Leonard
Cada vez que entraba a Wellington Consulting, sentía cómo un fuego frío me recorría el cuerpo. No era por los números, los proyectos ni las proyecciones de crecimiento.
Era por ella.
Isabella Torres.
Allí estaba, caminando por los pasillos con esa serenidad que solía irritarme… y que ahora me obsesionaba. Vestía un traje elegante pero sencillo, su cabello recogido en un moño impecable, y esa sonrisa… esa maldita sonrisa que jamás me dedicó en Blackwell Enterprises.
Andrew Carter, su nuevo jefe, la trataba con un respeto casi afectuoso. La felicitaba, le pedía opinión en las reuniones, incluso le ofrecía café sin que ella lo pidiera.
Patético, pensé.
Pero una parte de mí… lo envidiaba.
Leonard
En la tercera reunión de convenio, mi paciencia se agotó cuando Andrew la llamó “Isa”.
Isa.
Como si tuviera algún derecho a acortar su nombre.
Mis dedos se crisparon sobre la carpeta de contratos.
No podía permitirlo.
No podía perderla.
Ella era mía.
No legalmente, no en un sentido romántico… pero mía al fin y al cabo. Había sido mi asistente, mi mano derecha, mi tormento y mi alivio. Nadie más podía ocupar ese lugar.
Si ella no quiere volver por voluntad propia… haré que no tenga opción.
Leonard
Esa noche, en mi oficina, llamé a mi equipo de analistas y abogados.
—Quiero un informe completo sobre Wellington Consulting. Todo. Deudas, litigios, contratos pendientes, relaciones con inversores. No me importa cómo lo consigan, pero quiero sus puntos débiles sobre mi escritorio en 48 horas.
—¿Algún objetivo en particular, señor Blackwell? —preguntó uno de mis abogados.
—Sí. Voy a hacerles una oferta que no podrán rechazar. Pero a cambio… quiero a Isabella Torres de vuelta en mi empresa.
Isabella
—Isa, la reunión de hoy estuvo perfecta. Has sido clave para que el señor Blackwell se interese en trabajar con nosotros. —Andrew sonrió, apoyándose en la esquina de mi escritorio.
Yo sonreí, aunque por dentro estaba inquieta.
—Gracias, Andrew. Pero… creo que su interés no tiene que ver tanto con la empresa como con… otra cosa.
—¿Con qué?
No respondí. No podía.
Pero lo sentía. Esa intensidad en los ojos de Leonard cuando me miraba. No era solo profesional. Era algo más. Algo que me asustaba… y me confundía.
Leonard
El informe llegó puntual.
Descubrí que Wellington tenía una vulnerabilidad: un proyecto internacional que dependía de un grupo de inversores que estaban perdiendo interés. Un agujero financiero esperando a ser explotado.
Perfecto.
Llamé a uno de mis contactos en ese grupo de inversores.
—Si retiro mi apoyo a su expansión en Asia, ¿qué pasaría?
—El proyecto se caería en semanas, Leonard. ¿Está considerando retirarse?
—Considerándolo seriamente.
Leonard
Dos días después, entré a una reunión en Wellington con una propuesta:
Una inversión millonaria que no solo rescataría su proyecto en Asia, sino que consolidaría su posición como una de las principales consultoras internacionales.
Andrew y el resto de los socios no podían creerlo. Era la mejor oferta que habían recibido en años.
Pero yo añadí una cláusula, con voz calmada:
—Hay una condición. Quiero que Isabella Torres regrese a trabajar para Blackwell Enterprises.
El silencio fue absoluto.
Andrew se tensó.
—Eso… eso no es algo que podamos negociar. Isabella es una parte importante de nuestro equipo.
—No es una solicitud —dije, con una sonrisa fría—. Es un requisito. Sin ella, no hay trato.
Andrew me fulminó con la mirada.
—¿Por qué le importa tanto una secretaria?
—Porque ella no es una secretaria cualquiera.
Isabella
Cuando Andrew me llamó a su oficina esa tarde, sentí un nudo en el estómago.
—Isa… tenemos que hablar. —Su tono era serio, casi dolido.
—¿Qué sucede?
—Blackwell ha ofrecido una inversión masiva para salvar nuestro proyecto en Asia… pero con una condición.
—¿Cuál? —pregunté, aunque una parte de mí ya lo sabía.
—Quiere que regreses a trabajar para él. Dice que no hay trato si no aceptamos.
Me quedé en silencio, con la sangre helada.
—No tienes que hacerlo —dijo Andrew, su voz más suave ahora—. Pero… si no lo hacemos, podríamos perderlo todo.
Leonard
Desde mi oficina, observé el edificio de Wellington por la ventana del coche.
Sabía que Isabella estaba allí, luchando con su conciencia.
Ella era una mujer con principios. Pero también una mujer que se preocupaba por los demás.
Tarde o temprano, vendría a mí.
Y cuando lo hiciera…
no la dejaría escapar otra vez.