El Rolls-Royce blindado de Alexander Novak no circulaba por las calles; las devoraba. Alexander iba en el asiento trasero, pero su presencia llenaba el habitáculo con una energía tan oscura y pesada que incluso sus guardaespalda más veteranos evitaban mirarlo por el retrovisor. En su mano derecha apretaba el teléfono hasta que los nudillos se le pusieron blancos; en la izquierda, sostenía el arma, sintiendo el frío metal como una extensión de su propia voluntad. Christian Thorne acababa de cometer el error más grande de su vida: había confundido la paciencia de Alexander con debilidad. —Dígame que la tienen localizada —siseó Alexander. Su voz no era un grito; era un susurro gutural, el sonido de un depredador que ya ha decidido dónde morderá. —Señor, el rastreador en la mochila de la niñ

