Capitulo 1: El Rescate Silencioso y el Desprecio de Thorne
El frío de principios de diciembre se colaba incluso en los pasillos climatizados del centro comercial más lujoso de la capital. Lucía, de ocho años, se había perdido de la mano de su niñera por unos minutos, hipnotizada por un exhibidor de esferas navideñas.
En el rincón más alejado, junto a la barandilla de un balcón que daba a varios pisos de vacío, un hombre estaba de pie. Estaba completamente de n***o, envuelto en un abrigo. Llevaba una capucha que cubría su cabello, grandes lentes de sol oscuros y un cubre bocas que ocultaba casi todo su rostro. Su postura era rígida, enfocada en la nada. Llevaba diez años viviendo en blanco y n***o, y ahora, mirando el abismo, sentía que era el único lugar que le quedaba.
El hombre era Alexander Novak. La cercanía de la Navidad, la fecha de la masacre de su esposa e hijos, era un peso insoportable que lo había llevado allí, a un intento desesperado por el control final.
Lucía, al girarse, lo vio. No vio peligro, vio tristeza.
La niña se acercó lentamente, su pequeña figura un punto de luz en el rincón sombrío.
—Señor —dijo Lucía en voz baja.
Alexander no se movió.
—Señor, ¿por qué está mirando tan feo al suelo? —preguntó Lucía.
Alexander, cuyo mundo giraba en un círculo vicioso de culpa y dolor, sintió una pequeña sacudida. Un niño.
—Vete, pequeña —murmuró Alexander, su voz ronca por la falta de uso.
—No, espere. Es que... usted tiene mucha pena —dijo Lucía, sin inmutarse por la máscara o el tono áspero. La niña era una experta en reconocer la tristeza—. Mi papá nunca tiene pena. Pero mi mamá dice que si miras al sol, la pena se va.
Lucía extendió una pequeña mano y le ofreció la única cosa que llevaba consigo: un envoltorio de caramelo brillante y dorado.
—Tenga. Es de cereza. Los caramelos de cereza saben a sol. Si se lo come, no tendrá que mirar más al suelo.
Alexander se quedó petrificado. El simple acto de bondad, el color dorado, el contacto de la niña que le ofrecía un caramelo como si fuera la medicina más importante del mundo. Sus defensas de diez años se quebraron.
No tomó el caramelo. Solo miró a la niña. Sus ojos grises, oscuros de desesperación, se encontraron con los ojos celestes de Lucía.
En ese instante, la niñera de Lucía la encontró y la tomó de la mano, disculpándose nerviosamente.
—¡Lucía, no te separes! —la regañó.
Lucía le dio un último vistazo al hombre de n***o y se fue.
Alexander Novak se quedó solo. Su cuerpo temblaba. No se había movido de su posición, pero la urgencia del abismo había desaparecido, reemplazada por la imagen de unos ojos celestes y un caramelo de cereza. Se tocó el bolsillo donde la niña había intentado depositar el papel. Recordaría esos ojos. Recordaría esa luz. No sabría su nombre ni de dónde venía, pero sabía que esa niña lo había salvado.
El comedor de los Valera-Thorne era una postal navideña de opulencia, un escenario donde la fachada de la riqueza ocultaba la miseria. Hoy, 10 de diciembre, el frío del mármol era menos penetrante que el frío de las palabras.
Aurora Valera tomó asiento, enfocándose en su tablet para evitar la mirada de Christian Thorne. Eran dos extraños que compartían apellido y mellizos. El matrimonio era un contrato, una fusión empresarial orquestada por su padre; ahora era una prisión de diez años.
Christian estaba en el otro extremo de la mesa. Vestido impecablemente, pero con una expresión de resentimiento permanente. Él no amaba a Aurora; él amaba la puerta que el apellido Valera le había abierto.
A su lado, Lucía, de ocho años, jugaba con la yema de su huevo, su corazón pequeño vibrando de ansiedad. Leo, su hermano, era un bloque de hielo sombrío y callado, con la mirada de su abuelo, observando a Christian con el resentimiento que su hermana aún no se permitía.
El silencio fue roto por Lucía.
—Papi —dijo en voz baja, con la esperanza temblando en su voz—. Hoy tengo una obra de teatro. ¿Vienes a despertarme mañana con besos y cosquillas para que no se me olvide la letra?
La pregunta era la misma súplica de afecto diario, siempre rechazada.
Christian bajó el periódico, no con curiosidad, sino con fastidio.
—Lucía, por favor. No soy un bufón. Tienes que entender que los adultos no tenemos tiempo para esas cursilerías —dijo Christian, su voz áspera y final.
Lucía se encogió, los ojos celestes se llenaron de dolor.
Aurora suspiró, sintiendo la punzada del abuso emocional.
—Christian, el cariño a tus hijos no es una cursilería.
Él levantó la vista y clavó sus ojos en Aurora, con una maldad calculada.
—¿Y tú crees que eres quién para darme lecciones de afecto, Aurora? —preguntó, con un tono de mofa—. Nuestro matrimonio es un balance financiero. Tú me diste dos herederos y una posición. Pero no me diste pasión. No me diste compañía de verdad.
La humillación era pública y diaria. Leo apretó su tenedor.
—Si no fuera por el capricho de tu padre de fusionar empresas, créeme, yo estaría con una gran mujer —Christian continuó, disfrutando el dolor en el rostro de Aurora—. Una mujer que aprecia mi valor y entiende que los "besos y cosquillas" son para los cuentos de hadas, no para la vida real.
Él hizo énfasis en "gran mujer", una referencia clara a su infidelidad.
—Me cansé de fingir que la Vicepresidenta de Operaciones y su agenda financiera es todo lo que necesito en una cama o en una conversación.
Christian se puso de pie, arrojó la servilleta sobre la mesa con desprecio.
—Voy a la oficina. Asegúrate de que los mellizos dejen de ser un lastre sentimental, Aurora. Y tú, preocúpate por hacer tu trabajo para que no tengamos que avergonzarnos de tu apellido en la Gala de Caridad.
Salió de la habitación sin despedirse, su figura erguida y resentida.
La Oración Clandestina
Lucía, al escuchar el clic de la puerta, se deslizó de su silla y corrió a abrazar a su hermano. Leo se dejó abrazar, su única muestra de calidez.
—Él me odia —sollozó Lucía.
—No te odia a ti. Odia todo lo que no es él —susurró Leo, con la sabiduría sombría de sus ocho años.
Aurora se arrodilló junto a sus hijos. Los abrazó, pero se sentía vacía. Su matrimonio era una cáscara vacía, y la infidelidad de Christian era solo una prueba de que él siempre había visto a otra.
Esa tarde, Lucía se sentó junto al árbol de Navidad, su lista de deseos en mano. El deseo era simple, y Leo, observándola, sabía que no era negociable.
Un papá que me diga "Buenos días, princesa".
Un papá que me dé afecto y calidez.
Un papá que me vea de verdad.
Leo tomó la lista. La crueldad de Christian lo había convencido: la salvación de Lucía no vendría de su madre. Vendría de un tercero.
—Lucía, no podemos pedirle esto a Papá Noel —dijo Leo, con la seriedad de un estratega militar—. Tenemos que buscarlo nosotros.
—¿A quién, Leo? —preguntó Lucía, sus ojos celestes llenos de esperanza.
—Al mejor. Al que es tan bueno, que nadie puede dudarlo. Al que sí sepa lo que es la fidelidad y lo que es el amor de un papá.
Leo no tenía un nombre. Solo tenía una característica. Tenía un objetivo: el prototipo del hombre que Christian alardeaba ser, pero nunca sería.