La sonrisa de Elaine parpadeó entre sus lágrimas, la primera que había logrado en lo que parecía una eternidad. Era pequeña, frágil, temblorosa en los bordes, pero llevaba consigo una chispa de esperanza que pensó que nunca volvería a sentir. Darius la vio, y se le encogió el pecho. Esa pequeña chispa en ella valía más que cualquier alianza, más que cualquier ley que lo atara. Todavía no sabía el nombre del lobo que le había hecho esto, que se había atrevido a despreciar el regalo de la Diosa de la Luna. Pero lo sabría y cuando lo hiciera, habría un ajuste de cuentas que ni siquiera el Alfa de Silverblade podría ignorar. Por ahora, hizo solo un juramento. —No dejaré que te marchites aquí, Elaine. Después de la ceremonia... Te irás conmigo. Eso lo juro. Esas palabras la habían anclado de

