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Amor o conveniencia

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Para Zoë van der Velden, encontrar la felicidad no ha sido tarea fácil, sobre todo después de afrontar situaciones que ha marcado su existencia de manera imborrable. Sin embargo, al momento que decide darse por vencida, su vida cambiará radicalmente cuando conozca al hombre que se encargará de sellar su destino.

Por su parte, Serguei Morozov un hombre billonario, arrogante y superficial; el cual está acostumbrado a que las mujeres sucumben ante sus encantos. No obstante, el destino jugará en su contra, cuando intente seducir a la persona que cambiará el curso de su historia; ocasionando que busque una alternativa para enmendar su error, con alguien cuyo raciocinio se encuentra cegado por los sentimientos que siente hacia él para buscar un mejor futuro.

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Capítulo I: Un día superticioso
Abro los párpados lentamente, al momento que los rayos de sol empiezan a perpetrar por las ventanas del apartamento, iluminando plenamente la habitación. Ya ha transcurrido un año, desde que había decidido independizarme, después de enterarme sobre la doble identidad que ocultaba mi padre; así como los negocios a los que se dedicaba, siendo un hombre de gran reconocimiento en Holanda. De acuerdo a fuentes extraoficiales, el señor Gerolt van der Velden, no poseía ninguna empresa de automóviles como nos hacía creer a nosotras, simplemente era una fachada para persuadir a las personas, mayormente a la policía; porque su trabajo consistía en colaborar con la mafia alemana, con el objetivo de mantener su familia y empresa a flote. Esta situación trajo consigo consecuencias y daños irremediables para nuestra familia. Mi hermana mayor, Tess se marchó a Italia para evitar las constantes humillaciones por parte de la prensa, caracterizándonos como personas sin moral ni valores. Al principio, me negaba a creer la situación que pasaba a mi alrededor, porque a diferencia de Tess, me distingo por ser una persona culta que cumple las reglas sin contradicciones. Pero cambié radicalmente cuando ambas nos enfrentamos a Gerolt, haciendo que mis sentimientos hacia él, se fragmentaran en mil pedazos, porque siempre lo había considerado como el padre modelo, ejemplo a seguir. En ese momento, sentí vivir en el propio infierno, puesto que todas esas señales de felicidad habían sido una farsa. Aunque nosotras supimos afrontar la situación, nuestra madre Sofía no corrió con la misma suerte. Posteriormente a este embrollo, nos enteramos que tenía una amante menor que él, la cual estaba embarazada. Eso la devastó por completo, conllevándola a sufrir de una grave depresión, lo cual tuvo que ser internada de manera urgente en un centro de rehabilitación, vendiendo la casa para cubrir los gastos y no depender de ese maldito dinero. A ambas nos destrozó el alma, cuando la visitábamos, culpando a Gerolt de las desgracias que vivíamos. Suelto un leve suspiro, levantándome a regañadientes para tomar un baño. Me doy un fuerte estirón, mientras me observo en el espejo, sorprendiéndome. Llevo el cabello rubio miel hecho un añico, mis expresivos ojos grises lucen cansados, tengo la nariz respingona, labios carnosos, de complexión delgada y la piel blanca. El prototipo rubio. —¿Cuándo cambiaras tus hábitos Zoë? —le recrimino al espejo—. ¿Crees que alguien se fijaría en ti? Sobre todo por esa mala fama que dejó Gerolt. No obstante, durante mi estancia en casa de mis padres tuvimos la plena libertad de estudiar lo que quisieras, sin oposiciones. En ese entonces, era la “consentida” de él. Pero, me entristece que haya decidido hacerse cargo de la carrera, cuando yo personalmente hubiese buscado una forma de no permitirlo, aunque el destino es incierto y no sabía en realidad de dónde provenía esos fondos. Una punzada en el estómago me generó al enterarme de la verdad. Eso me llevó a tomar la decisión, de retomar mi vida sin necesidad de una dependencia, así que comencé en pequeños trabajos de medio tiempo, con los cuales pude obtener algunos ahorros para financiarme un pequeño departamento en el centro de la ciudad. Aproveché para tomar una ducha rápida, cerrando los ojos mientras me sumía en mis pensamientos, dejando que el agua aliviara las tensiones de mi cuerpo. Vivir sola tampoco había sido tarea fácil. Unos minutos más tarde, salgo de la ducha, retornando a la habitación para alistarme rápidamente, mientras tarareo una canción que gusta. Aprovecho para desenredar mis cabellos. El escándalo que generó Gerolt y la prensa, ocasionó que muchas empresas de renombre nos dieran las espaldas y ni siquiera pudiésemos trabajar en ellas, inventando pretexto que ni ellos mismos se creían, culpándonos de sus malas acciones. Por ende, deje de insistir. Entonces, cuando consideré pedirle ayuda a mi hermana, me contrataron en una floristería que abría sus puertas en la ciudad. Aunque no ganaba mucho, serví apara sobrevivir. Me retoco el maquillaje, dándome un último vistazo en el espejo. Tomo el bolso, abandonando la habitación. Camino hasta la salida del departamento, cerrando la puerta con llave, para dirigirme a la cafetería que está ubicada al lado para comprar unos bollos de grosellas con queso acompañado de un café caliente. Me adentro en la cafetería, haciendo fila para pedir mi desayuno. Después de unos minutos, un chico moreno me atiende, anotando mi pedido. Espero un momento, hasta que me hace entrega. Cuando me dispongo a salir del establecimiento, me detengo cuando observo por los ventanales del establecimiento que había comenzado a llover. Lo que significó una hermosa mañana soleada, se había convertido en una lluvia torrencial. Las gotas salpicaban los vidrios del comercio, mientras los charcos se agrandaban en las calles, haciendo que empezara a brotar un aroma entre tierra mojada y bollerías. Las personas apresuran el paso para resguardarse. Esperé alrededor de unos quince minutos, a que cesara un poco la lluvia, no podía permitirme el lujo de llegar tarde al trabajo. El clima decidió cooperarme, así que aproveché para marcharme a mi jornada laboral. Aunque maldije para mis adentros, al no haberme traído conmigo el impermeable o el paraguas, aparte de andar en tacones. ¡Qué ingenio el tuyo! Andar en bajo la lluvia con tacones. Me reclama mi subconsciente. Las gotas caen sobre mí, así como el frío empieza a filtrarse por la ropa, tenía que apresurarme o contraería un resfriado. Cuando avanzo frente a la casa de Ana Frank, tropiezo con alguien que viene en dirección contraria, perdiendo el equilibrio, cayendo encima de él. Le arrojé el café encima y para el colmo de males, caímos en un charco. Trágame tierra. —¿Acaso no te fijas por dónde vas? —sisea el hombre, furioso. —Di… disculpe —balbuceo, cabizbaja. Él suelta una blasfemia que no logro entender. —¿Piensas quedarte allí? —espeta, alterado—. ¡Levántate! Me limito a responderle, ni siquiera puedo dirigirle la mirada. Sólo accedo a su petición. Cuando decido confrontarlo, levanto el rostro. Me quedo perpleja cuando nuestras percepciones se cruzan. Es hermoso, parece sacado de una revista. Tiene el cabello castaño, sus ojos de color azul verdoso, piel blanca, su barba recién afeitada y una estatura que me supera. Su camisa se adapta su cuerpo bien fornido. Me observa despectivamente, frunciendo el ceño. —Lo siento señor, no me percaté de la situación —me disculpo, volviendo a la realidad—. Pero, podría enmendarlo. El hombre arruga la frente, como si lo que acabo de decir fuese una ofensa. —¡De ninguna manera! —objeta, haciendo un gesto de repudio con sus labios—. Déjelo así. —Pero… Él niega rotundamente. —Por favor, permítame ayudarlo —le suplico, apenada. —No, insista —espeta entredientes—. Además, eso no solucionará el problema. Tendré que regresar a cambiarme, no puedo llegar a la empresa en estas condiciones—refuta, soltando un suspiro—. Aparte que debería enfocarse por dónde camina y evitar distraerse. Esto es el colmo del descaro. ¿Quién se cree para exigirme? Me muerdo el interior de la mejilla, evitando soltarle una blasfemia. —Sólo intentaba reparar el daño ocasionado —me quejo, apretando los puños—. Usted también es responsable, porque supongo que también andaba distraído. —¿Qué está insinuando? —replica, cruzándose de brazos—. ¿Qué tengo la culpa? Me encojo de hombros, ignorándolo. —Sabe que, piense lo que quiera —murmuro, recogiendo mi bolso. Me marcho, sin dejarle articular alguna palabra. Sigo recorriendo la calle, esquivando los charcos hasta llegar a la tienda, pensando en ese imbécil. Me adentro al trabajo, sonando la campanilla que colgaba de ella. No hay señales de Mae, mi compañera de labor ni tampoco de Evan, su novio. Mi mente se trasladó hacia algún lugar oculto del establecimiento, haciendo algo indebido, aprovechando que la señora Olívia, no se encuentra. Me acomodo en el mostrador, aprovechando el clima para degustar mis bollos, porque mi estómago ruge como un feroz león. Aunque maldijo para mis adentro, por no haber salvado mi café a causa de ese hombre. Mis pensamientos son irrumpidos cuando suena la campanilla, refunfuño, guardando mi desayuno. ¿Qué karma estaré pagando? ¿Podría ser mí día mucho peor? Cuando diviso la mirada hacia la puerta, mis ojos se expanden como platos. ¿Qué hacía aquí? ¿Me vendría a reclamarme? —Señorita, quería disculparme con usted —se justifica—. Me he precipitado. También tuve la culpa. Al parecer alguien se ha retractado. —No se preocupe —respondo seriamente. —Es primera vez que visito esta ciudad —aclara, mirando alrededor de la tienda. —Supuse que no era de aquí, por su acento —deduzco, rascándome la barbilla—. ¿Es alemán? Niega con la cabeza. —Soy ruso —contesta severamente. Necesitas estudiar geografía, me recalca mi subconsciente. —Bienvenido a Ámsterdam —le halago con una pequeña sonrisa—. Por cierto, ¿Qué hará con su ropa? Me apena con usted—lo señalo. Pero, ¿qué acabas de hacer? ¿Por qué le recordaste? ¿Eres una estúpida Zoë? —Gracias por la bienvenida —gratifica, pasando una de sus manos por el cabello—. Tengo una reunión en unas horas, lo que significa que tengo suficiente tiempo para cambiarme. Me contengo las ganas de rodar los ojos, por temor a ser maleducada. —Espero que disfrute de su estancia en la ciudad—digo, levantándome del asiento—. Le deseo un feliz día, debo continuar con mi trabajo. —¡Espere! —exclama, haciendo que me detenga—. Me podría decir su nombre. Frunzo el ceño. ¿Cuál es su interés? —Me llamo Zoë van der Velder —me presento. —Un gusto conocerla, señorita van der Velder. Me llamo Serguei Morozov —indica, estrechando la mano. La tomo, sintiendo un sentimiento extraño dentro de mí. —También, es un gusto conocerlo señor Morozov —me sonrojo. Me suelta la mano. —Nos vemos luego —se despide. —Igualmente —susurro. Lo observo alejarse, dejándome impregnado su delicado perfume.

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