Capítulo 1

1495 Words
«Mi nombre es  Jennifer  y hago llorar a los  nerds». ―Jennifer ―¿Quién me quitó los libros? ―Preguntó una voz que al principio no supe reconocer. El salón quedó en pleno silencio. Alcé la vista, desinteresada, y volví a concentrarme en el color escarlata de mi esmalte para uñas. Alguien necesitó que inventar un aplicador de esmalte, pensé. Odiaba tener que retocarlo cada día. Aunque ¿qué más daba si lo inventaban o no? Para mí ya no tenía importancia. Yo solo quería que mis uñas se vieran bien por hoy. Hoy y listo Pensando en el número que había tachado hora atrás en el calendario de mi casa, le di la segunda mano a la uña de mi dedo índice izquierdo. Una vez que terminé de pintar esta, acerqué la mano a mi rostro y soplé con suavidad para secar el esmalte. Entonces, sin previo aviso, una voz interrumpió mi trabajo de cada mañana. ―Devuélvemelos. Fue cuando alcé la vista, interesada en saber de quién era la voz masculina y suave que estaba hablando, que mis mejillas y las infladas para volver a soplar las uñas se vaciaron antes de tiempo y mis pulmones dejaron de funcionar. ¿ Esa  era la voz de Joshua Feehan? Parpadeé, incrédula, y entonces me encontré con sus ojos fijos en los míos. Esperen, ¿él estaba hablándome a mí? ―Dije que me los devuelvas ―repitió con mayor énfasis. Sí, era oficial: estaba hablándome a mí. Joshua Feehan, la única persona a la que jamás había oído alguna vez susurrar, estaba intentando verso autoritario frente a mí. Y sí, estaba fallando miserablemente. Podía que su rostro tuviera anguloso y que sus rasgos proclamaran cierta masculinidad prematura, pero su mirada de cachorro mojado y sus cejas de bebé le hubieran perdido cualquier rastro de bravucón que quisiera demostrar en ese instante. Más aún con los anteojos redondos que claramente aumentan y el patético peinado con una raya al costado. En conjunto, su rostro gritaba: ¡soy nerd! ―¿Devolverte qué? ―Balbuceé bajando la vista desde su rostro hacia el suéter verde, el pantalón gris de franela, y sus zapatos negros y brillantes. ―Mis libros ―reclamó. Levanté la mirada con rapidez y un tinte rojizo se arremolinó en sus mejillas. ―¿De qué libros hablas? ―indagué mirando a cada uno de mis compañeros, quienes como siempre lucían más interesados en mis reacciones que en sus propias vidas. ―Los que tenía encima de mi escritorio, tú me los quitaste. ¡Devuélvemelos! Escuché unas cuántas risas alrededor, las cuales parecían deleitarse ante la escena frente a sus ojos. Así que querían una escena, ¿eh? ¿Qué más se podía decir de mí?, me pregunté. Al fin y al cabo, lo peor ya lo habían dicho. ¿Qué tan malo podía ser que me tomaran como una robalibros? Y de cualquier modo, después de hoy ya nada importaría. Absolutamente nada. ―No te los devolveré, sabelotodo ―dije con arrogancia, soplando las uñas de mis manos, en una increíble actuación de verdadera perra. ¿Ustedes lo querían? Ahí lo tienen, quise decirles. Esa era mi versión que ellos parecían amar, la única que conocían y que, por supuesto, ellos mismos habían creado: Jennifer "La Perra" Whitney. Sí, esa era yo. Y acababan de presenciar mi primer cruce de palabras con el chico más callado de la clase, a quien no le habían inventado una reputación porque él mismo se había encargado de forjarla con el paso de los años: Joshua "El Nerd" Feehan. A Joshua nunca antes le había hablado, es decir, jamás existió, ni existiría, un punto de convergencia entre la perra y el nerd de la preparatoria. Desde que habíamos comenzado la escuela, él vivía encerrado en su mundo; entre páginas de libros, supongo. Y en los tres años que llevábamos cursando las mismas clases, ni siquiera me había tomado el tiempo para burlarme de él y sus estúpidas cosas de niño inteligente (aspecto que, seguramente, alguien pasó por alto y no añadió a mi lista de las cosas malas que supuestamente había hecho). Quiero decir, ¿por qué habría de tener tiempo para Josh cuando podría estar teniendo sexo con medio mundo, abortando mis embarazos, rompiendo cosas a mi alrededor y sobornando a los profesores? Irracional, sí. ―Y-yo... los necesito ―oí entonces que murmuró, ya sin la rudeza que había intentado transmitir segundos antes. Cuando lo miré, su vista detrás del vidrio de sus anteojos parecía empañada. ¿Estaba llorando? Mierda. El resto de mis compañeros comenzó a reír y al instante quise retractarme de haberle contestado de ese modo. Yo, más que nadie, sabía lo que era que la gente se riera de uno. Horrible era una palabra pequeña para describirlo. Lo había vivido los primeros años en la preparatoria, oyendo cómo todos murmuraban palabras hirientes a mis espaldas, y también cosas que yo supuestamente había hecho pero que ni siquiera se habían atrevido a preguntarme si eran ciertas. En aquellos tiempos, llorar a mares al llegar a casa había sido mi única forma de afrontar las acusaciones. Hasta que me había acostumbrado, no a llorar, sino a ignorar. Pero ahora era yo la que había hecho sentir mal a otra persona y... en serio, yo no era así. Al menos, no con personas que no lo merecían. ―Felicitaciones, Jennifer ―festejó una voz a lo lejos―, acabas de hacer llorar a un chico. Giré mi cabeza en ciento ochenta grados y clavé mis ojos en Paul. Maldito idiota, quise gruñir. No entendía cómo era que me había enamorado de él años atrás. Quizá me habían cautivado sus deslumbrantes ojos azules, pero no podía justificar que me atrajese su nulo sentido del humor, ni esa arrogancia que se escondía en cada una de sus incipientes sonrisas. Recuerdo que terminé agradeciendo el día en que besó a Claire (hacía ya un año), porque entonces lo había odiado tanto que gracias al cielo había podido ver cuán idiota era y desenamorarme de él. ―Eres el próximo en mi lista ―le aseguré adoptando un tono que, más que una amenaza, advertía una promesa. Una promesa que no cumpliría, claro. Porque sería tarde. ―Inténtalo, perra ―gruñó lanzándome un guiño. Rodé mis ojos y volví mi vista adelante para encontrarme con que Josh no estaba. No había rastro alguno de él. ¿Y qué querías? ¿Que llorara a moco tendido frente a ti? Convirtiendo mis manos abiertas en apretados puños, sentí cuando las uñas se me clavaron en las palmas. ―¿Quién le quitó los libros? ―pregunté, molesta, queriendo saber quién le había jugado esa broma tan estúpida. Por Dios, ¿qué tipo de persona se atrevía a bromear con los libros de alguien? O mejor dicho, ¿quién era tan idiota como para meterse con los libros de un nerd? ―Tú ―acusó Emma, estirando uno de sus largos rizos castaños con su dedo. ―¿Quién le quitó los libros? ―repetí ignorándola. Ella era castaña, sin embargo, tan tonta como las rubias de las películas cliché. Nadie respondió―. Respondan ―gruñí sin saber por qué su silencio me molestaba tanto. ―Fui yo ―dijo repentinamente Aaron. Claro que había sido él, imbécil. ¿Cómo no lo supuse? El maldito bravucón riéndose del indefenso nerd. ¡Qué original!―. Sólo quería saber si el tímido Josh sería capaz de hacerte frente ―rió. Sí, al parecer querían más escenas que involucraran a la perra de la preparatoria. ―¿Por qué le dijiste que había sido yo? ―mascullé. ¿Acaso no era suficiente con que me vistiera según sus jodidos estereotipos? ¿Acaso ya se habían aburrido de mis comentarios sarcásticos? ¿O es que tenía que hacer algo más atrevido para conformarlos? Quizá, pensé, querían que avanzara al siguiente nivel. Aunque pensándolo bien, ¿qué podía ser peor? Aaron apretó la mandíbula al ver mi gesto indiferente. ―¡Qué perra! ―escupió mirándome con desagrado―. Cómo se nota que eres engreída, ¿eh? Ni siquiera miras a tu alrededor. Para ti todo es «yo esto, yo lo otro». Yo, yo, yo. Típico de perras como tú ―agregó meneando la cabeza―. Estás tan sumida en tu propio mundo que no adviertes que el tonto y tímido nerd al que acabas de insultar está patéticamente enamorado de ti ―canturreó con tono meloso. ¿En serio? Reí con fuerzas. No les bastaba con decir que era asesina, que mataba a los niños que llevaba dentro de mi barriga a causa de inexistentes relaciones sexuales, que hasta inventaban rumores acerca de un nerd enamorado de mí. Increíblemente penosa mi vida, sí. ―Déjate de estupideces, Aaron ―pedí sin poder esconder mi indignación, y a la vez, incapaz de contener la risa que me causaba tal disparate―. Y por favor, devuélvele los libros a Josh. ―¡No me digas que ahora te preocupa un iluso niño llorón! ―exclamó Paul, interviniendo y haciendo presente su tono sarcástico. Arqueé mis cejas con repugnancia. ―Claro que no, idiota. Solo no quiero que mi conciencia cargue con la culpa de haber hecho llorar a un nerd ―dije escéptica y me senté correctamente mientras veía cómo la profesora de Historia entraba al salón. Pero entonces, cuando vi vacío el asiento donde Joshua siempre se sentaba, la decisión que había tomado días atrás comenzó a tambalearse. Y por más arrogante que hubiera querido sonar frente a mis compañeros, comencé a preguntarme qué pasaría si me esforzase una última vez por hacer las cosas bien. Antes de que hubiera terminado la clase, mi decisión había cambiado. Todo por un chico al que nunca antes le había hablado. Y claro, por sus estúpidos ojos lacrimosos.
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