Capítulo 1
El gran salón del palacio brillaba con la luz de cientos de velas, reflejada en los altos espejos y en la plata fina que adornaba cada mesa. La música de los violines y los laúdes se extendía por todo el lugar, mezclándose con el murmullo incesante de las conversaciones, las risas ahogadas y el tintineo de las copas de vino que pasaban de mano en mano. Todos los nobles del reino estaban allí, vestidos con sus mejores galas, exhibiendo joyas y títulos como si fueran trofeos, disfrutando de una noche que, para ellos, no era más que otra celebración de lujo y vanidad.
Yo, en cambio, me encontraba recluida en una pequeña esquina, casi oculta entre las pesadas cortinas de terciopelo carmesí, completamente sola y ajena a toda esa alegría fingida. Observaba todo con la calma de quien ya ha visto demasiado dolor para sorprenderse de algo. Todo parecía transcurrir con normalidad, tal como lo había planeado la corte, hasta que un grito, fuerte, cargado de rabia y desprecio, rompió de golpe la calma que reinaba en el lugar.
—¡Quiero el divorcio!
La voz retumbó contra las paredes de piedra, cortando la melodía y acallando todas las conversaciones al instante. Fue entonces cuando mi esposo, Alfonso, se giró hacia mí en medio del salón, con el rostro desfigurado por la ira, y me arrojó con fuerza un grueso fajo de papeles que me golpearon directamente en la cara.
Un ardor agudo y repentino recorrió mi mejilla derecha, una sensación caliente que me hizo llevar la mano instintivamente hasta el lugar golpeado. Al separar los dedos, vi sobre mi piel unas pequeñas gotas de sangre, brillantes y rojas, que contrastaban con la palidez de mi propia mano. Me quedé mirándolas por unos segundos, con una extraña sensación de asombro, como si aquella herida fuera algo ajeno a mí, algo que simplemente estaba ocurriendo sin que yo tuviera poder para detenerlo, ni ganas de hacerlo.
Detrás de él, muy cerca, con una sonrisa que le llegaba hasta las orejas, se encontraba su amante: Valery. Llevaba un vestido de seda de color verde esmeralda, muy escotado y ceñido al cuerpo, diseñado para llamar la atención de todos los hombres presentes. Era, sin duda, una mujer hermosa; de cabellos dorados y facciones perfectas, de esas que los poetas describen en sus canciones. Pero esa belleza quedaba manchada, rota por completo, por la malévola expresión que habitaba siempre en sus ojos y en la curva de sus labios. Si no fuera porque su alma era tan podrida y llena de veneno, podría haber sido considerada una de las jovencitas más deseadas de todo el reino. Sin embargo, en ese momento, su sonrisa se ensanchaba más y más a medida que los gritos de Alfonso subían de intensidad, disfrutando de mi humillación como si fuera el mayor de los placeres.
Me quedé en silencio, inmóvil, con la mirada fija en los papeles que yacían ahora en el suelo, esparcidos cerca de mis pies. No guardé silencio porque aquella situación me doliera o me importara especialmente; simplemente, todo lo que estaba ocurriendo se me hacía tan irreal, tan absurdo y teatral, que sentía que yo misma no formaba parte de esa escena. Era como estar observando una obra de teatro mal escrita, donde todos sabían el final menos yo, o tal vez yo era la única que realmente lo entendía.
A mi alrededor, podía sentir el peso de todas las miradas clavadas en mí. Los nobles, los cortesanos, las damas y los caballeros, todos me miraban y se reían sin ningún disimulo, cuchicheando entre ellos, entretenidos por el espectáculo gratuito que les estábamos ofreciendo. Ninguno de ellos sentía la más mínima lástima por mí, la esposa engañada, desechada públicamente como si fuera un trapo sucio o un objeto roto que ya no servía. Estaban allí, esperando ver la desesperación, las lágrimas, el dolor reflejado en mi rostro; esperaban que me rompiera en llanto para luego burlarse de mi debilidad. Pero no, no les daría esa satisfacción. No lloraría, no suplicaría, ni mostraría una sola gota de tristeza frente a esos ojos repugnantes que solo sabían juzgar y destruir.
—… —No dije ni una palabra, ni siquiera levanté la voz. Dejé que él despotricara, que gritara y me insultara tanto como quisiera. La forma en que su rostro pasaba del color rojo al morado por la furia me parecía casi graciosa, ridícula. Tuve que morderme el interior de la mejilla para no soltar una carcajada abierta ante la imagen patética de ese infeliz hombre que tenía por marido.
—No me importan tus malditos chantajes, ni tus lágrimas fingidas, ni nada de lo que tengas que decir —volvió a gritar, más fuerte esta vez, como si no me hubiera escuchado la primera vez, aunque sabía perfectamente que lo había oído—. ¡Quiero el divorcio y lo tendré!
Gritaba esas palabras con la intención de humillarme aún más, de dejar claro ante todos que yo no valía nada, que yo era el estorbo que le impedía ser feliz. No me lo estaba imaginando: podía ver el brillo de malicia brillando en sus ojos azules, y también en los de Valery, que lo observaba con orgullo y posesión. Y lo más irónico de todo era que yo no había dicho nada, ni siquiera había abierto la boca para defenderme. Solo escuchaba en silencio todas sus estupideces, pensando en lo corto que era su entendimiento y en lo vacía que era su alma.
—Sabes que el rey nunca lo aceptará —dije finalmente, con voz baja, tranquila, casi un susurro, rompiendo mi silencio. Ya me había hecho a la idea de esa realidad hacía mucho tiempo. El rey era un hombre orgulloso, que veía los matrimonios políticos como contratos sagrados que no podían romperse. Él jamás permitiría que nos divorciáramos. No era la primera vez que Alfonso venía con estas exigencias; desde el mismo año de nuestra boda, ya había ido ante su tío, el rey, suplicando que le permitiera separarse de mí, y cada vez la respuesta había sido la misma: un rechazo inmediato, firme y absoluto.
Pero esta vez, Alfonso no pareció inmutarse. Al contrario, una sonrisa de suficiencia curvó sus labios, y respondió con un tono de voz tan condescendiente que me hizo sentir asco.
—El rey está indispuesto desde hace días, y la reina ya ha dado su aprobación real —dijo, arrastrando las palabras, mirándome como si yo fuera la criatura más estúpida que hubiera pisado la tierra—. Todo está resuelto.
«Así que lo está haciendo a espaldas del rey», pensé para mis adentros, sintiendo cómo una pequeña chispa de esperanza comenzaba a crecer en mi pecho, aunque mantuve mi rostro inexpresivo. Conocía lo suficiente de la corte para saber que, si la reina había intervenido, era porque Valery tenía bien atados a todos los hilos necesarios.
Me agaché lentamente, ignorando el dolor agudo que sentía en mis rodillas al doblarlas, y recogí los papeles que él había tirado al suelo. Al leerlos con detenimiento, comprendí la verdad: más que un simple divorcio, lo que firmábamos era una anulación total de nuestro matrimonio. Según esos documentos, nuestra unión nunca había existido legalmente. Y aunque nadie lo decía en voz alta, todos en la sala conocían la verdadera razón detrás de todo esto: la amante de mi esposo estaba embarazada, y ese niño que llevaba en su vientre debía nacer como heredero legítimo, sin mancha alguna.
Revisé cada línea, cada firma, cada sello. Todo parecía estar en regla, perfectamente preparado. Y en ese momento, agradecí a todos los dioses, desde lo más profundo de mi corazón, que por fin estuviera ocurriendo.
—De acuerdo —dije simplemente, y tomando la pluma que me ofrecieron, firmé al pie de la última hoja con letra clara y firme.
Sabía perfectamente que, legalmente, no tenía derecho a reclamar nada de lo que habíamos compartido. No recibiría tierras, ni títulos, ni riquezas. Sin embargo, para su "generosidad", Alfonso había incluido en los papeles la cesión de una pequeña propiedad alejada de la capital, una casa vieja en la frontera sur del reino, un lugar olvidado por todos, donde nadie se molestaría en buscarme.
Mi ahora exesposo me había pedido el divorcio desde el mismo día siguiente al de nuestra boda. Siempre actuaba como si yo hubiera sido quien lo obligó a casarse conmigo, como si yo hubiera puesto una espada en su cuello para que me tomara por esposa. Como si yo hubiera deseado, con toda mi alma, unirme a un hombre que me miraba con asco, que me hablaba con desprecio y que me trataba como si fuera algo sucio que debía limpiarse de los zapatos.
Apenas hube terminado de escribir mi nombre, los papeles me fueron arrebatados de las manos con brusquedad. Fue Valery quien los tomó primero, y su sonrisa burlona se ensanchó tanto que casi pareció que se reía de mí a carcajadas. Y antes de que pudiera siquiera levantarme del todo, ella me dio un empujón fuerte, violento, que me hizo perder el equilibrio y caer de golpe contra el suelo de mármol frío.
El golpe fue duro, y sentí cómo mi tobillo izquierdo se torcía de mala manera bajo mi propio peso. Un dolor agudo y punzante subió desde la planta del pie hasta la rodilla, haciéndome arquear la espalda. Quizá aquella caída fue una bendición disfrazada, porque esa punzada física, ese dolor que me recorría la piel, fue lo único que logró mantener bajo control la inmensa alegría que amenazaba con estallar dentro de mí. La sonrisa de libertad que quería escapar de mis labios quedó prisionera entre mis dientes, oculta por una expresión de dolor que, en parte, era real.
Me quedé unos segundos en el suelo, escuchando las risas a mi alrededor, sintiendo la humillación como una capa pesada sobre mis hombros, pero al mismo tiempo, sentí que una carga inmensa, pesada como una montaña, se levantaba de golpe de mi pecho. Ya no estaba atada a él. Ya no era su propiedad.
Con esfuerzo, apoyándome en una de las columnas cercanas, me levanté y me enderecé. A pesar del dolor, a pesar de la sangre en mi mejilla y del polvo en mi vestido, hice la reverencia más elegante, más perfecta y digna que había hecho en toda mi vida, bajando la cabeza solo por pura formalidad, y dije con voz serena y clara:
—Con su permiso, me retiro, su majestad.
—¡Y que sepas que no te lleves nada que no sea tuyo! —gritó Valery detrás de mí, con ese tono chillón que ya me era tan familiar. Sus intenciones eran obvias: quería dejar claro que no valía nada, que nada me pertenecía.
—Por supuesto que no lo haré —respondí sin volverme a mirarla—. Solo tomaré mis cosas y me marcharé.
La verdad era que no tenía casi nada a mi nombre. Todo lo que poseía eran unas pocas prendas de vestir y algunos objetos personales que me había regalado Ana, mi única amiga. Aunque, pensándolo bien, tal vez podría llevarme un par de joyas antiguas que el rey me había entregado al casarme, piezas que pertenecían a las antiguas "Hijas de la Luna". Eran hermosas, y si las vendía, podría asegurarme algo de dinero para sobrevivir en ese lugar lejano al que me dirigía.
—Nada en esta casa te pertenece. Nunca has sido mi esposa más que de nombre, y hoy mismo dejas de serlo —añadió Alfonso, con esa voz fría y cortante que usaba para dejarme claro mi lugar, o mejor dicho, mi falta de lugar en este mundo.
—Entendido, su majestad —asentí, manteniendo la calma—. En ese caso, si el carruaje que me han asignado está listo en este momento, me marcharé sin demora y no volverá a saber de mí jamás.
«Finalmente soy libre», gritó mi corazón en silencio, golpeando fuerte contra mis costillas.
No cabía en mí de la emoción, de la sensación de alivio absoluto, pero tuve que resistirme con todas mis fuerzas a mostrarlo. Cualquier cosa que dijera o hiciera ahora mismo podría arruinar este momento maravilloso. Si notaban mi felicidad, podrían cambiar de opinión, podrían encontrar algún pretexto legal para retenerme, para hacerme volver, para no dejarme escapar de la jaula dorada en la que me habían encerrado. Tenía que salir de ahí ya, antes de que algo saliera mal, antes de que la suerte cambiara.
Caminé cojeando ligeramente hacia la salida, sintiendo cómo todos los ojos seguían clavados en mi espalda, sintiendo sus risas y sus comentarios venenosos como agujas, pero nada de eso importaba ya. En cuanto crucé las grandes puertas de madera y el aire frío de la noche tocó mi rostro, en cuanto subí al carruaje y la puerta se cerró tras de mí, aislando todo el ruido y la maldad del salón, la sonrisa que había estado reprimiendo todo este tiempo venció por fin.
Me dejé caer sobre el asiento de terciopelo raído, tapándome la boca con ambas manos para ahogar el grito de alegría que quería salir. Ya no era más una esclava. Ya no era la esposa despreciada. Ahora era libre.
Cerré las cortinas de la ventana para que nadie desde fuera pudiera verme, para que nadie notara el brillo nuevo y brillante que había en mis ojos. Cualquiera que me viera pasar pensaría que soy una mujer desconsolada, rota, que ha perdido el amor de su marido ante otra mujer más hermosa y ambiciosa. Lo gracioso, lo verdaderamente irónico y triste, es que no puedes perder algo que nunca has tenido para empezar. Yo nunca tuve su amor, ni su respeto, ni siquiera su atención. Solo fui un nombre en un contrato, una pieza en un juego de poder.
Mientras el carruaje comenzaba a moverse, alejándose poco a poco del palacio y de la vida que había conocido hasta ahora, me recosté contra el respaldo y cerré los ojos. Y así, sin quererlo, sin buscarlo, mi mente comenzó a viajar hacia atrás, hacia el pasado, empezando a recordar cómo fue que caí en este infierno. No es que mi vida antes del matrimonio hubiera sido maravillosa o llena de felicidad, estaba lejos de serlo, pero al menos, antes de cruzar esas puertas, todavía tenía una pequeña parte de mí misma que nadie había logrado romper.
Ahora, salía de allí con el cuerpo magullado, el corazón limpio y la certeza de que, aunque el camino fuera difícil y solitario, por primera vez en mi vida, yo era la dueña de mi propio destino.