días, Elaine— dijo Kathy, futura Luna, su hermana de sangre pero ya no de palabra. Sonrió suavemente, como si intentara recordarle a Elaine que, en el fondo de su corazón, el vínculo de hermanas aún persistía. Los labios de Elaine se curvaron levemente, pero sus palabras carecían de calidez. —Buenos días para ti también, futura Luna. LA forma de nombrarla era una daga. Nunca la llamará “hermana”. Ella no era un m*****o de la familia. No es más que un recordatorio de su dolor, de su vínculo roto con su compañero destinado. El grupo se dirigió a sus asientos, reanudando su conversación como si nada hubiera pasado. No se le dirigió ni una palabra más. El resto del día no fue mejor. Su trabajo se había convertido en una prueba constante de su resistencia. Antes, solo reportaba a su padre, pero ahora tenía que dar sus informes directamente al propio Alfa, y a veces a Michael, el futuro Alfa, quien había comenzado a asumir más de las responsabilidades de su padre. Cada interacción era una herida fresca, cada informe otro recordatorio de lo que había perdido. El futuro Beta de Michael todavía estaba en la escuela y no regresaría hasta el próximo mes, así que, por ahora, Elaine se veía obligada a llenar el vacío: obligada a servir, obligada a fingir. Fingir era la parte más difícil. Fingir que su corazón no se rompía cada vez que se paraba frente a ellos. Fingir que los susurros no dolían. Fingir que el respeto que ofrecía era libre, y no porque se lo exigían. Tres semanas de este ciclo interminable. Tres semanas de tragarse su orgullo y enterrar su dolor tan profundamente que nadie lo vería. Tres semanas de mantenerse con dignidad, incluso cuando el mundo a su alrededor se reía. A pesar de todo, nunca les había faltado el respeto. Ni al Alfa, ni a la Luna, ni siquiera a aquellos que le habían quitado todo. Su voz nunca vaciló, su postura nunca flaqueó. Les dio el respeto que exigían, aunque sabía que no se lo habían ganado. Era su última arma, su último escudo. La dignidad que no podían quitarle, por mucho que lo intentaran.
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