¿Por qué todos me gritan dentro de la cabeza?
Las voces no se callaban. Me juzgaban. Me presionaban. Me atacaban desde todos los ángulos.
Pero yo no mentí.
Esa es la verdad.
Es un violador.
Es un drogadicto.
No mentí.
—Mira, hermana —dijo Jennifer, esforzándose por mantener la calma, aunque su voz temblaba—. No quiero saber qué pasó entre ustedes dos, ni me importa ahora mismo. Pero, por favor, borra esa publicación. Hazlo ya. La gente lo olvidará. Siempre lo hacen. Si la eliminas ahora, en unos días dejarán de hablar del tema.
Se pasó una mano por el cabello, claramente desesperada.
—Vamos, traeré tu portátil para que borres ese informe estúpido. Ojalá supiera tu contraseña… lo habría eliminado desde hace rato.
Se giró hacia la puerta, decidida.
—Voy a traerlo ahora mismo y vas a borrar la publicación, ¿de acuerdo?
—No —respondí, con la voz firme.
Jennifer se quedó paralizada.
—No lo haré —repetí.
—¿¡Qué!? —exclamaron ambos al mismo tiempo.
Levanté la barbilla, obligándome a no retroceder.
—Me escucharon. Nunca borraré esa publicación. Se lo merece. Y me aseguraré de mostrarle exactamente de lo que soy capaz.
Los miré a los dos, uno por uno.
—Además, deberían dejar de preocuparse tanto. Nadie sabe que yo soy Chisme entre chicas. Solo ustedes lo saben. Estoy a salvo.
—Hermana… —Mateo se acercó un paso, con los ojos llenos de preocupación—. ¿Estás loca? Por favor, borra ese post. Te lo ruego.
—¡Dije que no! —respondí con terquedad—. ¡Nunca lo borraré!
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Pov Sebastián
Hoy iba a ser un día largo.
Acababa de terminar una reunión de negocios con el señor Francis y, en cuanto saliera de allí, tendría que regresar a la empresa lo antes posible. Ese día marcaría un antes y un después en mi carrera: el lanzamiento oficial de mi nueva compañía, TILE.
Todo tenía que salir perfecto.
Aún no podía creer que hubiera aceptado aquel porcentaje. Solo demostraba una cosa: lo desesperado que estaba.
—Sebastián, por favor… hagámoslo cincuenta y cincuenta —suplicó el señor Francis, visiblemente alterado.
Lo observé en silencio durante unos segundos.
—Sesenta y cuarenta, señor Francis —dije con frialdad—, o cancelamos el trato.
Tragó saliva.
—Está bien… —cedió al final, derrotado.
Una sonrisa calculada se dibujó en mis labios.
—Encantado de hacer negocios con usted, señor Francis —dije, extendiendo la mano.
—El gusto es mío —respondió.
Salimos juntos del restaurante.
Entré en mi coche, cerré la puerta y estaba a punto de encender el motor cuando mi teléfono comenzó a sonar.
Oliver.
—¿Oye? —respondí de inmediato.
—Hola, señor violador —bromeó.
Fruncí el ceño, confundido.
—Oliver, ¿qué clase de broma estúpida es esa?
—No estoy bromeando, Sebastián —replicó—. Está en todas las noticias. ¿Por qué no revisas Internet?
Hizo una pausa, como si disfrutara el suspense.
—Sé que ya eres famoso en todo el mundo, pero creo que ahora eres el doble de popular que antes. Estás en todas partes, hermano —añadió entre carcajadas.
—Oliver… ¿de qué demonios estás hablando? —pregunté, con un nudo formándose en el estómago.
—Ve directo a tu i********: y busca Chisme entre chicas. Entonces lo entenderás todo —dijo—. Y, por favor, después de leerlo no decidas drogarte, ¿de acuerdo?
Su tono se volvió serio.
—No vengas hoy a la oficina. Después de leer eso, no te va a gustar nada. Ve directo a casa. Tendré que cancelar la reunión para…
—¿Cancelar la reunión? —lo interrumpí—. Sabes lo importante que es para mí.
—Créeme —dijo con firmeza—, es lo mejor. Busca ese nombre de usuario ahora mismo y lee la publicación más reciente.
Y colgó.
Bajé lentamente el teléfono.
—¿Qué demonios le pasa…? —murmuré.
Abrí i********: y escribí el nombre.
Chisme entre chicas.
La cuenta apareció de inmediato.
Sin foto de perfil.
Sin nombre real.
Y con más de 6,4 millones de seguidores.
—¿Qué…? —susurré—. Esto es una locura.
Abrí la publicación más reciente.
Y mi sangre hirvió.
Cada palabra era una provocación.
Cada frase, una acusación directa.
Hola a todos. Como muchos saben, llevaba mucho tiempo sin publicar…
—¿Qué carajo…? —murmuré.
Mi mandíbula se tensó. El pulso me golpeaba con fuerza en las sienes. Sentí un impulso violento de destrozar a la persona que había escrito aquello.
—¿Cómo se atreve? —gruñí—. ¿Quién demonios es ella? ¡Mierda!
Marqué el número de Oliver. Respondió casi al instante.
—Supongo que ya lo leíste todo —dijo, riendo.
—Esto no tiene nada de gracioso, Oliver —escupí, furioso.
—Debiste ofenderla mucho para que escribiera algo así sobre ti —comentó.
Hubo un breve silencio.
—Entonces… ¿qué piensas hacer ahora? —preguntó—. ¿Quieres que la encontremos y la hagamos pagar?
Mis labios se curvaron en una sonrisa peligrosa.
—Por supuesto —respondí sin dudar—. ¿De verdad tienes que preguntarlo? Llama al investigador privado de inmediato y…
Me detuve.
—No importa. Yo mismo llamaré a Miles.
—Está bien.
—Nos vemos en veinte minutos.
Colgué.
Y en ese instante, lo supe.
Quienquiera que fuera Chisme entre chicas…
acababa de firmar su sentencia.