EL CAZADOR Y LA PRESA

851 Words
Leonard Llevaba nueve días sin Isabella Torres. Nueve días de caos, incompetencia y frustración. Los pasillos de Blackwell Enterprises se sentían vacíos. Las reuniones eran un desastre sin su precisión. Y yo… yo estaba malditamente irritado. No porque la necesitara. Claro que no. Era porque nadie hacía el trabajo como ella. Eso era todo. O al menos, eso me repetía mientras mi nueva secretaria confundía un contrato de veinte millones con un menú de restaurante. —Suficiente. —Mi voz fue un rugido que la hizo saltar—. Está despedida. La joven salió casi corriendo de la oficina, y yo me dejé caer en la silla con las manos en las sienes. "¿Dónde demonios está, Isabella?" Llamar a Recursos Humanos no sirvió de nada. Su expediente solo decía “renuncia voluntaria” y “sin contacto posterior”. Pero yo no llegué a ser Leonard Blackwell dejando cabos sueltos. Llamé a un investigador privado. En menos de veinticuatro horas tenía la respuesta: "Actualmente trabajando como asistente administrativa en el bufete de abogados King & Cole." Una sonrisa peligrosa se dibujó en mis labios. Perfecto. Isabella Era extraño… y hermoso. Trabajar en un lugar donde la gente decía “gracias” y “buen trabajo” en vez de gritar órdenes. Aquí nadie esperaba que yo leyera la mente de mi jefe o soportara humillaciones públicas. El bufete King & Cole era modesto, pero acogedor. Mis compañeros me invitaban a almorzar y me preguntaban cómo estaba. Y mi jefe, Andrew Carter, era joven, inteligente, y —lo más sorprendente— humano. —Isabella, el informe que preparaste para la audiencia está perfecto. Eres increíble —me dijo esa mañana con una sonrisa sincera. Me sonrojé un poco. —Gracias, Andrew. Solo intento hacer bien mi trabajo. —Lo haces mejor que eso. Espero que este lugar esté siendo lo que mereces. Sonreí. Lo era. Por primera vez, sentía que pertenecía a un entorno donde no tenía que luchar cada segundo para ser valorada. Leonard Entré en King & Cole como si el bufete fuera mío. El recepcionista tartamudeó al verme. —¿En… en qué puedo ayudarlo, señor…? —Blackwell. Leonard Blackwell. Vine a hablar con Isabella Torres. —Lo siento, pero la señorita Torres ya no trabaja aquí. Mi ceño se frunció. —¿Cómo que no? —Fue contratada la semana pasada por otra empresa. Una firma de consultoría internacional. Pagan mejor y la reclutaron directamente. Me quedé en silencio, procesando esa información. Así que no solo no volvió… ahora está escalando. —¿El nombre de la empresa? —pregunté, mi voz tan fría que el pobre recepcionista casi se congela. —Wellington Consulting Group. Un nombre grande. Demasiado grande. Perfecto. Si Isabella pensaba que podía desaparecer sin dejar rastro, estaba muy equivocada. Leonard En menos de un día, ya tenía una reunión programada con Wellington Consulting Group. Les ofrecí un convenio millonario con Blackwell Enterprises. Claro, “para explorar sinergias empresariales” era la excusa oficial. La realidad era otra. Yo quería ver a Isabella Torres. Isabella Cuando el correo interno anunció que Blackwell Enterprises vendría a una reunión de convenio, sentí un escalofrío. No podía ser él. No tan pronto. Pero cuando la puerta de la sala de conferencias se abrió, ahí estaba. Leonard Blackwell. Traje oscuro. Mirada de hielo. Presencia arrolladora. Mi respiración se cortó por un segundo, pero me forcé a mantener la compostura. —Señor Blackwell. —Saludé con un tono neutral. Sus ojos grises se fijaron en mí como si hubiera encontrado algo que le habían robado. —Señorita Torres. Veo que no perdió el tiempo. —Siempre es bueno avanzar —respondí sin darle el gusto de verme temblar. A su lado, Andrew Carter se mantuvo sereno, aunque su mirada no dejó de vigilar a Leonard. —¿El señor Blackwell es un antiguo jefe? —preguntó Andrew cuando Leonard se excusó momentáneamente para hablar por teléfono. —Lo era —respondí, intentando sonar casual. —Bueno, aquí estás mejor valorada. Y espero que te quedes mucho tiempo. Sonreí. —Eso espero también. Cuando Leonard volvió, su mirada se endureció al vernos conversando y sonriendo. ¿Celos? No. Leonard Blackwell no siente celos, me dije. Pero sus ojos parecían decir otra cosa. Leonard Andrew Carter. Joven. Carismático. La miraba como si fuera la estrella más brillante en su cielo. Y lo peor… ella sonreía. Esa sonrisa genuina que rara vez me mostró a mí. Mi mandíbula se tensó. No me importa, me repetí. Pero sí me importaba. Más de lo que estaba dispuesto a admitir. Cuando terminó la reunión, me acerqué a Isabella, apartándola discretamente. —Torres. Quiero que considere volver. —No puedo —dijo sin dudar—. Aquí estoy bien. Me respetan. Me valoran. —Le pagaré el doble. —No es el dinero, señor Blackwell. Es cómo me hizo sentir trabajar para usted. Y no pienso volver a eso. Por primera vez, no supe qué decir. Ella se apartó con elegancia, dejando en mi pecho una sensación desconocida. No derrota. Era peor. Era… pérdida.
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