Capítulo 5. El miedo a perderte.

2355 Words
-Helena Hawthorne- El resto del camino a partir de la cámara central es corto y rápido. Justo como Ana me dijo que sería. No han pasado ni cinco minutos, a mi cuenta, cuando la salida aparece sobre nosotras y Ana, sin perder tiempo, baja la escalerilla aérea y abre la compuerta de arriba. La luz penetra en el pasadizo y mis ojos duelen por la intensa iluminación repentina. Me tapo con una mano sin querer dejar de ver del todo, porque quiero saber dónde estoy. Acepto la mano de Ana cuando sube y con el vestido que llevo es un poco incómodo subir, pero lo hago. Y cuando llego arriba, me sorprende ver dos pares de ojos desconocidos que me miran y hacen una inclinación de cabeza. —Su majestad. Que me llamen así se siente muy raro, incómodo. Reconozco a uno de los guardias que custodiaba siempre a Archer y casi que lloro de alivio por lo que eso significa. Ver, además, que sus uniformes están llenos de polvo y que en sus rostros es evidente la rabia y el cansancio, me hace sentir más segura. —¿Pueden llevarme con el rey, por favor? Ni siquiera sé por qué suena a súplica, quizás sea que estoy tan agotada mentalmente y esto se siente como un momento de paz, que no mido lo que hago. Ellos dos asienten y Ana, detrás de mí, se despide. —La estaré esperando en sus aposentos, Su majestad. Cuando vaya de regreso uno de los guardias la acompañará. La miro. —Que Briar no te vea —le recuerdo. Ana sonríe. Sacude la cabeza. —No lo hará. Ahora vaya con el rey, él la necesita. Se me hace un nudo en la garganta al pensar en eso. No ha pasado mucho tiempo desde que Ana me dijo que Archer estaba vivo y la realidad es que no he podido asimilarlo correctamente, por toda la información que me estuvo dando antes de traerme aquí y durante el camino, pero ahora que afronto la posibilidad, siento que me falta el aire y que las rodillas se me vuelven de gelatina. Ana se va. Uno de los guardias me hace un gesto para que lo siga. Miro alrededor, estamos en una casa de aspecto normal, nada exuberante ni muy elegante; es solo una zona segura que pasa desapercibida. Las ventanas están cerradas y cortinas cubren todo el espacio. Mis pasos resuenan con mis zapatos y hacen un eco que me provoca dolor de cabeza. Llegamos ante una puerta cerrada y del otro lado, con el silencio, se escuchan pitidos rítmicos que me ponen los pelos de punta. Mi mano se cierra alrededor del pomo, pero dudo en el último segundo. ¿Qué me voy a encontrar aquí? —¿Él está bien? —pregunto con un murmullo tembloroso al guardia más cercano. La ansiedad me carcome cuando él me mira con ojos tristes. —La situación es crítica —confiesa y yo siento que todo el aire se sale de repente de mis pulmones—. El médico hizo todo lo que estaba a su alcance, él podrá darle más detalles, Su Majestad. Asiento con un nudo en la garganta. Tengo miedo de entrar y ver algo que me deje sin estabilidad para el resto de mi vida. Son demasiadas cosas que asimilar hoy y Archer es la más compleja de todas. Pero tengo que hacerlo. Así que tomo una profunda inhalación, me lleno de valor y abro la puerta con el corazón latiéndome en la misma boca. La habitación es enorme y está equipada con todo lo que se pueda necesitar. Algo de alivio me recorre al ver todo este arsenal tecnológico médico, pero me desinflo por completo cuando mis ojos se dirigen a la cama donde el cuerpo de Archer está recostado. Tiene una venda en la cabeza, su pecho expuesto y lleno de cables que lo conectan a todas esas máquinas que ahora veo, lo rodean. La luz es más blanca aquí dentro, como lo sería en un hospital y el olor, cómo no, crea el mismo ambiente, porque huele a desinfectante. Me siento vulnerable por todo un minuto, mientras me acerco con paso lento a la cama y soy consciente de mi suciedad en medio de este lugar tan impoluto, tan limpio. Los ojos se me llenan de lágrimas y las manos me tiemblan cuando llego a su lado y lo veo…respirando. …No tiene pulso… Esas palabras se repiten en mi cabeza una y otra vez, pero Archer está ante mí. Estiro mi mano y lo toco, un sollozo sale de mí al instante. Me tapo la boca con ambas manos para que mi llanto no se escuche, pero es imposible calmar este dolor caliente que me atraviesa el pecho. Cierro los ojos y dos lágrimas gruesas caen por mis mejillas. Está vivo. Sí. Está aquí, de cuerpo entero. Pero no sé qué tan grave sea su condición. El guardia me dijo que era un estado crítico y, aunque se ve tranquilo, como si estuviera dormido, la venda en la cabeza me recuerda que esa es la peor parte de todo esto. La puerta se abre y me sobresalta, pero me recompongo pronto cuando veo a un médico entrar a la habitación. —Disculpe la interrupción, Su majestad. El médico hace una inclinación y yo quiero gritar que eso ahora no hace falta, que solo quiero de regreso a mi esposo, que me dé esperanzas, que me diga cuánto tiempo estará así. Pero su mirada seria y compasiva ya me advierte de que no será tan fácil como yo necesito que sea. Cada segundo que pasa es angustiante, se siente como una eternidad. Hasta que el médico llega ante mí y en sus ojos veo reflejada la verdadera gravedad de esta situación. No necesito decirle que me diga cuanto antes qué está pasando. —Su Majestad, el rey ha sufrido una contusión cerebral. Las siguientes horas son críticas, si la presión —señala su cabeza, mostrándome el lugar del que habla—, aumenta, podría ser necesario realizar una intervención quirúrgica. Ese es el mayor riesgo al que nos enfrentamos ahora. —¿Intervención quirúrgica? —pregunto, sintiendo un nudo en el estómago de solo valorar esa posibilidad y todos los riesgos que atraería. «Oh, por Dios, ayúdame a superar esto»—. ¿Eso significa que… que podría no sobrevivir? De solo decirlo me ahogo con mis propias palabras. Me sostengo de la cama cuando las piernas dejan de sostener mi peso. El médico no asiente ni niega. Y no sé si eso me pone peor. —No puedo prometer nada. La contusión es grave y su estado de inconsciencia podría durar. La clave es su respuesta a los estímulos. Todo dependerá de él mismo. Ya hicimos todo lo que podemos hacer en estos casos. Solo queda esperar. Mi corazón se hunde al escuchar que puede demorar en despertar. Me inunda una ola de desesperación y a pesar de que verlo es un avance a lo que esperaba hace una hora atrás, verlo así me hace demasiado daño. Hace que todo dentro de mí se sienta ansioso y desalentado. —Necesito que se recupere… por favor —susurro, sintiendo la humedad en mis ojos, escuchando mi propia voz ahogada, afectada. —La dejaré sola unos minutos. Cualquier situación, estaré aquí al lado. El médico se va sin esperar respuesta, pero de todas formas yo no puedo quitar mis ojos de Archer. Apoyo mi mano en el frío metal de la estructura de la cama y la otra, sobre su brazo. El calor de su piel me atraviesa y borra, de cierta manera, esa imagen que antes vi en esa capilla, mientras el infierno se desataba. Las yemas de mis dedos se mueven por todo su brazo, hasta llegar a su mano, entrelazo mis dedos con los suyos y pienso en la ironía de este gesto. Porque solo fuimos…Helena y Archer, dos desconocidos obligados a estar juntos, pero siendo enemigos. Alexander y Sarah, dos extraños que se encontraron antes de que todo se desarrollara, que encontraron una manera de aceptar la conexión. Sarah tuvo lo mejor de Alexander, mientras que Helena solo obtuvo los restos del verdadero Archer. ¿De verdad él sabe que yo soy su Sarah? Después de todas las verdades que ahora conozco, incluso dudo de eso. Archer me confesó su amor, sin saber que era yo, estaba dispuesto a romperlo todo, ¿qué cambió? O solamente fue todo un malentendido. La noche que estuvimos juntos Archer me llamó su reina de hielo, pero luego tocó mi cicatriz y me llamó por ese nombre que me inventé para él. ¿Me habré equivocado? ¿Habré asumido más de lo que debía? De ser así, el dolor será peor, más permanente, porque todos mis recelos llegaron a partir de ese día en que creí que yo no era suficiente, que su desilusión por saber la identidad verdadera de Sarah le había ganado al amor que decía sentir. Pero a esto solo él puede darle respuesta. —Archer, por favor, vuelve a mí. —Mi voz se escucha quebrada, yo me siento quebrada por dentro—. Te necesito… Un sollozo sale de mí y lloro ahí, tomando su mano y con mi pecho sacudiéndose con espasmos incontrolables. No puedo dejar de temblar, no puedo dejar de llorar. Necesito saberlo bien, necesito sentir alguna seguridad en medio de tanto terror. ¿Qué estoy pagando yo de una vida pasada? ¿Es que estoy condenada a no ser feliz nunca? —Soy yo. Soy tu Sarah, soy tu Helena. —Me muerdo el labio cuando el llanto me impide hablar más—. Soy todo lo que buscabas y lo que no también. Regresa y dime que me odias. Regresa y déjame darte todas las respuestas que necesitas. Pero regresa, por favor. Me siento en la silla que está a un lado de la cama y me recuesto sobre su mano, esa que está tibia donde la mía es fría, helada. —¿Sería tan difícil para ti construir algo juntos? ¿Dejarás que todos nuestros enemigos ganen? Porque ellos son el enemigo, no yo. Nunca yo. Con mi mano libre me aferro a mi vientre. La debilidad se apodera de mi cuerpo después de un día lleno de emociones fuertes. No he comido nada, no he bebido siquiera agua, pero no puedo. De solo pensar en tragar algo, mi garganta se cierra y mi estómago gruñe en desacuerdo. —Ni yo ni este bebé nuestro que está en camino —confieso y siento que el pitido de los monitores suena diferente—. Despierta, por favor, y sigamos donde lo dejamos, en esa tregua que me diste y que yo quiero más que nada en este mundo. Despierta y dime que no soy yo sola la que siente que se ahoga con tantos sentimientos. La habitación silenciosa de repente se llena con un sonido estridente, uno de los monitores comienza a sonar con una alerta. El médico entra rápidamente y yo me aparto sintiendo el pánico recorrer todo mi cuerpo. Me quedo congelada en una esquina, viéndolo administrar un medicamento y mirar todo el tiempo los monitores. Mi corazón se siente como si no palpitara, como si hubiera frenado en seco y ahora todo dejara de tener sentido. No sé cuánto dura, si segundos, minutos o una eternidad, pero cuando el sonido deja de ser tan intenso y angustiante, todavía sigo en el mismo lugar, sintiendo todo mi cuerpo temblando y frío. El médico se vuelve hacia mí y me habla, pero mis ojos solo están en Archer. Lo escucho todo como si estuviera en una burbuja y solo llegara a mí un leve murmullo. —Vuelve a estar estable, pero aún está inconsciente. Necesitamos seguir monitoreándolo. Creo que asiento. Sí sé que siento un poco de alivio en medio de mi inquietud. Regreso con pasos lentos al lugar donde antes estaba, me siento en la silla y vuelvo a tomar su mano. —¿Qué puedo hacer? —pregunto con poca voz, deseando hacer algo, cualquier cosa, que pueda traerlo de regreso, que pueda hacerlo reaccionar. —Siga hablando con él —sugiere el médico, su voz es calmada y compasiva—. A menudo, los pacientes responden a la voz de sus seres queridos, su presencia puede hacer una diferencia. ¿Sería realmente así? ¿Yo sería eso que lo haría reaccionar? ¿Tan importante podría ser para él? Asiento y pestañeo las lágrimas que se acumulan por esas preguntas que me llegan y para las que no tengo respuesta. Miro sus ojos, que están cerrados, su pecho esculpido ahora lleno de cables, a la máscara con la que respira y todo lo que es él, para no olvidar nada de este momento. Es mi castigo verlo así, atormentarme por las cosas que pudieron ser. Me dejé manipular, no confié en mis instintos, actué siempre por miedo y me alejé de lo que fue mi destino. Porque Archer y yo nos encontramos cuando nadie sabía, nos vimos al alma cuando siquiera mostrábamos un rostro que adorar. ¿Cómo pude ser tan idiota? Cuando vuelvo a estar sola, le hablo. —Archer, estoy aquí —digo, con mi voz llena de ese amor que llegó para quedarse y se forjó en las circunstancias más extrañas—. Necesito que luches. ¿Sabes cuántas preguntas me debes? Ha pasado mucho desde que le permitiste a Sarah hacerte tres cada vez, desde que las elegiste tú y yo te di todas mis verdades. No dejes que esto termine así, no permitas que todas esas preguntas queden sin respuesta. Tomo una profunda respiración. —No permitas que el miedo a perderte me gane… Bajo la cabeza y la apoyo sobre su brazo. Lloro ahí, por él, por mí, por el amor que quedó a medias, por la vida que crece en mi interior, por todo lo que pudimos ser y no fuimos. Porque ahora las probabilidades no son las mejores. Y yo quisiera tener una segunda oportunidad.
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