-Helena Hawthorne-
Miro la escena ante mí sintiendo que el corazón me palpita demasiado fuerte, demasiado rápido, demasiado acelerado.
Mis manos tiemblan, creo que son mis nervios actuando por su cuenta. Mostrándome las señales, diciéndome que es hora de calmarme, de mostrar la entereza que toda esta situación necesita.
Odessa está arrodillada en el piso. Tirada sobre el cuerpo inerte de su hija, mientras Oriana llora con las manos tapando su rostro y su cuerpo sacudiéndose con los espasmos del llanto que no puede evitar.
Podría decir que no me importan, pero no soy apática, no soy ajena al sufrimiento. Puede que Olenna y yo no nos soportáramos, pero nadie merece morir de esta manera. Me duele su muerte, me duele ver a quienes consideré familia por tanto tiempo rodear el cuerpo inerte de su ser querido.
Veo al duque llegar. Soy testigo de la debilidad de sus rodillas cuando se acerca corriendo, de su expresión de horror, del temblor de sus manos. Ella era su hija. Y su ambición la mató.
Detrás de él, mis padres, o esos que dicen serlo de cara a la sociedad. Ellos sí son familia, ellos sí sufren la pérdida de los suyos. Pero todos son unos falsos. Todos merecían perecer. No Olenna, no Oriana, ni siquiera Odessa. Pero sí Aurelius y Henrrieta, sí Augustus y sus secuaces.
Todos los que de una o cierta manera fueron capaces de hacer esto.
Porque no dudo que fueran ellos.
La prensa se acerca más ahora que todo se va tranquilizando con el derrumbe y que los gritos desgarrados de dolor comienzan a alzarse sobre los lamentos. Yo sigo congelada en el lugar. Mirándolo todo con impaciencia, con la esperanza ardiente ondeando en mi pecho, con la necesidad de tener noticias pronto.
No dejo de mirar el lugar por el que los bomberos entraron al derrumbe. No dejo de esperar que regresen y lo hagan con el cuerpo de Archer. Tengo que verlo. No puedo conformarme con esas absurdas palabras del consejero. William Savoy no tiene idea de lo que está diciendo.
Un m*****o de la guardia real, la que estaba a mi cuidado, se acerca, pero mantiene las distancias conmigo. Luego llega otro y otro, hasta que estoy rodeada por ellos, hasta que los murmullos se hacen presentes.
No me he detenido a pensar en nada más que el estado de Archer, pero comienzo a ser consciente de lo que me rodea. Los flashes se hacen presentes, las cámaras de los reporteros no dejan de grabarlo todo. Las ambulancias siguen entrando y saliendo, trasladando heridos al hospital más cercano.
Más cuerpos son extraídos del lugar que me robó todo en cuestión de nada y con cada uno que sale mi aliento se corta sin control. Tengo miedo, el temblor que siento por dentro es algo que nunca antes he sentido.
No tengo idea de lo que sigue después de esto. No sé cómo voy a continuar. Me aferro a mi vientre por instinto cuando las dudas me calan, cuando la indecisión me carcome, cuando el miedo amenaza con dejarme sin fuerzas para soportar.
No puedo rendirme, no puedo darles el gusto, pero cómo convencerme de que puedo con todo si no sé qué está pasando, si las palabras más dolorosas de todas se repiten en mi cabeza una y otra vez.
No tiene pulso…
No tiene pulso…
Sacudo la cabeza para alejarme de esos pensamientos. Ahora que pude detener el torrente de lágrimas y permanecer en pie no puedo dejarme caer. Torturarme no servirá de nada.
—Unos segundos más. Solo unos segundos más.
Me llevo la mano al pecho. El latido constante de mi corazón se siente bajo mi palma.
De repente veo salir al hombre que quedó en darme noticias. Busco sus manos, pero caen derrotadas a sus costados, no traen el cuerpo de mi esposo, no traen nada. Y su expresión no es mucho mejor.
En cuanto mis ojos se cruzan con los suyos sé lo que va a decirme. No ayuda que lo siguen los demás que lo acompañaban.
Corro hacia él.
—Por favor, dame noticias.
Niega con la cabeza y mis rodillas fallan. Retuerce sus dedos sin saber cómo decirme lo que debe.
Las lágrimas regresan, más gruesas, más calientes, más sentidas.
—¿Dónde está mi esposo? —susurro, sintiendo que me corto el pecho en dos, que la sangre brota y que me deshace.
—No encontramos su cuerpo. Ni el suyo ni el de los guardias que lo acompañaban. Hay una sección que quedó completamente bajo el campanario. La última explosión procuró eso. Si no lograron salir antes por otro lugar, entonces no hay manera en que esté vivo.
—No —susurro, gritando en mi interior, pero no pudiendo hacer más que solo negar con la cabeza, sollozar con la negativa.
—Lo siento, Su majestad.
Me hace una reverencia y se demora ahí unos segundos.
Quiero decirle que no lo haga. No soporto ver su respeto ahora. No cuando estoy siendo tan débil y endeble. Porque no puedo hacer nada, porque excavar con mis propias manos ya no resolverá nada.
Y esa posibilidad, la que él propuso, sé que no es posible. Ese fue el motivo por el que el consejero real vino a decirme que no había nada que hacer.
Me quedo en el lugar, sintiendo las olas de caliente ira incrementándose dentro de mí. Abro y cierro mis puños, intento controlarme, pero no puedo.
Esto tiene un culpable. Uno que va a pagar su atrevimiento.
No sé cómo lo haré. No sé cómo voy a mantenerme viva de hoy en adelante, pero juro que esto no se quedará así.
Y comienza ya.
Enderezo mi espalda, cuadro mis hombros, junto mis manos y camino. Voy directo a donde los que dicen ser mi familia están apilados, llorando la muerte que es solo culpa suya.
Oriana es la primera en verme. Henrrieta le sigue. El odio de ellas es visible, pero por mí pueden envenenarse con su propio veneno.
—¿Por qué? ¿Por qué mi niña? —lloriquea Odessa, sobre el cuerpo de su hija, con su esposo al lado.
—Solo trajiste desgracia a nuestras vidas —reclama Oriana de repente, soltando su rabia contra mí.
Eso llama la atención de su madre. De su padre también.
Quiero reírme de eso, pero no lo hago por respeto. Respeto la muerte, no importa de quién sea. Pero no me quedo callada. Mis ojos viajan al duque, luego por encima de él, a mi falso padre.
—¿La desgracia la traje yo? ¿Están seguros?
Mi voz es letal. Es nociva.
—Estoy aquí porque así lo decidieron, ¿no es verdad? —Miro sobre todo a mi padre. Su ira va surgiendo, compitiendo con la mía.
—Cállate, Helena —sisea en voz baja, pero esta vez sí me río de su orden.
—¿Por qué? ¿Temes que exponga todo?, ¿que diga la verdad?
Se estremece, más rechinan sus dientes, más blancos se vuelven sus puños. El duque se incorpora, me mira desde arriba, pero no dice nada.
—Responda, barón. ¿Temes que abra la boca?, ¿que diga ante todos que planearon esto?, ¿que la muerte de Olenna es solo el resultado de lo que intentaron hacer y salió terriblemente mal?
Solo están los más cercanos, por eso me atrevo a decirlo.
Y es angustiante el momento exacto en que el jadeo de las mujeres se escucha. O, al menos, de dos mujeres. Oriana y Odessa.
—¿Qué dijiste? —Es la duquesa quien pide una explicación.
La miro. No suavizo mi mirada, porque no tengo nada que ocultar, porque su dolor es entendible, pero me cansé de ser la marioneta.
—¿No lo sabes? ¿No eres parte del plan? —Sus ojos se llenan de lágrimas y me siento cruel, pero de alguna forma sé que así es como me verán siempre haga lo que haga—. ¿Tu marido y tu cuñado, incluso tu cuñada, no te dijeron que matar al nuevo rey era el objetivo?
Odessa mira al duque. Su odio surgiendo, la rabia, la decepción.
—Tú…tú no… —tartamudea, viéndolo con los ojos brillantes.
El duque la ignora y viene a mí.
—¿Cómo te atreves a hacer una acusación como esta? ¿Cómo eres capaz de…?
Intenta llegar a mí y tomarme por los brazos. No se da cuenta del lugar en el que está.
Me suelto de su agarre y al instante, la guardia que me protege está sobre mí, apartando al duque y dejando en claro con quién se está metiendo ahora.
—Tiene prohibido tocar a la reina.
La advertencia es clara. Duque o no, no está por encima de mí.
Sus ojos me escudriñan, sé lo que debe estar pensando.
Lo señalo sin sentir miedo. Siendo la mujer que ellos mismos forjaron, la rebelde que querían para sus maquiavélicos planes.
—Tú y tu gente hicieron esto. Lo sé. No necesito confirmarlo para saber que es así. La rebelión es una falsa revolución. Es un movimiento egoísta. No dudo que tenga adeptos con causas reales, pero ninguno de ustedes la tiene. No la que quiere y pide una minoría.
—¿Eres tonta? ¡Casi mueres ahí! ¿Cómo eso va a ser orden de nosotros? ¡Tienes enemigos, Helena y estás haciendo otros!
Me río. Me río y miro a mi alrededor.
Veo el miedo de mi padre a mi escena. Porque está la prensa, porque puedo acusarlos de traición. Y yo soy la reina, ellos lo saben.
—¿Eres mi enemigo, duque de Altair?
Da otro paso, me mira con furia. Pero esta vez no son los guardias los que me rodean y me protegen.
—¡No toques a la reina! —grita alguien en la multitud que se reúne a nuestro alrededor.
El duque endereza la espalda y mira por encima de mi hombro, con algo muy parecido a una rabia nerviosa.
—¡Aléjate de la reina! —exclama alguien más, antes de que podamos entender qué sucede.
Me giro. Veo los ojos sobre nosotros, sobre mí. La guardia real intenta detener a la docena de personas que comienzan a acercarse, pero son demasiados rápidamente.
—¡Dios salve a la reina!
—¡Helena! ¡Dios salve a la reina Helena!
Todo mi cuerpo tiembla con una emoción que no logro comprender.
—¡Dios salve a nuestra reina renacida!
Me quedo viendo lo que hacen, intentando entender las razones por las que me llaman así.
—¡La reina silenciosa!
La piel se me eriza al escucharlos. Me están llamando como lo hicieron con la reina Lavinnia. No sé si saben, si los que comienzan estos gritos tienen una idea de quién soy. Pero no tienen idea de cómo me hacen sentir, de lo arropada que me siento de repente.
Uno de los ciudadanos hinca la rodilla a pocos pasos de mí. Después de él lo hacen dos más. Y otros dos. Hasta que todos los que nos rodean lo hacen también.
—¡Dios salve a la reina! —gritan al unísono y yo siento que me falta el aire al ver esto.
Ellos saben que el rey no salió de esa capilla, se ve en sus rostros que están conmocionados, pero están conmigo.
Miro a mi guardia, ellos bajan su cabeza y se inclinan también.
Miro al duque, miro al barón. Miro a las mujeres que me observan con un odio tan visceral que es evidente.
Pero ellas también lo hacen, se inclinan ante mí.
—¿Te inclinarás ante tu reina? —pregunto a mi supuesto tío, pero lo hago bien alto, para que todos escuchen.
El duque levanta su labio superior, o quizás siquiera nota que lo hace. Sus manos se cierran en puños.
—Al fin la verdadera heredera del trono ocupa su lugar. ¿No era esa tu labor social?
El hombre que dice ser mi padre le apoya una mano en el hombro. Se miran y se miden.
En esta interacción noto que el duque, de alguna manera retorcida, se debe a las decisiones de su hermano. Y aparentemente este último sabe lo que le conviene.
—Arrodíllate ante mí, duque de Altair. Arrodíllate o verás las verdaderas consecuencias de tus decisiones.
Lo hace cuando la presión de la mano de su hermano es demasiada. Cuando ve que todos a su alrededor lo esperan y se está exponiendo.
Cae de rodillas y siento satisfacción por su humillación. Quizás este solo sea el inicio de un camino trágico, donde no estaré a salvo, pero no me importa. Este es el comienzo y agradezco a este pueblo que aprendió a quererme en las pocas semanas que llevo en Astley.
Guardo el dolor en un lugar seguro por unos pocos minutos. Cuando sepa lo que será de mi vida podré regresar a mi desesperación por haber perdido a Archer.
O las esperanzas.