Durante un largo momento, nadie habló. El silencio era sofocante, tan denso que presionaba contra el pecho de todos. Elaine se mantuvo erguida, sus palabras aún resonaban pesadas en el aire, finales e irrevocables.
Y entonces, Michael se movió.
El futuro Alfa dio un paso adelante, separándose de la figura temblorosa de Kathy. Su rostro estaba tenso, su mandíbula apretada, sus ojos fijos en Elaine con una mezcla de frustración y culpa. Su voz, cuando llegó, fue cortante, demasiado cortante, como si el peso de su vergüenza exigiera que arremetiera en lugar de enfrentarlo.
—¡Basta, Elaine!— gritó, su tono era más duro de lo que pretendía. —No estás siendo justa.
Elaine inclinó la cabeza, con su expresión inescrutable.
—¿Justa?— repitió suavemente, casi como si la palabra en sí fuera extraña.
Michael dio otro paso adelante, sus manos se cerraron en puños a sus lados.
—¿Piensas que eres la única que sufre? ¿Piensas que esto es fácil para mí?— su voz se quebró ligeramente, pero la mantuvo firme. —¡Yo tampoco pedí esto! Nunca pedí que Kathy se quedara embarazada, que el destino nos jugara esta cruel broma. ¿Piensas que no me siento desgarrado sabiendo que eres mi compañera? ¿Piensas que no siento el vínculo tirando de mí cada segundo que respiro?— su voz se elevó, con la ira y la desesperación chocando. —¿Piensas que no me duele no poder tenerte?
Por primera vez desde que entró en esa oficina, la máscara de Elaine vaciló. Apenas. Sus labios se apretaron en una línea fina, y sus ojos brillaron con una tormenta de emociones que se negó a liberar.
Pero Michael no había terminado. Su pecho se agitaba mientras continuaba, casi escupiendo las palabras, como si confesarlas, quemara. —Elegí a Kathy antes de saberlo. No puedo deshacer eso. Ella está esperando a mi hijo. El heredero de nuestra manada. Ella me necesita. La manada me necesita y como Alfa, no tengo el lujo de seguir solo a mi corazón. Tengo que cumplir con mi deber.
La observó fijamente, sus ojos ardían, crudos de dolor. —¿Piensas que es fácil rechazar el vínculo de compañeros cada vez que te veo? ¿Piensas que no siento el castigo de la Diosa por ello? Lo siento, Elaine. Cada. Maldito. Día. Pero no puedo retroceder ahora. No puedo abandonarla. No puedo abandonar a esta manada. Así que deja de actuar como si yo no sufriera por esto también—
Sus palabras dejaron la habitación temblando, y por un breve momento, su vulnerabilidad llenó el aire con algo frágil, algo peligrosamente cerca de romperse.
Elaine dejó que el silencio se extendiera, con sus ojos fijos en los de él. Cuando finalmente habló, su voz fue tranquila, pero cortó más profundo que cualquier grito.
—¿Tú sangras?— le preguntó suavemente, con su tono cargado de incredulidad. —No, Michael. Tú tomaste una decisión. Me tenías a mí, y aun así, la elegiste a ella. Decidiste que mi dolor valía menos que tu conveniencia. Lo llamas deber, pero nunca fue deber. Fue debilidad. ¿No puedes abandonarla? Nunca te pedí que la abandonaras. Nunca te pediría que abandonaras a tu cachorro. Todo lo que quería era una oportunidad para ser lo que se supone que debo ser. Ser tu Luna, tu compañera como la Diosa me creó. Pero eso es demasiado pedir, ¿verdad?
Michael se estremeció como si ella lo hubiera golpeado.
Los ojos de Elaine se endurecieron, su voz sonó más firme. —La Diosa nos dio un vínculo, Michael y tú lo escupiste. Me escupiste a mí. Cualquier castigo que sientas por rechazarme, ten esto presente: no es nada comparado con lo que yo estoy sintiendo—
Su mirada se dirigió brevemente a Kathy, que aún sollozaba en la esquina, y luego, de vuelta a Michael. —Así que no me hables de dolor. No puedes reclamar mi sufrimiento como tuyo. No sabes lo que se siente ser rechazada, no importar, no merecer ni siquiera una oportunidad de ser quien se supone que debo ser. Tú elegiste abandonarme. Elegiste usarme, usar mi cuerpo para tu satisfacción. Y todos aquí eligieron sacrificarme, sacrificar mi felicidad, sacrificar lo que soy.
La determinación en su voz selló el aire entre ellos, dejando a Michael sin palabras, temblando de furia y vergüenza. Sus manos se cerraban y abrían a sus lados, pero no salieron palabras.
El aire en la oficina del Alfa estaba cargado, tenso hasta el punto de romperse. Michael permaneció congelado, la vergüenza y la ira libraban una batalla dentro de él, mientras Elaine permanecía inquebrantable. Una pared de hielo inamovible frente a su arrebato.
Fue la Luna quien rompió el silencio primero.
—Basta— la voz de Beatrice resonó en la habitación, no era fuerte, pero sí firme, con la autoridad que su posición le confería.
Se levantó lentamente de su asiento, su mirada recorrió tanto a su hijo como a Elaine. Sus ojos, llenos de tanto dolor como determinación, se posaron en Elaine.
—Esto nos está destrozando a todos. Elaine, hablas con tanto veneno porque estás sufriendo. Lo veo, incluso si intentas ocultarlo. Pero entiende esto, el vínculo entre tú y Michael es real, sí, pero también lo es el vínculo que él ha forjado con Kathy. No podemos deshacer lo que ya se ha hecho. Solo podemos seguir adelante.
La mandíbula de Elaine se tensó, su silencio hablaba más fuerte que cualquier palabra.
La expresión de la Luna se suavizó por un momento fugaz. —No niego que fuiste agraviada. No deberías haber sido puesta en esta posición. Como madre, mi corazón se rompe por ti, Elaine. Pero como Luna, también debo ver el panorama completo. Esta manada no puede fracturarse por este vínculo, por muy injusto que parezca. A veces…— vaciló, su compostura estaba tambaleándose ligeramente, —… a veces, la Diosa nos da pruebas que no podemos entender.
La risa de Elaine fue baja y amarga. —¿Pruebas? ¿Así es como llama a esto? ¿Una prueba? No, Luna. Las pruebas están destinadas a fortalecernos. Esto...— Señaló hacia Michael y Kathy. —Esto es una traición vestida de sacrificio.