Salí de la casa de aquel chico solitario. Uno de sus hombres me llevó de vuelta a mi hogar. Cuando llegamos, la gran discusión ya se había formado. Mis padres habían descubierto que, en realidad, no me había ido de viaje, sino con un desconocido. Me enfrentaron con rabia, diciéndome que no podía seguir viviendo como una vagabunda, que ya tenía un futuro asegurado, pues hoy mismo se fijaría mi boda con Ricardo. Aseguraban que esa era la única forma en la que podríamos salir adelante.
—Bien, hija, conoce a tu futuro esposo, el padre de tus hijos —dijo mi padre con una sonrisa fría en el restaurante donde mi madre había organizado una cena para desposarme.
—Esto es absurdo —respondí, indignada, con rabia acumulada.
—¿Está segura? —me dijo Ricardo, observándome con una mirada desafiante.
Mi familia había decidido venderme al mejor postor, una conspiración para ocultar un terrible secreto que, aunque desconocía por completo, comenzaba a intuir.
—Esperé todo este tiempo para que llegara este momento —comentó Ricardo, con una ironía amarga en su voz.
—Gracias por esperar, pero casarme no está en mis planes —respondí con sarcasmo, sin poder ocultar mi frustración.
—¿Cómo que no está en tus planes, Noé? Tienes 22 años, es el momento perfecto para tener hijos —interrumpió mi madre, sentándose a la mesa como si todo fuera una simple transacción.
—¡Perdiste la cabeza! No quiero casarme —le dije entre sollozos, incapaz de contener mis emociones.
—Esta es tu oportunidad, hija —insistió mi padre, con un tono que no admitía réplica.
—O será más bien la tuya —le respondí, incapaz de callarme más.
—Él es el que nos está ayudando a pagar tu universidad. Ya agotamos todos los fondos, hija. Nos has dejado sin nada, y él es nuestra única salida —dijo mi padre, con una amarga ironía.
—No puedo creer que tú, de quien siempre esperaba apoyo, estés involucrado en todo esto —le respondí, llorando desconsoladamente.
—Y tu coche, también lo compró él. Le debemos mucho dinero, y la única forma de saldar esa deuda es que te cases con él —me dijo, sin la menor muestra de remordimiento.
—¿Y por qué conmigo? ¿Por qué no me lo dijiste antes? —pregunté, furiosa, desbordada por la ira.
—Porque sabíamos que no lo aceptarías. Ya no teníamos más opciones, estábamos en la quiebra. Tú eres nuestra única solución —dijo mi madre, como si estuviera hablando de un asunto trivial.
—Claro, entregándome a un hombre que no amo —le respondí, furiosa, incapaz de entender cómo mi familia podía hacerme esto.
—Sí, pero con él no te faltará nada. Vivirás en lujo, tendrás casa, coche, viajes... —dijo mi madre, como si fuera una bendición.
—¿Y por qué no te casas tú, madre, si tanto te urge disfrutar de esos lujos? —le respondí con rabia.
Después de aquella discusión, salí corriendo de la casa. Me fui a casa de mi amiga, que vivía sola en su apartamento. Ella siempre me decía que podía quedarme el tiempo que quisiera, así que me quedé allí una semana. Sin embargo, una tarde lluviosa, entraron en su apartamento mi amiga y... mi tía. Mi tía, a quien siempre había odiado. No quería saber nada de ella, y no entendía qué hacía aquí.
Me encontraba en la cocina preparando la cena cuando entró y, sin darme tiempo de reaccionar, me dijo:
—Hola, Liliana —dijo con una sonrisa que no me agradó en absoluto.
—Hola —respondí, sin dejar de hacer la cena, intentando mantenerme ocupada para no pensar en lo que estaba por suceder.
De repente, mi tía apareció.
—¿Tía? ¿Qué estás haciendo aquí? —le pregunté, sorprendida.
—Hola, sobrina, necesitamos hablar —dijo con tono autoritario, avanzando tres pasos hasta quedar frente a mí.
—No hay nada que hablar —respondí, cruzando los brazos y mirando hacia otro lado.
—Tienes que regresar —dijo con arrogancia.
—¿Por qué? —le pregunté, mirándola fijamente con desconfianza.
—Tu padre está en problemas. Si no lo ves ahora, es posible que no lo vuelvas a ver nunca —me dijo, con una mirada fría.
—¿Qué? ¿Dónde está? —pregunté, aterrada.
—Está en el restaurante, esperándote. —Con esas palabras, mi tía se dio la vuelta y se marchó.
Sabía que, por mucho que intentara huir de mi familia, tarde o temprano tendría que regresar.
Cuando llegué al restaurante, lo encontré allí, sentado en una mesa apartada, con la cabeza baja, como si estuviera esperando una condena. Me senté junto a él, y no pude evitar preguntarle, temblando de nervios:
—¿Papá? ¿Qué está pasando? ¿Qué haces aquí?
—¿Dónde está la llave del joyero? —me preguntó, nervioso, mientras trataba de abrirlo con un tenedor.
—Está guardada... ¿Por qué? —respondí, confundida.
—Necesito la llave para sacar todas las joyas —dijo, desesperado, con los ojos llenos de angustia.
—¿Para qué? —le pregunté, aún más confundida.
—¡Dame la maldita llave! —gritó, perdiendo el control, y yo me asusté.
—¡Papá! ¿Qué sucede? —le pregunté, poniendo mi mano sobre su hombro para intentar calmarlo.
—Hija, lo he perdido todo... y ahora seremos pobres... —dijo, llevándose la mano a la cabeza, como si no pudiera soportar más la carga.
—¿De qué estás hablando? —le respondí, mirando sus ojos, incrédula.
—Perdí mucho dinero en una partida. Si no lo pago esta noche, iré a prisión —me dijo, con una mirada que me heló la sangre.
—¿Qué? ¿Contra quién? —pregunté, aterrada.
—He jugado al póker durante años y siempre ganaba... pero esta vez perdí —me explicó, con un tono de derrota.
—¿Y ahora qué? —le pregunté, angustiada.
—Si no pago la deuda esta noche, voy a prisión —respondió, con los ojos llenos de desesperación.
Me solté de su mano y me llevé las manos a la cabeza, completamente sorprendida. Mi padre estaba tan deshecho que no sabía cómo reaccionar.
—¡Espera! Tiene que haber otra forma... ¿no? —le pedí, casi suplicándole.
—Bueno, sí la hay... pero no quiero hablar de eso —respondió, bajando la mirada.
—No, papá, dime cuál es —le insistí, con voz temblorosa.
—Está bien... Al hombre al que le debo el dinero solo me perdonará la deuda si aceptas casarte con él —dijo, con una tristeza profunda en sus ojos.
—¿Qué? ¿Quién es? —le pregunté, sintiendo que el suelo se desmoronaba bajo mis pies.
De repente, un hombre entró al restaurante. Lo miré, y aunque no podía verlo con claridad, algo en su porte me dejó claro que era él. Ricardo.
—Ahora entiendo por qué querías que me casara con él desde el principio —le dije, mi voz temblando de rabia.
Ricardo se acercó a mí con una sonrisa que parecía falsa, pero aún así me extendió la mano.
—Te haré muy feliz, lo prometo —me dijo, levantando mi barbilla con sus manos.
Estaba atrapada en una jaula de oro, sin salida. Pero, ¿realmente no había forma de escapar? Mi corazón latía con fuerza mientras intentaba digerir todo lo que estaba pasando. No amaba a Ricardo. Me estaba casando con él por obligación, por una deuda que no me correspondía. Mi madre y mi tía, emocionadas, decoraban todo para la ceremonia, pero yo sentía que me estaban vendiendo, que ya no había vuelta atrás.
Mi amiga había intentado ayudarme, pero no había podido hacer nada. No podía creer en qué tipo de familia había nacido. Sentía tanta ira en mi interior, pero al mismo tiempo, me sentía completamente impotente.
Me casaría, sí, pero me sentía como la mujer más desdichada del mundo. La felicidad que me quedaba, si es que alguna vez la tuve, se la debía a mi familia por hacerme vivir esta pesadilla. Pero no me rendiría. No me quedaría aquí. Trataría de escapar, de huir de todo esto, de irme lejos para que nunca me encontraran.
---