Capítulo 8

938 Words
Antes de que Luna Beatrice pudiera siquiera abrir la boca, la voz del Alfa cortó bruscamente el denso silencio. —¡Eso es suficiente, Elaine!— el mandato del Alfa Efrein resonó en la sala, fuerte y absoluto. Sus palabras llevaban el peso de la autoridad, sacudiendo el aire con una sensación de finalidad. —Entiendo que estás sufriendo, pero eso no excusa la forma en que nos hablas. Recordarás que seguimos siendo el Alfa y la Luna de esta manada, y con eso viene la responsabilidad, responsabilidad por la seguridad, la paz y la unidad de todos los que están bajo nuestro mando. Si el precio de preservar esa unidad es que seas apartada, que así sea. Si no puedes estar con nosotros como familia, entonces estarás sola. Puedes dejar el hogar de los Beta y vivir en el límite de nuestro territorio, lejos de tus padres y tu hermana. Pero recuerda esto, Elaine. Esta es tu elección. Esto es lo que querías. Las últimas palabras del Alfa rugieron por la habitación como un trueno, dejando el aire pesado y sofocante. —Alfa...— Su padre, el Beta Richard, dio un paso adelante, con su voz quebrándose con preocupación y desesperación. Sus ojos suplicaban misericordia, no para él, sino para su hija. Pero el Alfa Efrein lo interrumpió sin piedad. —No, Beta. Es suficiente. Estoy harto de su insolencia y su constante desafío. Nos hemos doblado, hemos cedido, hemos intentado consolarla. Pero ella nos lo escupe todo en la cara. ¿Cree que es la única que sufre? Está equivocada. Cada uno de nosotros ha sufrido. Todos sangramos, todos lloramos, pero aun así llevamos la carga adelante por el bien de la manada. ¿Y ella? Se niega a ver más allá de sí misma. Si dejar la familia Beta es la única forma en que cree que puede avanzar, entonces le concederé eso. Pero escúchame, Elaine— Sus ojos oscuros ardían en ella, implacables. —No renunciarás a tu posición. No abandonarás tu deber. Continuarás tu trabajo aquí en la casa de la manada, como se te exige. Te enfrentarás a cada m*****o de la manada, cada día. Mostrarás respeto hacia mí y hacia la Luna como tus líderes. Desde este día en adelante, serás tratada como cualquier otro m*****o de la manada. Y desde este día en adelante… ya no eres parte de la familia Beta. La sala cayó en un silencio total, todos atónitos por el decreto del Alfa. Se escucharon jadeos, e incluso la compostura de Luna Beatrice vaciló. Richard y Lucille parecían destrozados, con sus ojos abiertos de par en par, sus labios temblorosos, como si el suelo se hubiera desvanecido bajo sus pies. Pero Elaine… no vaciló. Se mantuvo como si hubiera esperado este desenlace todo el tiempo. Si esto era en lo que se había convertido su manada, un lugar donde sus sacrificios, su dolor y su propia dignidad no significaban nada, entonces ¿por qué debería aferrarse? Ya le habían quitado a su compañero, despojada de su futuro, y ahora incluso sus lazos familiares estaban siendo cortados. ¿Quedaba realmente algo para ella aquí? No. Si esta era su realidad, entonces su decisión estaba clara. Aun así, debía de ser cautelosa. Incluso despojada de su apellido, seguía siendo valiosa para ellos. Su papel, su posición, y sobre todo las conexiones que había cultivado durante sus años en la escuela Wolfe, lazos con otras manadas y alianzas que Efrein deseaba desesperadamente. Esas cosas la ataban aquí. Por eso él rechazó su renuncia. Por eso la ató a este lugar con deber, no por elección. La exprimiría por todo lo que pudiera aportar a la manada, y ella lo sabía. Respeto. Eso era lo que exigían. Respeto que provenía del miedo y la jerarquía, no del amor o la lealtad. Pero está bien. Se lo daría... por ahora. Jugaría su juego, sonreiría cuando tuviera que hacerlo, y se inclinaría cuando fuera necesario. Un mes. Eso es todo lo que les daría. Después de eso, dieran permiso o no, dejaría esta manada para siempre. —Elaine, por favor…— la voz de su madre rompió el silencio, con lágrimas corriendo por sus mejillas. Se aferró al brazo de su hija, con su cuerpo temblando de desesperación. —No hagas esto. Solo discúlpate. Solo… solo di que lo sientes al Alfa, y todo esto terminará. Por favor, te lo suplico. Elaine giró la cabeza lentamente para mirar a su madre. No, se corrigió fríamente, a su madre no. Ya no. Esta mujer era la mujer Beta. Leal a su Alfa, antes que a su propia hija. Lucille, no Mamá. El dolor que esa realidad trajo consigo un corte más profundo que cualquier cuchilla. Su mirada volvió al Alfa, firme e inquebrantable. Su voz, aunque calmada, llevaba la fuerza silenciosa y final.—Dejaré la casa Beta inmediatamente y tomaré mi residencia en la casa abandonada, al borde del territorio. Continuaré mi trabajo en la casa de la manada, como has ordenado, y mostraré el respeto que demandas, Alfa— Hizo una pausa, dejando que sus palabras flotaran en el aire pesado, antes de dar el golpe final. —Pero a partir de este día, ya no soy parte de la familia Beta. Con eso, Elaine se dio media vuelta y salió de la habitación. Sus pasos resonaron contra el suelo de piedra, cada uno un recordatorio para todos los presentes de que un vínculo se había roto: un vínculo que quizás nunca se repararía. Aunque su corazón dolía, su espíritu ya no titubeaba. Por primera vez, sintió una extraña y fría libertad.
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