El despacho de Aurora en la mansión era un santuario de cuero y madera oscura. Leo sabía que, con su madre abrumada por la traición y Christian ocupado con su amante corporativa, ese era el único lugar donde podía operar.
El "Ejemplar" era el hombre más fuerte y más verdadero del país; su perfil público lo atestiguaba. Leo había descubierto su agenda: la prensa empresarial cubría con fervor su dedicación a una fundación benéfica para niños que habían perdido a sus padres, una causa ligada a su propia tragedia.
—Quiere a los niños que no tienen papá —murmuró Leo a Lucía, con la tablet de su madre en la mano—. Por eso es el Ejemplar.
—¿Y nos querrá a nosotros? —preguntó Lucía, con un temor infantil que su hermano no podía permitirse.
—Él quiere la verdad. Nosotros le daremos la verdad —respondió Leo.
El problema era la logística. Leo revisó las comunicaciones de la oficina de su madre. La Gala de Caridad de Thorne Global se acercaba. Su madre había mencionado que la fecha clave era el 25 de noviembre. Esto les daba muy pocos días.
Leo, cuya inteligencia se había agudizado por la necesidad de supervivencia, no tardó en encontrar la plantilla de invitaciones de cortesía. Su idea era simple pero audaz: usar el punto débil del "Ejemplar" contra sí mismo.
Leo comenzó a redactar un correo electrónico, asegurándose de que el lenguaje fuera formal y convincente.
Estimado señor Alexander Novak
En nombre de la Vicepresidenta de Operaciones, Aurora Valera, y el Comité de la Gala de Thorne Global, solicitamos la presencia personal de su Director Ejecutivo en nuestro evento de Caridad el 25 de noviembre. Necesitamos consultar un asunto de extrema urgencia relativo a un nuevo "Fondo de Protección de la Infancia" que honrará la memoria de los niños perdidos.
Su reconocido compromiso con la fidelidad y la filantropía nos impulsa a buscar su consejo. Su asistencia es vital para asegurar el futuro de esta causa.
Leo sabía que la palabra "protección" y la referencia a los "niños perdidos" eran el anzuelo perfecto. Un hombre con esa reputación no podría ignorar una petición así, sin importar lo apretado del calendario.
Leo apretó "Enviar" desde la cuenta de prensa de su madre, sintiendo una punzada de triunfo frío.
El Resentimiento Explícito de Christian
Mientras Leo ejecutaba su plan, Christian entraba a la mansión, su rostro crispado. El avance de su relación con Verónica, la rival de Thorne Global, lo hacía sentir simultáneamente poderoso y más resentido con Aurora.
Encontró a Aurora en el salón, revisando la lista de invitados para el 25 de noviembre
—¿Te imaginas, Christian? El Presidente de la Fundación White estará allí —dijo Aurora, intentando mantener una conversación neutral.
Christian se echó a reír, un sonido seco y cruel.
—Qué patético. La única razón por la que estás tan ocupada con esa lista es porque no tienes nada más. No tienes una vida, Aurora. Solo tienes una lista de invitados que tu padre te obligó a conseguir.
La humillación personal era su arma diaria.
—Mi propósito es simple —dijo Christian, su voz baja y llena de desprecio—. Que entiendas tu lugar. Yo estoy con una mujer que sí me ama y que sí me valora. Tú estás aquí, viviendo en la sombra de un contrato que tú te encargaste de que se firmara. ¿Quieres saber por qué te engaño? Porque tú eres la razón de mi infelicidad.
Christian se acercó a ella, susurrando con una malevolencia helada:
—Recuerda, Aurora, tu padre nos dio el contrato. Yo tengo los herederos y yo tengo la mujer que me hará libre. Si haces el ridículo en esa Gala el 14 de diciembre, te aseguro que serás tú quien pierda la custodia.
Salió de la habitación, dejando a Aurora sin aire.
El Doble Secreto
Leo, que había escuchado parte de la discusión desde el pasillo, regresó a Lucía.
—Papá está tramando algo malo. Quiere lastimar a Mamá de verdad —dijo Leo, su rostro sombrío.
—Tenemos que ir más rápido —dijo Lucía.
—Ya lo hice. El Ejemplar vendrá —dijo Leo, sin dudar de la eficacia de su plan. Pero si Christian la humillaba aún más antes de la Gala, el plan fracasaría.
—Ahora tenemos que esperar —dijo Leo. Pero no era una espera pasiva. Era la cuenta regresiva