Ella estaba aquí de nuevo, de pie frente a la puerta de la oficina del Alfa. Se estaba convirtiendo en una rutina: este lento caminar por el largo pasillo, la opresión en su pecho al llegar a la pesada puerta de madera y el peso que cargaba sobre sus hombros. Durante los últimos días, sentía que su vida se había reducido a este único pasillo, esta única puerta, esta única habitación en donde cada vez que entraba, salía más rota que antes. Las paredes de la casa de la manada parecían cerrarse sobre ella, asfixiándola con susurros y juicios de los que nunca podría escapar. Los dedos de Elaine flotaron sobre la puerta por un momento, antes de que finalmente llamara, con sus nudillos golpeando la madera con más fuerza de la que pretendía. —Adelante— sonó la voz del Alfa Efrein desde dentro

