-Helena Hawthorne-
No oigo nada. Un pitido intenso aturde mis oídos, al punto de que ni siquiera escucho mis gritos.
Porque sé que estoy gritando. Mi garganta ardiente me lo confirma, el dolor que se acumula en mi pecho y me hace sollozar, también. Porque no puede ser cierto lo que escuché, porque no puedo dejar de sentir ese punto exacto de mi mano que lo tocó y no sintió nada.
Unos brazos me separan de él. No veo más que polvo mientras soy arrastrada lejos del hombre que no puede dejarme justamente hoy. No después de tanto.
—¡Archer! ¡Noooo!
Sé que sigo gritando, sé lo que estoy diciendo, pero no soy capaz de escucharme. Es como si mi voz se hubiese esfumado, como si mi alma gritando no fuese suficiente para llegar a él.
Planto mis talones y me niego a avanzar más. Ser la reina debería ser suficiente para dar una orden y que sea acatada, pero aparentemente no es tan fácil. Los brazos que me rodean la cintura de repente me levantan, me llevan en peso fuera de los peñascos de piedra que siguen cayendo sobre nosotros. Extiendo mis manos y quiero llegar a él, a ese cuerpo que ahora cubre alguien, solo veo uniformes a mi alrededor.
El peso de mi capa es absurdamente molesto. Solo quiero quitarla y regresar corriendo. Pero no me dejan.
La salida está a pocos pasos y yo sigo tratando de detenerlos. Encajo mis uñas en la tela áspera de la chaqueta del guardia que me sostiene.
«No sirve de nada».
Hay movimiento al final, pero mis ojos no logran ver. El polvo solo hace que mi vista se desenfoque, provocando lágrimas que son más por dolor que por la invasión en mi retina.
Vuelvo a gritar. Siento mi garganta desgarrándose.
—¡Déjenme en paz! ¡Quiero ir con él!
Pataleo con más fuerza. No pueden sacarme de aquí. No pueden alejarme de él.
—Lo siento, Su majestad. Es nuestro deber salvaguardar su vida.
Vuelvo a gritar y el ruido poco a poco va volviendo a mí. Abriéndose paso y haciéndome consciente de la verdadera situación a mi alrededor. Todo pasa como un borrón, en un momento estaba a su lado y ahora solo veo desastre, cuerpos bajo los escombros, sangre y desesperación.
«No, no, no».
Todo me da vueltas, el aliento se queda atascado en mi garganta. Esto no debía suceder. Esta devastación, esta tragedia.
«¿Qué acaba de pasar? ¿Cómo una capilla se convirtió en un cementerio?».
La luz intensa de repente me aturde. Tapo mi rostro y veo mis dedos blancos, siento la arenilla en mis manos. No necesito verme para saber el desastre que soy.
Fuera de la capilla el ruido es mayor. Es un caos.
Veo gente corriendo, gritando, siendo retenida por las fuerzas policiales que ahora apoyan en medio de esta catástrofe. Hay sangre manchando el asfalto. Zapatos tirados como quiera a un lado de la calle. Las sirenas de las ambulancias taladran mis oídos y algunos rescatistas entran al peligro inminente que es la capilla.
Donde está Archer.
No puedo dejar de mirar la puerta por donde acaban de sacarme, hacia él, sollozando y pidiendo a gritos que me regresen. Esto no es justo. Él es mi esposo, mi rey, si él muere, moriré a su lado. No me importa si llegué a odiarlo, si todo fue un jodido circo a nuestro alrededor. No contemplo una vida en ese trono sin Archer y no puedo quedarme tranquila tan lejos de él.
Comienzo a toser cuando el oxígeno limpio entra en mis pulmones. No puedo respirar con normalidad, entre mis gritos, mi llanto y mi angustia, lo menos que me interesa es preocuparme en respirar profundo.
El agarre en mi cintura disminuye y siento que mis pies se apoyan en el suelo. En cuanto tengo la estabilidad, empujo lejos al hombre que se atrevió a tocarme y llevarme, para regresar a ese lugar del que Archer no ha podido salir.
No he dado ni dos pasos cuando suena otra explosión. Cuando el polvo se expande con fuerza y de repente, anticipando los trozos de piedra inmensos que acaban de hacerse añicos.
—¡Noooooooooo!
Mis rodillas caen al piso. Mis palmas caen y a duras penas sostienen mi peso. Un dolor como ningún otro me llena y me arranca del pecho el maldito corazón.
Alguien vuelve a mí, me llevan hacia atrás. Me alejan del radio de destrucción.
Veo gente corriendo, saliendo de lo que quedaba de capilla, tosiendo, arrastrándose, cargando con más personas.
—¡Archeeeeeer!
Mi voz desaparece, pero esta vez sé perfectamente que no sale de mí porque no tengo fuerzas, porque no las encuentro.
Me levantan y yo me hago una bola, quiero sentir el ardor en las palmas de mis manos, quiero sentir el dolor en mis rodillas. No puede ser menos si yo estoy a salvo y él no. Si tantas personas murieron este día, si hay tantos cuerpos heridos.
Me llevan como si no pesara nada. Me entregan a los brazos de alguien más y vuelvo a patalear para liberarme. Yo estoy bien, nada sucede conmigo, pueden dejarme tranquila de una vez.
En el momento que los brazos del segundo desconocido me rodean, hago un movimiento que lo toma desprevenido. Un codazo, eso suelto contra la cara de quien intenta detenerme y la maldición de Jacob se escucha.
Me detengo.
Dejo de forcejear, en parte porque mi ataque repentino lo hizo soltarme.
Doy un paso tambaleante hacia atrás. Lo miro a los ojos y con la mayor autoridad que puedo demostrar, le hablo.
—No vuelvan a ponerme una mano encima —exclamo, con firmeza y la voz tan ronca que no me reconozco—. ¿Dónde está Archer? ¿Quién lo sacó?
Mis ojos son dagas que encajo en su piel. A él y al guardia que ahora a su lado me mira avergonzado. Lleva el uniforme real, el del palacio.
Pero no me dan respuestas. No me las dan y eso me hace enojar.
—Lo siento, Su majestad, es mi labor…
Lo miro con ganas de gritarle mil improperios, pero no me sale ninguno. Mis manos se cierran en puños y el ardor en mis palmas me llega, porque las piedrecitas que se encajaron en mi piel antes siguen ahí, haciéndome daño, recordándome que esto es un desastre.
Miro a Jacob. Él me mira con arrepentimiento, con lástima, con vergüenza, con pánico. Se acerca a mí y mi instinto es el de alejarme.
—Eres mi responsabilidad —gruñe con el ceño fruncido ahora—. No voy a dejarte morir en ese lugar. Ya ahí no queda nada. Tienes que entenderlo.
Que lo diga duele. Y cuando me giro para ver las ruinas de lo que antes era una inmensa construcción, ese dolor se incrementa.
«Siguen sin darme una respuesta, la que necesito».
Comienza en mi pecho y se extiende a todo mi cuerpo. Un sollozo quiere salir de mí, pero no puede, no puedo prácticamente respirar. Es demasiada la angustia.
Avanzo dos pasos, viendo a la prensa, a los bomberos, los heridos siendo atendidos en las ambulancias. Cientos de personas reunidas en el lugar, viendo la masacre que acaba de desarrollarse.
Sigo avanzando, no sé a dónde voy, pero necesito hacer algo.
Un peso retiene mis pasos y me detengo un segundo para quitarme la capa. El vestido también es pesado, pero puedo con ello. Necesito avanzar.
Empiezo caminando lentamente, intentando poner a prueba mis rodillas. Me dirijo a la primera ambulancia y busco el rostro de Archer. Pero son solo los asistentes a la coronación los que están siendo atendidos.
Algunos me miran con pánico, otros no me miran en absoluto.
Paso a la segunda ambulancia, la tercera, todas me cuentan la misma historia. No puedo darles a los heridos más que mi expresión de calma falsa, no una sonrisa, porque no soy capaz.
El miedo palpita en mi pecho.
Porque me aterra que no haya dado tiempo. Dentro de mí sé que es justo eso lo que pasó, porque todo pasó demasiado rápido. Pero me niego.
—Su Majestad…
Escucho la voz a mis espaldas y me giro con los ojos llenos de lágrimas y ya no aguantando más mi desesperación. Ante mí está William Savoy.
—¿Dónde está Archer? —pregunto lanzándome hacia él y viendo la manera en que tuerce el gesto con algo que no puedo ni quiero comprender. Porque me daría la respuesta y no es esa la que quiero.
—Lo si…
—¿Dónde está? Si me sacaron a mí tuvieron que sacarlo a él. ¿Dónde está? Sé que hay un protocolo de…
—Lo siento, Su majestad. El rey Archer no pudo salir a tiempo. Junto con tres miembros de su guardia personal.
Niego. Niego con la cabeza sintiendo cómo mi labio inferior tiembla y las lágrimas caen de mis ojos.
—No estás diciendo la verdad.
Doy media vuelta y voy yo misma a buscar las respuestas que quiero. Eso no puede ser real. No es real.
—Helena…
—¡No! —Me giro de nuevo y lo encaro—. No voy a aceptar que vengan y me digan que no sacaron a Archer de ese lugar. No voy a aceptarlo, porque yo estoy aquí. Él es su rey. Él es prioridad tanto como yo. ¡Me niego!
Sé que estoy llamando la atención de todos, pero no me importa. Que sepan de una vez que este maldito reino es una farsa. Que todo lo que maneja la monarquía es un circo de falsedad.
Por detrás del consejero real veo acercarse al hombre que dice ser mi padre. Está blanco del polvo, su traje elegante destrozado y cojea de la pierna derecha. Por un momento me doy cuenta que no me interesa nadie más, que no me importa quién logró salir, solo Archer.
—Helena, tienes que calmarte, estás llamando la atención —exige en cuanto llega a mi lado, como si fuera mi jefe, como si él pudiera manipular mi existencia.
—Pues sí, eso es lo que quiero. Tú… —Lo señalo—. Tú no me das órdenes. Voy a buscar a Archer y nadie va a detenerme.
No quiero gritar lo que tengo en la punta de la lengua. No quiero gritar y exponer lo que sospecho.
Pero lo retorcido de esta mierda es que lo vi venir. Yo sabía que irían a por Archer. Lo sentía en mis huesos. Que tratarían de matarlo, para poder sentar a mi lado en el trono al imbécil que intentó violarme como el cabrón malnacido que es.
A mi derecha veo que es el duque el que se acerca. Su expresión de rabia lo dice todo.
—Helena, si sabes lo que te conviene, detente —ordena con voz baja y amenazante.
Pero no le debo nada. Y le temo menos.
—No me voy a detener. Él está ahí dentro, el rey de Astley, mi esposo y tu monarca. A quien le debes respeto, lealtad y devoción. ¡Yo soy tu reina! Y más vale que comiences a hacerte a la idea de que tus mierdas acabaron cuando te atreviste a hacer esto.
Esa última parte la digo bien bajito. Abre los ojos con sorpresa y luego los estrecha con rabia. Pero la suya no es superior a la mía. No hay manera en el mundo en el que yo lo permita.
—Adelante. Grítame, atrévete a ponerme en mi lugar —lo reto. El duque solo mira a su alrededor—. Mira la manera en que todo tu plan fracasa. Yo soy la reina, tu reina…y más vale que lo tengas en cuenta cuando comience a cortar cabezas.
Le paso por el lado y choco su hombro. No me interesa quién está viendo, no me interesa nada.
Veo que siguen sacando cuerpos de la capilla destruida y corro hacia ellos, intentando encontrar a Archer. No soporto la idea de saberlo ahí atrapado.
—Su majestad, debe alejarse de las ruinas. Lo poco que queda es muy inestable —me dice uno de los rescatistas cuando me ve acercarme.
Su expresión es de verdadera preocupación y mi ansiedad no puede más.
—El rey está allí dentro. Por favor…
No sé lo que hago, solo sé que ruego.
Su expresión pasa de la preocupación al horror en cuestión de medio segundo. Me pregunta si estoy segura y yo le digo que sí, le doy todos los detalles que recuerdo sobre nuestra ubicación y lo que vi antes de que sacaran arrastrada.
El hombre llama a otros tres colegas y les da indicaciones. Van a entrar una vez más y ahora con un objetivo claro.
—Si el rey está allí dentro, lo encontraremos.
Sé que sus palabras tratan de calmarme. Yo asiento, pero el aliento se me queda retenido en la garganta. Cierro mis manos en puños y me obligo a respirar profundo. Porque nadie estaba haciendo nada por él, todos pretenden olvidar que él también estaba ahí.
«Todos son una maldita banda de ineptos traidores».
Hasta que siento unos gritos a pocos pasos de mí. Es otro cuerpo que acaban de sacar y cuando miro hacia el lugar, veo a la duquesa corriendo hacia la camilla casi tropezándose con sus propios pies. El tiempo se ralentiza mientras la veo, la desesperación, la ansiedad. Detrás de ella, Oriana corre también.
Ambas llegan a la camilla, forcejean con el paramédico que está atendiendo el cuerpo que ellas buscan. No quiero pensarlo, pero dentro de mí ya sé a quién lloran. Y cuando el grito desgarrador sale de la duquesa, comprendo realmente cuál es la realidad.
—¡Nooooo! ¡Mi hijaaaaaa!
«Olenna está muerta».