La vida es como el Jenga

3418 Words
No soy consciente que estoy caminando hasta que me detengo en la sala, sobre el suelo yacen los pedazos de lo que fue alguna vez la fotografía de mi madre, guardo en el bolsillo de mi pantalón los restos de papel y azoto la puerta de la entrada principal al salir. Es imposible no sentirme como Avril Lavigne en el videoclip de I´m with you, sola, desorientada y sin saber a dónde ir. Ni siquiera pensé en llevarme mi teléfono o billetera, deambulo sola por las calles con uno de los peores atuendos de todos, en mi defensa debo alegar que tampoco tuve tiempo para vestirme, escondo mis manos en las anchas mangas de la polera gris que traigo e intento ignorar al resto del mundo, mis pies no se detienen, no tengo idea de hacia dónde me llevan, pero no tengo nada más por perder. En uno de esos breves momentos en los que mi mente es capaz de armar un pensamiento coherente tengo la idea de visitar a Eric, tal vez pueda ayudarme a reaccionar mejor ante esta situación, quizá explicarle a mi abuelo que Allison es igual de culpable que yo, incluso más. Puedo olvidar todo, excepto el número del celular de mi psiquiatra, es lo único que parece estar tatuado en mi cerebro, pero no tengo forma de llamarlo, y aparecer en su casa sin avisarle antes puede incomodar a su familia. La última vez que vine a su casa tenía alrededor de quince años y fue una de las pocas veces en las que realmente me ayudó su presencia. Todavía tengo dudas sobre si fue gracias a Eric, o a Él. Nonna suele decir que Dios envía ángeles a la Tierra para ayudarnos cuando más lo necesitamos, como una señal de que no estamos solos y nos protege desde el cielo. A los quince tuve momentos muy difíciles, incluidos algunos intentos de suicidio, uno de ellos muy tonto, a raíz de una pregunta tonta que tuve sobre la sensación que tendría una persona al ser arrollada por un tren y un chico lo impidió. Creo fielmente a que esa fue una señal enviada por Dios, o quizá mi madre, haciéndome entender que no era mi momento de morir, o que aún no cumplí con mi propósito de vida. Aquel chico tuvo que ser un ángel. A unas ocho o diez calles de la casa de Eric hay una capilla, lo suficientemente espaciosa como para albergar a unos cuantos fieles en momentos donde necesitan una palabra de aliento o que sus plegarias sean escuchadas. No me considero una persona creyente, aunque comparto algunos de sus principios. Y admito que siento paz cada vez que entro a una iglesia. Intento no hacer mucho ruido al ingresar pese a que no hay nadie más aquí, el ambiente tiene un extraño aroma a tranquilidad, tomo asiento en una de las bancas casi al final y sin poder detenerlo las imágenes se repiten en mi mente: Alex entregándome la fotografía, Allison rompiéndola y después diciendo que mi madre se suicidó. ¿Siempre fui un caso difícil, al grado en que ni siquiera la mujer que me dio la vida y se supone que me amó como nadie más en el mundo pudo soportarme? -       Disculpa que te interrumpa, ¿te encuentras bien? – la voz de una anciana capta mi atención, se sentó en la misma banca que yo, toma mi hombro con dulzura, como si me conociera y en verdad le preocupara mi estado, es entonces que me doy cuenta que estoy llorando. -       Sí, perdone, no fue mi intención agobiarla – decido mentir, no deseo que esta tierna mujer se sienta mal por mí, seco mis lágrimas y finjo una sonrisa – sólo necesitaba algo de paz y me pareció que este lugar era el indicado. -       No sé por lo que estarás pasando, pero tranquila, porque Él siempre te escucha y haya la mejor manera de consolarte, no siempre te dará lo que deseas, aunque sí lo que necesitas – dice con una sonrisa - ¿vives cerca de aquí? ¿quieres que te lleve a tu casa? -       No, no se preocupe, me siento mejor aquí – y bueno, no mentía, prefería quedarme aquí a seguir vagando por las calles o soportar a Allison. Siempre encontré algo encantador en las capillas, una extraña sensación de compañía, una reconfortante calidez del alma. -       Entiendo, ten, me parece que los necesitas más que yo ahora – responde despidiéndose, confundida reviso el lugar en donde estaba sentada hasta hace poco, dejó un rosario y un billete de veinte dólares. Definitivamente esta señora es un ángel, el mundo debería de contar con más personas como ella, guardo el billete en mi bolsillo y tomo el rosario entre mis manos. Me arrodillo ante la imagen de un Cristo crucificado mientras me aferro fuertemente al rosario. Junto mis manos y las lágrimas vuelven a caer por mi rostro. -       No soy muy buena en esto… La que sabe es Nonna y no se me ocurrió preguntarle antes… Perdona mis pecados, no quiero justificarme, pero no creo ser tan mala persona, y lo que sea que haya hecho ya lo estoy pagando – me veo obligada a parar unos instantes, pues mis lágrimas salen sin control impidiendo que pueda seguir hablando, no sólo lloro, es de esos llantos lastimeros que incluso hacen que sueltes quejidos y aceleran tu respiración – por favor, ayúdame, dicen que siempre estás para todos, necesito… necesito que me perdones y no me abandones… no me dejes por favor… no soy mala persona, sólo necesito una oportunidad… Toso producto de las arcadas que dejan las secuelas del llanto, y seco mis lágrimas con la manga de mi polera, la señora dijo que Él siempre me escucharía, Nonna dice que Dios nunca te abandona y está dispuesto a perdonar a todos aquellos que se arrepienten de verdad, ¿por qué no me siento mejor entonces? ¿es muy tarde? ¿o quizá no tengo arreglo? -       Te lo pido por favor – susurro llorando – ayúdame Dios, no me abandones como todo el mundo. Aquella sensación de paz se desvaneció del ambiente, transformándose en los tan conocidos temblores en mis manos. Mi mano derecha se aferra al rosario y salgo de aquí en cuanto antes. Fue en vano. Camino por las calles mientras respiro pausadamente, distrayendo mi mente, retrasaré lo más que pueda esta situación. En una tienda pido una cajetilla de cigarrillos mentolados y uno de esos encendedores baratos. Guardo el cambio con mi mano izquierda, en ningún momento suelto el rosario, algunas personas me miran ligeramente asustados, y no puedo juzgarlos, parezco una lunática, el rostro lloroso, deambulando sin rumbo fijo fumando un cigarrillo y sosteniendo un rosario con fuerza. No tengo una noción del tiempo transcurrido, aunque, a juzgar por el clima, parece que son entre la una y dos de la tarde, localizo una cabina telefónica y casi sin esperanza deposito mis últimas monedas, la línea suena y suena, anunciando que aún no responden del otro lado. -       ¿Diga? – creo que nunca me había alegrado tanto de escuchar su voz. El temblor en mis manos se acentúa, no tengo mucho tiempo. -       ¿Crees en Dios, Eric? – pregunto sin emoción alguna en mi voz, un tono monótono, vacío y roto. -       ¿Noelle? ¿Eres tú? – reconozco la confusión de su voz, seguramente no esperaba mi llamada, pues aparentemente “estaba mejorando”. -       Sí, te pregunté si crees en Dios – repito reprimiendo mis lágrimas. -       No realmente, ¿a qué viene la pregunta? – cuestiona - ¿estás bien? -       Le pedí perdón a Dios, por ser como soy, le supliqué que me perdone y que me ayude a mejorar, pero no respondió Eric, no sentí ninguna respuesta, ¿es posible que Dios me odie? ¿O que no tenga salvación? ¿Es muy tarde para mí, Eric? – y por más que lo intenté, el llanto se hizo presente en la conversación. -       Noelle, cálmate, tienes que decirme en dónde estás para avisarle a tu abuelo, adelantaremos la cita a mañana ¿te parece? -       Necesito ayuda ahora Eric, puede que mañana sea muy tarde – exclamo con pesar – por favor, me siento muy mal, mis manos están temblando, me duele el pecho, lo intenté, pero no pude. Necesito una, sólo una, para calmarme. -       Sabes que no puedo hacerlo, y los problemas que traería para ambos – que en realidad significa que se está jugando su puesto, credibilidad y el financiamiento de mi abuelo en todos sus ensayos clínicos. -       Un rivotril es todo lo que pido, Allison destrozó todas mis píldoras y te estoy pidiendo ayuda, eres la última persona que me queda – pido sin esperanzas. -       Hablaremos mañana sobre esto – dice a punto de colgar la llamada. -       Espera, ¿tú sabías que mi madre se suicidó? – un consejo: nunca preguntes algo si no estás preparada para oír la respuesta, y mucho menos cuando se trata de una situación tan delicada. -       No me corresponde a mí hablar sobre ese tema contigo, como te decía, mañana en la consulta podremos abordar el motivo de tu cri… - ni siquiera lo dejo terminar su frase, la que terminó colgando fui yo. Y con esa llamada se desvaneció la poca posible cordura que podía quedar en mi cabeza, mil pensamientos recorren mi mente, cada uno más destructivo que el otro, y esa opresión terrible en mi pecho es cada vez mayor, tengo que hacer algo. Pateo incontables veces el teléfono y salgo apresurada hacia mi siguiente destino. Mi psiquiatra vive en una de las zonas más residenciales de la ciudad, y aunque parezca extraño es un lugar desolado y solitario, donde todas las personas se movilizan en coche, en especial durante la noche, cuando regresan de trabajar o lo que sea que hagan. Me encuentro parada frente a su casa, maldito idiota, y así asegura que su único objetivo es el bienestar de sus pacientes. Es un mentiroso, igual que todos, había olvidado que no soy una persona, sino un problema del cual sólo quieren deshacerse. Cubro mi cabello dentro de la capucha de la polera, en su jardín hay un elegante camino de piedras que llevan hacia la puerta, recuerdo que Eric comentó divertido semanas atrás que algunas de ellas estaban suelas. No demoro mucho hasta hallar una la cual estampo contra la ventana de su sala principal, arrojo una y otra más, aviento una de las macetas decorativas dejando llena de tierra la entrada, y me dispongo a hacer lo mismo con una más grande cuando unos brazos me cargan alejándome del domicilio. Grito y pataleo con todas mis fuerzas, luchando por liberarme. Cubre mi boca con su mano hasta que llegamos a la cochera de una casa vecina, aprovecho un descuido suyo para morder su mano. -       ¿Acaso estás loca? No puedes hacer un escándalo así en un lugar como este - me regaña aquella voz ronca que no pensaba volver a escuchar. Frunce el ceño mientras revisa su mano – sí que sabes morder ¿eh? -       Déjame sola – le digo caminando en dirección opuesta a la suya, pero su mano me detiene – no quiero compañía. -       Estás sangrando – indica señalando mi mano, jadeo sorprendida del desastre que traigo, ni siquiera medí la fuerza con la que sujeté el rosario o en qué momento empecé a incrustarlo sobre mi piel, el extraño se acerca lentamente hacia mí y quita el accesorio de mí, reprimo quejidos de dolor, lo veo rebuscar en su riñonera hasta que me entrega un pañuelo – apriétalo con fuerza, detendrá el sangrado por un momento. ¿Tienes forma de regresar a tu casa? – pregunta. -       No quiero ir a casa – respondo en apenas un susurro. -       Te llevaré a la mía entonces, evidentemente no estás bien, curaré tu mano y después te dejo en casa ¿está bien? – pregunta tomando mi rostro para que lo mire a los ojos, haciéndome saber que lo dice en serio, asiento al darme cuenta que es la mejor opción que tengo – genial, será mejor que nos vayamos pronto, antes que se den cuenta del desastre que causaste en esa casa. -       No dirá nada, si sabe lo que le conviene – respondo segura de que no seré descubierta, y en caso lo sea, Eric no se atreverá a delatarme, o me veré obligada en contarle a mi abuelo sobre las píldoras que me dio a escondidas. -       Cuando te vi en el club no se me cruzó por la mente que podías ser una chica mala imán de problemas y destrucción de hogares lujosos – bromea – espero que no tengas problemas con las motos. -       No hay forma que suba a una de esas cosas – digo de inmediato – son muy peligrosas e inseguras. -       Oh vamos, no seas aburrida, extraña, será un paseo de menos de media hora, prometo que no iré tan rápido – dice para convencerme – bien, no sé cómo hacer para que no te duela la mano. -       Iré detrás de ti, supongo que será mejor – me encojo de hombros. -       Sujétate fuerte, pero tampoco aproveches para tocar mi cuerpo – pongo mis ojos en blanco ante sus palabras - ¿sabes? Hay algo que las personas suelen hacer que se llama sonreír. Deberías hacerlo de vez en cuando. -       Y tú deberías aprender a saber cuándo es oportuno hablar y cuando no – respondo seria. -       Por casualidad ¿estás con tu periodo? – Dios, quiero matarlo – Bien, creo que la estoy cagando, mejor me callo y conduzco. Tenemos un público difícil esta tarde. No soy de esas personas que son amantes de la velocidad y carreras, me parecen estúpidas y sumamente riesgosas, muchos accidentes se ocasionan por eso, y ni qué decir de las muertes; desde pequeña he sentido temor cuando los vehículos aumentan la velocidad, y, a diferencia de la mayoría de mis otros miedos o problemas, mis abuelos parecían comprenderlo y evitaban ir muy deprisa. A mitad del camino empiezo a cuestionarme si ir a la casa de un desconocido sea realmente buena idea, es decir, nadie sabe dónde estoy, no tengo teléfono, ni dinero, estoy herida y luchando con las pocas fuerzas que me quedan en no ceder ante mis ataques de pánico. Para ser amante de los documentales de asesinos en seriales y programas policiales estoy fallando y obteniendo todo el potencial para ser la víctima perfecta. No quiero retar al destino, pero no creo que las cosas puedan ponerse aún peor de lo que ya se encuentran, y ni qué decir de todo el problema que tendré al llegar a casa y enfrentar a los abuelos por discutir con Allison. Estás con un desconocido, tonta, presta atención a la ruta que toma para que puedas ubicarte al menos. Acertó, el trayecto duró aproximadamente media hora, y el amable desconocido se detiene en un edificio con aspecto antiguo y que no parece haber sido pintado desde hace años, ubicado a dos calles de Disturbia, estaciona su moto y me ayuda a bajar. Abre con facilidad la reja de la entrada y subimos hasta el último piso, ¿la mala noticia? No hay ascensor y el castaño de ojos esmeralda vive en el noveno piso.  Apenas ingresamos al apartamento examino el lugar con curiosidad; es pequeño, un solo ambiente amoblado con una cocina pequeña, lo que parece ser su habitación y un baño. Bueno, parece que vive solo, y no creo que necesite más espacio. Intento hallar algo que me indique más datos sobre él, pero no hay nada, ni cuadros, ni posters con bandas musicales, ni libros. -       Tranquila, no planeo secuestrarte ni asesinarte – bromea – ponte cómoda, iré al baño a traer el botiquín. Me atrevo a mover el pañuelo y revelar la herida en la palma de mi mano, me parece imposible no haberme dado cuenta de lo que estaba haciendo, ¿quién en su sano juicio no se percata que está aplicando mucha fuerza sobre un rosario? Alguien que se sumerge en su propio dolor y olvida al resto del mundo. No es enojo, Noelle, lo que tú sientes es ira, y es peligroso lo que puedes llegar a hacer en ese estado, no sólo a ti misma, sino a los demás. Al menos Eric no se sorprenderá al llegar a casa, debería disculparme mañana en la cita, sería lo correcto para evitar tener más problemas. -       No sabía que eras de esas fanáticas religiosas – comenta el extraño sentándose a mi lado – te diré la verdad, esto va a doler, y mucho. -       ¿Te han dicho que eres una persona demasiado optimista? Apuesto a que sí – contesto sarcásticamente antes de sentir el alcohol sobre mi piel – Mierda – me quejo y soplo sobre la palma de mi mano – pudiste tener más delicadeza. -       Y tú pudiste ir a un hospital – contrataca con un ligero aire de superioridad – te pondré una gasa y vendaré tu mano para evitar contacto, tu piel quedará sensible un tiempo. -       ¿Estudias medicina o algo relacionado a la salud? – pregunto al observar lo completo que se ve su botiquín y la forma en la que vendó mi mano. -       Tengo experiencia con los golpes y me gusta meterme en problemas – responde restándole importancia – y por lo visto tú también, noté que tus nudillos estaban lastimados. -       ¿Sueles meterte en muchos problemas? – ignoro su último comentario y decido hacerle otra pregunta, no es un secreto que aquel guapo y alto chico que conocí hace apenas un par de días es un vendedor de drogas, debe ser un empleo peligroso, esperen ¿es considerado un empleo? -       ¿Me lo pregunta la chica que estaba cometiendo actos de vandalismo en uno de los barrios más lujosos de la ciudad? – el castaño enarca su ceja y se levanta para guardar el botiquín. -       Bien, entendí, no te interesa contarme tus cosas – digo rindiéndome. -       Me divierte este juego – explica – dos desconocidos que únicamente conocen la soledad se unen para pasar el rato sin las típicas reglas de presentación aburridas. -       ¿Qué te hace pensar que estoy sola? - ¿En serio acabas de preguntar eso? ¿Necesitas que un extraño te recuerde lo patética que eres, Noelle? -       Déjame decirlo de otra forma: tengo la teoría de que nadie en tu entorno te entiende. Y estás cansada de ser juzgada, entonces te resignas a la idea de que es mejor estar sola – susurra acomodando un mechón de mi cabello detrás de mi oreja. -       Grábalo bien en tu mente, te lo dije antes y lo repetiré sólo una vez más: no necesito que me analices, si quieres jugar a ser Freud busca a alguien más – digo haciendo una pausa después de cada palabra, hablando como si fuera un tonto. ¿Recuerdas al Jenga? ¿lo has jugado alguna vez? Por si no te acuerdas o no llegaste a jugarlo, es ese juego de mesa en el que hay una torre conformada por piezas de madera, las cuales hay que ir retirando una por una según los turnos de los jugadores, pierde el jugador al que se le cae la torre. Eric nunca me permitió jugar al Jenga muchas veces, porque es un juego incierto, que suele poner nerviosos a los participantes, ninguno sabe quién será el que, en un descuido, derribe la torre, y lo incierto genera ansiedad. Siempre he comparado vivir con constantes ataques de pánico con jugar al Jenga. Sabes las reglas, que en algún punto de la partida la torre caerá, y te esfuerzas en retirar cada pieza con sumo cuidado, resistes todo lo que puedes, aunque conoces el resultado final. O como una ruleta rusa, donde cada que alguien aprieta el gatillo nos tiene a la expectativa, con el corazón bombeando con fuerza, amenazando con salir por nuestra boca, nos olvidamos incluso de cómo respirar, hasta que los pulmones nos avisan que necesitamos oxígeno. Y entonces, Cuando menos te das cuenta… O menos te lo esperas. Boom. Sucede. La torre se derrumba, la bala se dispara. Y las primeras señales del pánico se manifiestan.
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