-Helena Hawthorne-
Mi espalda va recta mientras regreso al palacio por los mismos pasadizos de siempre, solo que ahora siento que dejo mi alma en cada paso que doy.
Me llevo la mano al pecho cuando la respiración atascada hace que me duela demasiado. Trastabillo cuando mis rodillas chocan una con otra y tengo que apoyarme en la pared para no caer. A mis espaldas está el guardia que todos estos días me ha acompañado, pero él no habla y yo tampoco digo nada más.
Las lágrimas se deslizan por mis mejillas sin que pueda detenerlas. Son lágrimas silenciosas, calientes y gruesas; son una mezcla de decepción, con humillación y un dolor tan grande que no puedo soportarlo. Dolor en mi corazón, porque Archer lleva minutos despierto y ya fue capaz de romperlo sin compasión.
¿Esperaba algo más de él? Definitivamente. Pero por esperar cosas de los demás es que siempre termino entendiendo a las malas que no debo hacerlo.
Solo me tengo a mí misma.
Siempre ha sido así.
Archer no será lo que me impida continuar con mi vida con todo lo que tengo sobre mis hombros desde que nací.
Me duele. Me hace demasiado daño verme en este estado solitario. Amar a un hombre para el que solo soy su enemiga. Un hombre que no se ha tomado el tiempo para conocerme y valorar por sí mismo esa posibilidad.
Pero de amor nadie se muere. Y yo no lo haré por él.
¿Quiere una prueba de paternidad? Eso le daré.
Ya me quedó claro lo que puedo esperar de él, un absoluto "nada". No me pasará esto dos veces.
Llego al final del pasadizo sin aliento y con los pies ardiéndome del agotamiento. Estoy exhausta, llevo cuatro días sin dormir bien. Por las mañanas hago labor en el pueblo, con esos ciudadanos que me ven como un apoyo moral, aunque yo esté destruida por dentro. Por las tardes me ocupa la responsabilidad política y es toda una tortura, además de una jodida molestia, tratar con todos esos viejos que no tienen nada mejor que hacer con sus vidas.
Las familias reales siguen teniendo prohibido entrar al palacio. El parlamento no está de acuerdo, pero por mí pueden irse a la mierda. Sé que el palacio es propiedad de la familia real, al ser una monarquía perpetua, todo queda en las arcas familiares. El apellido Hawthorne ha estado en ese trono por todo un siglo, eso les da cierta ventaja. Y a mí, ahora.
Solo por eso no han podido ir en contra de mi decisión. Y saben perfectamente que entran a palacio porque a mí me da la reverenda gana.
Sé que en algún momento tendré que lidiar con todos esos problemas de alta cuna, de moralidad inexistente, de nariz respingada. Yo nunca he sido buena para tratar con este tipo de persona, pero ahora necesito mucha paciencia y una exorbitante cantidad de límites a mí misma y mi lengua viperina.
Pero no voy a ceder por ahora. Son todos unos malditos interesados. Archer, que yo sé perfectamente dónde está, no ha aparecido. ¿Y qué les importa a ellos? Nada.
Rey muerto, rey puesto.
Yo soy la opción que no esperaban los que son mis enemigos. Los verdaderos enemigos de Archer.
El día de la tragedia me quedó demostrado que el barón, mi supuesto padre, es superior al duque. No se hubiera arrodillado de no ser así. Pero no sé mucho más. Ana me ha contado algunas cosas, pero tampoco tiene amplia información. Ahora me queda averiguar qué más hay en este movimiento, quiénes forman parte, qué planes tienen y cómo harán para lograr sus objetivos.
Pero eso es un largo camino. Muy largo.
Y al parecer tendré que hacerlo sola. Aunque esto debo hablarlo con Archer y ver qué tiene él en mente.
Por más que no quiera verlo ni en pintura, él es el padre de mi hijo. Sigue vivo, puede protegerlo. Él es el rey por derecho de nacimiento. Sigue vivo, puede gobernar. Él es...es el único que puede darme algo de paz en este mundo al que ahora pertenezco, pero siempre elige llevarme por el camino más difícil.
«Maldito hijo de su madre».
Cierro la puerta del pasadizo y salgo a mi habitación. No me he trasladado a los aposentos que eran de la reina Clarissa y tampoco espero hacerlo. Me siento bien aquí. Ya hay demasiadas cosas desconocidas para agregar otras.
Mi estómago gruñe de hambre y cuando miro al reloj en la pared, veo que todavía no son ni las ocho de la mañana. Pero yo necesito comer algo, tratar con la pesada política y luego debo ir al hospital para ayudar a los heridos del atentado.
Soy la reina, sí, pero eso no impide que vaya día a día a ver a todos esos que estaban fuera de la capilla y se vieron afectados con las explosiones. A esos que, como yo, dentro, tuvieron la peor parte de la destrucción.
Es horrible ver las verdaderas secuelas de esa tragedia, pero es algo que mi pueblo y yo tenemos en común. La vivimos juntos.
Paso directo al baño para asearme. Cada vez que atravieso ese pasadizo siento que la humedad se queda pegada en mi piel, huelo a tierra mojada, a moho, a polvo, no sé, pero no me gusta.
En mi vestidor tengo una nueva colección de vestidos que debo ponerme como parte de mis labores de reina y elijo uno de los más sencillos. En tonos oscuros, por supuesto, estoy de luto, aunque en este palacio sea yo la única que respete eso.
Salgo de la habitación y ahí está Briar. El guardia ha sido toda una grata sorpresa. Procura que se cumpla mi decisión de no dejar pasar a nadie y, cuando regreso en la noche a mis habitaciones, él se ocupa de que nadie me siga.
—Buenos días, Su majestad. —Se inclina en señal de respeto.
Yo le sonrío.
—Buenos días.
Paso por su lado sin decir mucho más. Soy una mujer de pocas palabras en esta nueva etapa. Si algo aprendí de la reina Clarissa fue precisamente eso. Solo hablar cuando la opinión no pueda ser ignorada, cuando las palabras sean contundentes.
Atravesamos los pasillos hasta el comedor en completo silencio. Hay guardias, se siente ajetreo en algunos lugares, pero en general, no se escucha ni una voz.
En el comedor está todo listo con mi desayuno. El olor me llena al instante, cuando atravieso las puertas. Mi estómago se revuelve y por un segundo me digo que debo controlarme si a las náuseas le dan por aparecer. No sé cómo haré eso, pero no puedo estar vomitando por ahí, siendo un foco rojo y andante, para llamar la atención.
Me siento en la silla que ocupaba la reina. Por respeto a Archer, ese que él no me tiene a mí, dejo su lugar vacío.
Savoy preguntó por qué lo hacía el primer día. Lo miré con seriedad e inquina, le dije que cuando Archer apareciera ahí se sentaría.
Obvio, yo ya sabía dónde estaba Archer, pero la realidad es que quiero saber qué llegan a decirme. Cuando vengan las mentiras, dependiendo de dónde partan, sabré quiénes son mis enemigos.
—Buenos días, Su majestad.
La voz de Savoy me llega cuando sus pasos resuenan en el mármol del piso del comedor.
Levanto la mirada. Él no tiene buena cara.
Frunzo el ceño al instante.
—¿Son buenos acaso? —Mi tono es cortante y directo.
No soy lo que se dice una reina comprensiva. No aquí, al menos, con todos estos que son solo lacayos de unos asesinos egoístas.
—Son complicados.
Llega a la mesa y le indico que tome asiento. Al instante le traen su desayuno y yo sigo comiendo con calma, fingiendo que no me importa lo que tenga que decir.
—¿Cómo va la búsqueda del rey? ¿Tuvieron en cuenta la posibilidad de que lo hayan sacado antes de la explosión?
Savoy me mira con expresión seria y triste. Deja salir un suspiro.
—Su majestad, hemos hecho todo lo que está en nuestras manos. La zona donde presuntamente estaba el rey sigue bajo escombros, luego del derrumbe total de la estructura. Según los rescatistas, entre hoy o mañana deben liberar lo que corresponde a ese espacio.
Aprieto el tenedor en mi mano. Mi mandíbula se tensa.
—Pero debe tener en cuenta, que...
Mi mano cae en un puño y encajo el tenedor en la madera de la mesa. Savoy se sobresalta, el ruido hace eco en la inmensa habitación.
Levanto la mirada como si llevara dentro de mí al mismo diablo. Sé que Archer está bien, pero tengo una imagen que mantener.
—Siguen diciendo que está bajo los escombros, pero esa no fue mi pregunta. Repito, Savoy...¿han buscado en los alrededores? ¿Han tenido en cuenta la posibilidad de que escaparan antes del derrumbe?
Necesito saber si sospechan. Necesito alejarlos de Archer el mayor tiempo posible.
A Savoy le suda la frente. Tiembla y tartamudea con mi pregunta.
—De haber sido así, tuviéramos noticias, Su majestad. Es duro, pero no debe aferrarse a...
—¡Es mi esposo! ¡Es tu rey! ¿Aferrarme a qué? ¿Su pérdida? ¿Su muerte? ¿Es eso lo que tú y todos en esta maldita corte quieren que haga? —Vuelvo a estampar el tenedor contra la mesa—. No voy a descansar hasta encontrar a Archer, Savoy. No voy a hacerlo. Y más vale que entiendas lo que eso significa.
—Sí, Su majestad. —Baja la cabeza y no se atreve a tocar el plato ahora.
Yo, conforme, cambio de tema.
—¿Cómo va la ayuda económica para el hospital?
Sigo comiendo tranquilamente. Necesito calmarme, alimentarme y luego hacer lo que me corresponde.
—De eso quería hablarle, Su majestad.
Aprieto los dientes cuando reconozco el tono.
—Espero que sea sobre la confirmación del presupuesto y la ayuda excepcional que ordené.
Savoy traga en seco.
—El consejo no estuvo de acuerdo con la medida. Ya se destinan muchos recursos al hospital público que gestionaba el príncipe Archer, tomar dinero de las arcas para donar al hospital no es lo que...
—Es lo que yo ordené —repito.
Savoy tartamudea.
—Yo solo le informo, Su majestad. Fue una decisión tomada por unanimidad.
Asiento. Con la bilis quemando mi garganta, pero asiento.
—Convida una sesión extraordinaria en una hora —ordeno sin decir nada más, sin dar detalles. Me levanto de la mesa y salgo del comedor sin decir una palabra más.
Fuera del comedor está Briar y, sin dudar, le pido que me lleve al despacho privado del rey.
Estos días he mantenido la calma. No he querido ser una completa nefasta porque me preocupaba demasiado el estado de Archer. Pero ahora él está despierto, dudando de mí, sí, sin embargo, eso podría entenderlo un poco. Sabiéndolo bien, ahora necesito poner todo lo demás en su lugar. Y tengo muy claras las medidas que voy a tomar a favor de mi pueblo.
Soy Reallyna Hadsburg, la heredera del trono que tomé siendo Helena Hawthorne. Mi voz será ley.
Y no tienen una idea, todavía, de todo lo que mi cabeza ha estado pensando estos días.
El duque cometió el error de darme libros. Todos ellos eran su manera de ponerme al tanto de un movimiento que pronto entendería. Me pidió estudiar historia, pero no sabe lo mucho que me gusta leer cualquier cosa. Y si me resulta interesante, mucho más.
Uno de los libros que me dio a estudiar deja claro todo lo que el rey, el parlamento, el consejo y cada persona de este Estado, puede hacer.
Yo tengo claro qué puedo hacer como reina, aunque haya estado actuando como una idiota ignorante de mis responsabilidades y deberes. Sé los límites que tiene el consejo, sé cómo debe participar el parlamento en las decisiones reales.
Y cuando dije que esto pasaría a ser una democracia, no fueron palabras vacías. Pero pronto lo entenderán.
Las anchas y pesadas puertas del despacho me impresionan. Con ornamentos bañados en oro, es evidente el nivel de riqueza que siempre ha pertenecido a la familia real.
Se cierran detrás de mí y no pierdo tiempo en lo que debo hacer.
En el ancho escritorio donde el rey Evander se sentaba y que Archer tuvo que usar en esa semana transcurrida hasta la coronación, está todo lo que necesito.
Estuve aquí un momento, unos pocos minutos que no cambiaron nada, pero por los que pude ver la manera en que el rey crea un decreto.
Y es lo que haré.
Soy consciente de que las obras sociales que pude ver de la mano de Archer estaban siendo financiadas por su mismo dinero. Dinero que, en algún momento, provino de este mismo pueblo que ahora lo recibe de regreso, pero si algo vi también fue que con los años, los Hawthorne supieron multiplicarlo sin necesidad de tomar directamente del presupuesto general.
Por lo que las obras que yo estoy solicitando entran perfectamente en el presupuesto, porque ese dinero se ha estado destinando a otras cosas que, sospecho, es lo que no quieren dejar de lado los malditos viejos del consejo.
Me siento en la alta silla acolchada, busco el papel oficial y dejo a mano el sello.
Comienzo a redactar el decreto que lo cambiará todo de ahora en adelante.
Si creen que en el trono tienen sentada a una idiota sin decisión, sin conocimiento y con pocas ganas de trabajar, están completamente equivocados.
Y pronto van a entenderlo, por las malas.
----
—Gracias por presentarse con tan poco tiempo de antelación.
Me siento en la silla cabecera y miro a cada uno de los hombres sentados a mi alrededor.
Me observan algunos con sonrisas falsas, otros con cautela. Me da un poco de risa, porque todos deberían esperar esto, pero viven tan confiados.
—No los demoro. Solo quiero informarles algo. Con efecto inmediato, entra en vigencia el primer Decreto de mi reinado.
El murmullo comienza y se extiende. Me miran horrorizados.
—Como reina de Astley tengo muy en claro lo que puedo o no puedo hacer. Tuvieron cuatro días para mostrarme de qué están hechos, para dejar clara su postura y lo que quieren que sea de este mandato. —Tamborileo mis dedos sobre la mesa—. Y fallaron. Di una orden, fue ignorada, rechazada y descartada como si los intereses de unos pocos estuvieran por encima de los de la mayoría.
—El Decreto que sea, Su majestad, deberá ser aprobado por... —interviene el viejo bigotudo que siempre está dando opiniones que nadie le ha pedido.
Lo interrumpo antes de que termine su intento de humillarme.
—No. El Decreto que hoy presento es un acto administrativo promulgado por el poder ejecutivo, que yo ostento ante ustedes, el poder legislativo. Como reina de Astley y bajo las leyes constitucionales puedo hacer Decretos con contenido normativo reglamentario que no serán sometidos al órgano legislativo. A diferencia de un Decreto Ley, ¿verdad?
Sonrío cuando los veo abrir mucho los ojos. Miro a Savoy, que vuelve a sudar como si estuviera en un sauna.
Creen que pueden manipularme, que no tengo idea de nada.
—No vine aquí a preguntarles, vine a informarles que a partir de ahora el Presupuesto General del Estado no incluirá la repartición de recursos a las familias reales. Los títulos nobiliarios tienen suficiente dinero en sus cuentas como para quitarles a los ciudadanos de Astley, que pagan sus impuestos, lo que debería ser solo para ellos.
Le entrego el Decreto sellado a Savoy. Y me levanto, ignorando adrede la explosión de indignación.
—Ya el Decreto está siendo registrado —informo a Savoy, que toma el papel en sus manos con un temblor que no puede evitar—. Esta es solo la copia. El primer decreto de muchos que están por venir.
Les doy la espalda y me voy.