David y yo nos quedamos en silencio, todavía entrelazados bajo las sábanas. Siento su respiración suave contra mi piel, un ritmo que poco a poco me llena de tranquilidad. Después de todo lo que ha pasado entre nosotros, estar así, en este instante, se siente casi irreal. Como si, de alguna manera, hubiéramos encontrado una calma que nunca creí posible. Araricia mi espalda lentamente, como si sus manos estuvieran trazando cada línea de mi cuerpo, memorizando cada detalle. Su toque es suave, pero con una intención que me recuerda lo profundo de nuestro vínculo. A pesar de todo lo que hemos vivido y todo lo que nos ha separado, su amor sigue aquí, palpable en cada gesto. —Ada —dice después de un largo rato, rompiendo el silencio con su voz baja—, no sé qué pasará mañana. No sé si esto podrá

