La celebración fue como lo habían planeado mi madre, mi suegra, Magda y Susana, a la que se unió en esta ocasión Katy la madre de José Eduardo, que llegó a pasar el fin de año con su hijo. —¿Mami ya puedo quitarme esto? —Ernesto me preguntó tocándose el corbatín—. Ya entregué los anillos. —Sí, claro que sí mi amor. ¿Estás contento? Lo senté en mis piernas, estaba cansada de tantas fotos y protocolo, pero no quería quitarme el vestido aún, pasaremos la noche en un hotel y mañana viajamos a Villavicencio. —Soy el niño más feliz y afortunado del mundo mundial. —Me reí de su redundancia—. Tengo a mi mamá que parece un ángel, aunque no seas mi mamá, como me dijo Eros, lo eres de lo más importante. —¿Y cuál es esa? —tenía el corazón esponjado de tanta felicidad. —Del corazón y del alm

