4. Los dos hombres de mi vida.

1998 Words
Las primeras luces del amanecer empiezan a entrar por las persianas del estudio, dibujando líneas suaves de luz sobre nuestros cuerpos entrelazados. El calor de la noche aún palpita en mi piel, y por un momento, me quedo quieta, disfrutando de la sensación del pecho de David subiendo y bajando bajo mi mejilla. Se siente como un respiro después de una tormenta, un raro momento de paz. David se mueve, y sus dedos se enredan en mi cabello. No dice nada; simplemente permanece en silencio, acariciándome con una ternura que casi había olvidado. Este es el David que conocí al principio, el hombre que me enamoró con su mezcla de fuerza y vulnerabilidad. En este instante, parece que hemos vuelto a ese tiempo, antes de que el mundo se volviera tan complicado, antes de que las decisiones y los secretos crearan un abismo entre nosotros. Pero el reloj en la pared sigue avanzando, recordándome que el tiempo no se detiene. —¿En qué piensas? —pregunta David, su voz ronca por el sueño. Me apoyo en mi codo para mirarlo. Su rostro está más relajado, pero sus ojos aún muestran esa mezcla de deseo y preocupación. —Pienso en nosotros. En cómo podríamos hacer que las cosas funcione... los tres. David suspira, su expresión cambia, se ve serio. —Nunca imaginé que estaría en esta situación. —Su mano se desliza por mi brazo y toma mi mano—. Pero, por alguna razón... siento que vale la pena intentarlo. Quizás porque, después de todo, no quiero perderte. —Te amo por eso, pero... también necesito ser honesta con lo que siento por Carter. Nos quedamos en silencio, pero no un silencio tenso, como los que hemos tenido antes. Este es un silencio de aceptación, de que el amor no siempre es fácil ni recto. A veces, es un laberinto. David me jala hacia él y me besa con suavidad, sus labios cálidos y firmes contra los míos, se siente como un ancla, como si estuviéramos reafirmando algo que apenas empezamos a reconstruir. Después de unos momentos, me separo y lo miro a los ojos. —Tal vez... podríamos tomar esto día a día —sugiero—. No tenemos que decidir todo ahora. Podemos ver cómo nos sentimos, cómo vamos manejando las cosas. David asiente lentamente. —Eso suena… razonable. —Sus dedos trazan la línea de mi mandíbula—. Pero quiero que sepas que estoy dispuesto a luchar por ti, amor. Sonrío, sintiendo un calor familiar en mi pecho. —Y yo por ti, David. Pero también quiero ser sincera con mis sentimientos. Quiero poder vivir con todas mis partes, sin tener que elegir entre lo que me hace feliz. Asiente de nuevo, y hay algo más relajado en su postura, como si estuviera empezando a aceptar la idea. —Supongo que es cuestión de adaptarse a las circunstancias —dice con una sonrisa irónica—. Nunca imaginé estar en una situación así, pero es lo que hay. Nos quedamos ahí, abrazados, sintiendo el calor del sol que ya comienza a entrar en el estudio. Nos levantamos lentamente, y mientras él se viste, puedo sentir sus ojos en mí, cargados de una mezcla de ternura y deseo. Me acerco y le doy un beso suave en los labios antes de girarme hacia la puerta. —Vamos a tomar un café—sugiero, tratando de aligerar el ambiente—. Lo necesitamos. David sonríe, y por primera vez en mucho tiempo, parece esperanzado. —Sí —suena casi a una promesa. Bajamos a la cocina, y mientras preparo el café, siento sus manos deslizarse alrededor de mi cintura. Me inclino hacia atrás, dejándome llevar por la calidez de su abrazo, y cierro los ojos, disfrutando del momento. Este es un paso pequeño, pero es un paso. Los días siguientes David y yo estamos más cercanos que nunca, pero hay un nuevo equilibrio que tratamos de manejar. Nos comemos a besos en la cocina, hacemos el amor en cada rincón de la casa, es como si estuviéramos redescubriendo lo que significa ser pareja. Es como si la pasión que había estado oculta por años estuviera volviendo con mayor intensidad. Una noche, después de cenar, David se me acerca con una botella de vino. —¿Te apetece un poco de vino y una charla en el balcón? —pregunta con una sonrisa que hace que mi corazón lata más rápido. Asiento, aceptando el vaso que me ofrece. Nos sentamos juntos, bajo las estrellas, y mientras el vino fluye, las palabras se vuelven más sinceras. Hablamos de lo que nos asusta, de lo que nos excita de esta nueva dinámica. David me toma la mano y me mira con una profundidad que me hace sentir segura, amada, deseada. —Sigo teniendo miedo, ¿sabes? —admite, su voz apenas un susurro—. Pero contigo aquí, es un miedo que puedo enfrentar. Me inclino y lo beso con ternura, sintiendo cómo se relaja. Esta vez, cuando me jala hacia él, me besa con pasión, sus manos bajan por mi cintura, recorren mis caderas, abriéndose paso en mis muslos. —Te amo —susurra, mientras me besa en el cuello, y me voy aferrando a su cuello con cada embestida, hasta llegar al orgasmo. Un par de meses después... El corazón me late con fuerza mientras me miro al espejo por última vez. La idea de lo que estoy a punto de hacer me llena de emoción y nerviosismo. Es una tarde cálida, y las ventanas están abiertas, dejando entrar una suave brisa que me calma un poco, pero no lo suficiente para silenciar el caos que se ha apoderado de mi mente. Hoy es el día en que los dos hombres de mi vida se encontrarán cara a cara. David sabe que esto iba a pasar en algún momento, pero aun así, la idea me parece surrealista. Llevo dos meses intentando equilibrar mi amor por David y mi pasión por Carter. Pero la realidad de lo que está a punto de ocurrir todavía me deja sin aliento. Me detengo un momento en el pasillo, respirando hondo, tratando de calmar los nervios que se apoderan de mí. La puerta de la casa está entreabierta, y el sonido de los pasos de David, moviéndose en la sala, me hace acelerar el corazón. Escucho el timbre, y todo dentro de mí se tensa. Carter ha llegado. Me siento atrapada en un momento decisivo, uno que cambiará el curso de nuestra relación para siempre. David se levanta del sofá, lanzándome una mirada que, aunque serena, está cargada de algo indescriptible. Hay una intensidad en sus ojos que me recuerda por qué sigo amándolo. Es el hombre con el que he compartido mi vida, y ahora estoy a punto de traer a Carter a nuestro mundo, sabiendo que esto no será fácil para ninguno de los dos. Me acerco a la puerta y la abro, Carter me mira, como siempre, confiado y relajado. Su presencia siempre me ha dado una sensación de libertad, de emoción. Me sonríe, y esa chispa entre nosotros sigue viva, fuerte, como el primer día. Lo invito a entrar, y su mirada se desliza hacia el interior de la casa, hacia David, que lo espera en el umbral de la sala. Los dos se miran por primera vez, y el aire se vuelve denso, cargado de algo palpable. Hay tensión, sí, pero también una curiosidad silenciosa, una especie de desafío no dicho. —David —digo, con voz más firme de lo que esperaba—, te presento a Carter. David asiente lentamente, sus ojos recorriendo a Carter de arriba abajo. Puedo ver cómo se tensa, pero su rostro no muestra emociones claras. Está conteniéndose. Es como si cada fibra de su ser estuviera luchando por mantenerse bajo control. —Un placer —dice David finalmente, extendiendo la mano con un gesto calmado, pero sé que está ardiendo por dentro. Carter, por su parte, estrecha su mano con seguridad, manteniendo esa actitud tranquila que siempre lo ha definido. —El placer es mío, David. Gracias por... bueno, por estar dispuesto a esto. La sala está tan silenciosa que puedo escuchar mi propio corazón. Carter se sienta en uno de los sillones, y yo me siento a su lado, mientras David permanece de pie, observándonos. Su mirada se fija en nosotros, y noto una mezcla de emociones en sus ojos: celos, deseo, y algo más profundo que no puedo descifrar. David camina lentamente hacia nosotros y se sienta frente a Carter. Cruza las manos, apoyándolas en sus rodillas, y el ambiente se carga de una tensión que casi se puede tocar. Hay algo en su postura, en la manera en que mira a Carter y a mí, que me hace pensar que esto está despertando algo en él, algo más allá de los celos. Una especie de despertar primario, como si la idea de compartir lo que siente por mí lo impulsara a querer marcar su propio territorio. De repente, David se inclina hacia adelante, su mirada fija en mí, y siento cómo la atmósfera cambia, cómo el aire se electrifica. —No puedo negar lo extraño que es esto —dice con una calma engañosa, sus ojos ardiendo con una mezcla de emociones—. Pero Ada… —Hace una pausa, como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras—. Estoy dispuesto a hacer lo que sea por ti. Y si esto es lo que necesitas, aquí estoy. El calor sube por mi cuello, y el deseo que siempre ha estado entre David y yo comienza a despertar nuevamente. Pero ahora, con Carter aquí, ese deseo se siente diferente, más intenso, más cargado de algo que no había anticipado. Es como si la presencia de Carter encendiera una chispa en David que había estado dormida, y puedo sentir la pasión creciendo en él. Carter me toma de la mano, y siento la fuerza de su toque, su presencia siempre tan calmada, tan segura. Su cercanía provoca en mí esa chispa de aventura, esa emoción que siempre he buscado. Pero ahora, con David observando cada movimiento, esa chispa se convierte en una llama. Me volteo hacia él y veo que sus ojos están fijos en nuestras manos entrelazadas. David se pone de pie y, sin decir una palabra, se acerca a mí. Me toma por la cintura, sus dedos firmes y decididos, y me jala hacia él con una intensidad que no había sentido en años. Me besa, de forma urgente, como si estuviera reclamando algo, y yo respondo, perdida en el momento. La sensación de sus labios sobre los míos, su cuerpo contra el mío, me envuelve, y por un instante me olvido de todo, de Carter, de las complicaciones. Solo existimos David y yo, en ese beso. Cuando finalmente nos separamos, respiro con dificultad, y veo a Carter mirándonos con una sonrisa pequeña, cómplice. El fuego en los ojos de David no ha desaparecido. De hecho, parece haber crecido, y sé , sin lugar a dudas. —Esto... es lo que quiero, Ada —dice David, su voz ronca por el deseo—. Quiero que seas mía, pero... también entiendo lo que sientes por él. Y si eso significa que lo tengamos todo, entonces estoy dispuesto a intentarlo. La tensión en el aire se vuelve casi insoportable, pero en lugar de apartarme siento que el deseo me consume. Las miradas entre los tres se vuelven más intensas, más cargadas de lo que puedo soportar. Mi respiración es pesada, y puedo sentir cómo mis dos mundos, los dos amores de mi vida, se entrelazan de una manera que jamás habría imaginado. Carter se levanta y se acerca a nosotros, sus manos cálidas encontrando las mías. Su toque me tranquiliza, y al mismo tiempo, alimenta el fuego que arde en mi interior. Y en este instante, sé que he dado el paso final. No hay vuelta atrás.
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