Capítulo 6. Yo hice que se fuera.

2722 Words
-Archer Hawthorne- Despierto con una sensación extraña arropándome, como si el mundo, mi mundo, estuviera envuelto en un velo de niebla, denso e impenetrable. Abro mis ojos con lentitud, la luz encima de mí me deslumbra y provoca que un dolor sordo me atraviese el mismo cráneo. Parpadeo varias veces, intentando disminuir esta sensación. El techo blanco y la luz intensa se enfocan, mejorando mi visión. De repente soy consciente del lugar en el que estoy, cuando un pitido constante llega a mis oídos. Asimilo mi posición. Estoy acostado, siento frío en el pecho y una leve presión en mi cabeza. Muevo los dedos de una mano, luego los de los pies, para al final terminar respirando profundo y confirmando que sigo estando de una sola pieza. «O eso quiero creer». Paseo mis ojos por la habitación, o esa es mi intención cuando mi mirada se detiene en un bulto que hay a mi lado. El cabello platinado que reconozco se extiende sobre las sábanas blancas y también sobre mi brazo. Los dedos que antes no moví ahora se sienten presionados por un peso que ya no es desconocido. «Helena». —Ha estado aquí todos los días —dice una voz que me sobresalta. Levanto la mirada y me encuentro con un hombre entrado en años, con canas y expresión tranquila, amable. La bata de médico me informa que es el doctor que me está atendiendo. Vuelvo a mirar a Helena y en mi pecho mi corazón late más fuerte. Un latido acelerado que incrementa el sonido que emiten las máquinas a mi alrededor. Escucho la suave risa del doctor y a la par, siento el ardor en mis mejillas. «¿Todos los días?». Me lo pregunto con mis ojos en ella. En la manera que está recostada a mi cama, a mi brazo, como si dependiera por completo de mí y rogara para verme despertar. Sin embargo, ¿qué tan cansada debe estar para que, a pesar de la vozy el repiqueteo de los monitores, siga profundamente dormida? Mis labios se mueven, pero no logro articular palabra. La confusión me invade por unos segundos. ¿Días? ¿Cuántos días? ¿Qué fue lo que pasó? Fragmentos llegan a mi mente, pero lo que más siento es una opresión en mi pecho difícil de calmar. Emociones, más que recuerdos vívidos. —Cuatro. Cuatro días inconsciente —dice el médico como si mis dudas hubiesen sido gritadas; levanto la mirada, sorprendido. El doctor me sonríe—. Bienvenido de vuelta, Su Majestad. Creo que asiento, pero el shock no me deja asegurarlo. Vuelvo a mirar a Helena. Y recuerdo la explosión, la manera en que me giré para apartarla del camino de todo el derrumbe. Luego todo es n***o. —¿La capilla? —No reconozco mi propia voz. Es ronca y mi garganta arde con la sola intención de querer hablar. La expresión del médico es instantánea. —Todo fue un caos. La reina lo ha estado resolviendo de la manera más diplomática posible, pero el pueblo está enojado, han pasado demasiadas cosas. Y todos creen que usted…usted está muerto. Desaparecido físicamente. Vuelvo a mirar a Helena. Lo que veo de su torso sube y baja con una respiración tranquila. Ella está viva, la alejé de ese peligro que vi inminente y no fue en vano. El alivio me recorre y a la par, esa sensación de que nosotros somos algo extraño no se me va. Porque Helena y yo fuimos producto de un plan, pero lo que siento al verla aquí no es algo relacionado con eso. Es miedo y a la vez, calma. Es un temblor interno que nada tiene que ver con el frío que siento por fuera. Es sorpresa, es aprensión y es desconfianza. Tanto y tan diverso, que no sé qué pensar o qué decir. Por eso no hago nada. Solo la miro. Hasta que el médico me avisa que debe revisarme y asegurarse de que todo esté bien. —Su estado fue crítico las primeras veinticuatro horas —explica el hombre del que no sé el nombre mientras revisa no sé qué tantas cosas en los monitores. No sé muchas cosas, pero ahora mismo tengo tanto en la mente que me siento aturdido. —Los siguientes días se mantuvo estable, pero se esperaba el estado inconsciente por la leve inflamación ocasionada por el golpe. Anoche le informé a la reina que probablemente se despertaría entre hoy y mañana —mira a Helena dormida, yo también lo hago— y ella decidió quedarse. —¿Cuánto ha dormido? —Otra vez el ardor en mi garganta. —Teniendo en cuenta su estado, muy poco, ha aguantado mucho tiempo a la espera. Pero, por lo visto, su cuerpo colapsó y se quedó profundamente dormida. Un nudo se forma en mi garganta mientras la observo. Su figura se ve frágil, se ve entregada aun en el silencio de su sueño. Un torrente de emociones me recorre y no sé cómo procesarlas. En un segundo, solo uno, toda nuestra historia obligada se desvanece y solo queda ese lazo que siempre sentí con ella, la conexión ilógica, todo eso que nos unió sin yo entender nada. Pero cuando repito las palabras que acabo de escuchar en mi mente, hay algo que me hace levantar la mirada y ver al doctor. —¿Su estado? Él asiente. Medio sonríe cuando lo hace. —Sí. Con todo lo que ha estado sucediendo, las nuevas responsabilidades y su preocupación por usted, no ha podido descansar correctamente. Pudo salir a tiempo del derrumbe, no tuvo heridas provocadas por ese hecho, pero la situación y el estrés le estaban pidiendo un descanso. Todos estos días ha estado a su lado en las noches, sin pegar ojo y luego regresando al palacio para ocupar su lugar como reina y hacer las labores en el pueblo. Ayer tuvo un descenso y doy gracias a que fue aquí, donde pude atenderla, porque pude ser directo y decirle que su embarazo puede ser de riesgo si continúa con esa rutina desgastante. Embarazo. Embarazo. Embarazo. Todo dentro de mí se descontrola y el médico lo nota cuando los monitores comienzan a sonar fuerte y repentinamente. Helena da un salto, su cabeza se levanta y el horror en su rostro es casi cómico, si no fuera porque es el miedo lo que la hace verse así. Sus ojos me buscan al instante y, cuando el azul opaco en ellos encuentra los míos, todo deja de existir. Para ella y para mí. Olvido el ruido, olvido la presencia del doctor. Solo la observo, con su rostro pálido poco a poco retornando a su color natural. El cabello rubio platinado cayendo en cascada sobre su hombro. Los labios entreabiertos, intentando recuperar una respiración que se escucha fuerte, que llega a mí. Su pecho sube y baja acelerado y, si me fijo, casi que puedo ver el palpitar de su corazón contra sus costillas, en su cuello, en toda ella. —Archer… —susurra mi nombre y lágrimas comienzan a salir. Levanta sus manos y sus dedos tiemblan mientras tapa su boca, de la que no deja de salir un sollozo ahogado que aprieta su pecho. —Oh, Dios, Archer —repite y se levanta. La debilidad de su cuerpo es visible para mí, pero no digo nada cuando ella se inclina y toma mi mano, la suya está fría y sigue temblando. La mía late una vez cuando siento su tacto, cuando reconozco su piel, cuando todo dentro de mí se sacude con la necesidad de hacer algo. Ella está embarazada. Helena está embarazada. ¿De mí? No sé siquiera qué pensar. No sé siquiera qué decir. —Los dejaré solos —interviene de repente el doctor. Ambos lo miramos, como si hubiéramos recordado a la misma vez que estamos acompañados. Lo vemos desconectar una de las máquinas y suspiro con alivio cuando me doy cuenta que mis reacciones no terminarán siendo descubiertas por un pitido estridente—. Su majestad, usted está estable, le serán retirados poco a poco todos los implementos, pero no cometa una locura. Regreso en unos minutos. Con permiso. Hace una leve inclinación y se dirige a la puerta. Yo no me pierdo el momento exacto en que Helena cierra los ojos y suelta un suspiro. Sus hombros caen, así como toda su postura. Su mano sigue estando apoyada en mi brazo, el frío de sus dedos el recordatorio de que ella tiene miedo por mí. De que ella está viva. Y embarazada. —Helena… Mi voz la hace levantar la mirada y sus ojos llorosos hacen que mi pecho duela por ella. Su rostro se ve demacrado, si soy sincero. Sus ojeras son muy marcadas, se ve pálida y hasta me da la impresión de que ha bajado de peso. ¿Por qué se sienten como una eternidad cuatro días al verla? —Estás vivo —musita, con voz baja, lenta, con su labio tembloroso—. Dios, pensé tantas veces que… Se ahoga con sus palabras, se deja caer en la silla que antes estaba y vuelve a bajar su cabeza hasta que la apoya sobre el borde de la cama. Comienza a llorar sin poder evitarlo y yo no puedo hacer nada desde mi posición. Su cuerpo se sacude con el llanto y mi mano tiembla cuando la levanto para apoyarla en su cabeza. Al sentir sus hebras entre mis dedos, un tipo de calma determinada me recubre. Y ella se estremece. —Pensé que te había perdido, pero estás aquí… —logra decir, todavía con la cabeza gacha—. Por unas horrendas horas todos me decían que habías muerto, nadie te buscaba… —vuelve a sollozar y yo siento que todo dentro de mí se aprieta al escucharla—. Luego llegué aquí y estabas…pero estabas inconsciente, grave y sin tener certeza de lo que pasaría. —Helena… —Intento detenerla, porque no quiero sentir su llanto, aunque sé que lo necesita. No me gusta verla vulnerable. —¿Puede extrañarse todo lo que nunca se tuvo? ¿No realmente? —la pregunta la hace levantando su cabeza y buscando mi mirada. Sus ojos están rojos, no hay azul vibrante en ellos—. Nunca fuiste para mí y aquí estuve, rogando para que vivieras, para que puedas estar a mi lado en ese trono que es demasiado solitario y peligroso sin ti. —¿Estás embarazada? Mi pregunta la hace callar. Su boca cae abierta. Yo recuerdo la noche que estuvimos juntos. O al menos la primera parte de la noche. Mi madre me había dicho que alguien trató de drogarme, pero al final de todo sí pasó. —Yo… —La verdad —le pido, suena como exigencia, pero mi pecho duele al ver su dolor. Se muerde el labio y asiente. Mi corazón se salta un latido. —¿Mío? Helena se sacude como si la hubiera golpeado. Sus ojos se abren con horror, con decepción, con más dolor. Pero tengo que preguntar. Porque sé la historia con su guardia, porque aunque escuché cuando ella dijo que me amaba, no sé qué tanto había pasado ahí. —¿Por qué siempre encuentras la manera de humillarme? —pregunta con poca voz. Y yo me siento jodidamente culpable y arrepentido. No es eso lo que pretendo, pero hay demasiado entre Helena y yo. —Dime… —insisto. Con los nervios en la garganta. Con mis ojos fijos en ella—. Sé que eres mi enemiga, Helena. Que eres Reallyna Hadsburg y que todo esto que ha pasado va de la mano de los rebeldes que intentaron ponerte en el lugar que estás ahora. No me culpes por despertar y desconfiar. Mataron a mis padres, intentaron matarme a mí…¿qué sigue? Estoy siendo duro y lo sé, sus lágrimas atascadas en sus ojos me lo confirman, sus labios apretados también. Recuerdo las palabras de mi madre, la certeza de que no podía confiar en ella. Todo lo que tiene su nombre detrás, lo que nos ha hecho su familia, lo que me hicieron a mí. Helena se endereza. Se separa de mí, suelta mi mano. El frío que sale de ella me recorre de pies a cabeza en un instante. —Yo también estuve a punto de morir. Ese atentado no fue solo para deshacerse de ti. Dices que somos enemigos, pero, ¿es así como me ves? ¿Eso es lo que soy cuando me ves? No puedo responder eso ahora. No sé siquiera qué siento. Estuve a punto de darle una oportunidad y luego perdí a mis padres sin poder despedirme siquiera. El día que debía ser decretado el inicio de nuestro reinado casi muero también yo. ¿De qué manera separo eso de ella?, ¿de lo que significa su presencia en mi vida? —¿Estás esperando un hijo mío? Solo eso necesito saber —repito la pregunta, porque necesito confirmarlo. Helena se incorpora, cierra sus manos en puños y aprieta sus labios. El brillo en sus ojos se apaga al mirarme, solo hay devastación en ellos. —Estoy embarazada. Solo he tenido sexo contigo, así que...sí, es tuyo. Si consideras hacer una prueba de pater... —En cuanto el médico regrese hablaremos de eso. Otra sacudida de ella. Pestañea las lágrimas que se forman en sus ojos. Yo maldigo por imbécil, por ser así de despiadado ahora. Pero no he podido asimilar nada aún. Traga en seco cuando se recompone y vuelve a mirarme, luego de alisar con sus manos el vestido sencillo que trae puesto. —Como desees. —Hace una ligera inclinación y retrocede. Mi corazón se acelera al verla irse. Quiero gritar que se quede, pero no lo hago, no puedo. Ella no es de confianza y no puedo olvidarlo. Mi madre está muerta, mi padre también, mi hermana está lejos y solo tengo a...Helena. Tengo que asegurarme de todo. No es ella. Es todo esto. Está ya en la puerta cuando se detiene y se gira. Dos lágrimas caen por sus mejillas. —¿A dónde se fue el amor que dijiste sentir por Sarah? Ese que me confesaste cuando no sabías toda la verdad. ¿Dónde está el hombre del que de verdad me enamoré? ¿Existió? ¿O Alexander solo es esa representación falsa tuya que usaste para escapar de tu verdadera vida? La que usas cuando te cansas de tu rutina aburrida y decides darle a los demás lo que quieren, aunque no lo quieras cumplir realmente. Sus palabras se sienten como cuchillos encajados en mi piel. ¿Por qué ella menciona esto ahora? ¿Cómo...cómo puede decirme esto? —Helena nunca quiso estar en esta isla; Sarah, sin embargo, encontró algo por lo que valía la pena quedarse. Pero nunca fue suficiente. Yo no fui suficiente. En cuanto supiste que era yo tras ese rostro oculto, se te esfumó el amor, se esfumaron las ganas de dar más, de entregarlo todo. —Alcanza el pomo de la puerta y la abre—. Cuando quieras confirmar que mi hijo es tuyo, solo mándame a buscar. Sale y cierra la puerta. Yo me quedo en blanco. Solo un pensamiento se repite sin cesar en mi mente. ¿Sarah? ¿Helena? Un flashazo viene a mi mente. Ese momento en el barco, antes de que todo fuera cuesta abajo, en el que sentí su cicatriz, esa marca que ya había sentido en la mujer misteriosa, aquella de cabello oscuro y ojos igual de negros. Tan diferentes físicamente, pero... Helena es mi Sarah. Sí, lo es. Todo lo que acabo de decir se me atora en la garganta, me hace sentir como un idiota desgraciado que no la merece. ¿Tan arraigada está la advertencia? ¿Puedo confiar realmente en ella? —¡Helena! —grito, pero mi voz rasposa no va mucho más allá. Trato de levantarme, me quito los cables que están sobre mi pecho y no me interesa cuando el resto de los monitores comienzan a sonar otra vez. Ya estoy con mis pies descalzos por tocar el suelo cuando la puerta se abre y vienen a contenerme, pero no es Helena quien aparece. Ya ella se fue. Yo hice que se fuera. —Soy un maldito.
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