— Buenos días, George. — le extiendo mi cartera y con extrema seguridad niega. — Pasa, Vale. — ¿No revisarás mi bolso ahora?. — Ahhh, no. Eres la jefa. ¡Jefa mis calzones! — Vamos, Georges, no hagas distinción por eso. — le lanzo el bolso en los brazos, lo cacha y me lo vuelve a lanzar. — Lo siento, Val, órdenes directas del jefe. — ¡El jefe me la…!— me detengo de golpe al darme cuenta de la barbarie que estaba por decir enfrente de todos los demás empleados (los cuales por cierto, ya me odian). — ¡Solo revísala!— se la lanzo una vez más. la cara de malas pulgas de George y los murmullos a mis espaldas de los empleados que quieren entrar a la editorial no me ayudan a suprimir el estrés que siento desde que Úrsula llegó esta mañana, o desde que recibí el mensaje de Max pidiéndome qu

