No era el indicado

3255 Words
Un camarero con un impecable traje y peinado se acercó a la mesa para tomarles la orden. —Quiero el menú dietético —respondió Camila al camarero que se acercó a preguntar qué iban a ordenar. —¿Usted, señorita, qué va a pedir? —preguntó el camarero a Luana. —Estoy sin apetito, tomaré un jugo de naranja. Veo si hay algo que me llame la atención y luego te digo —se quedó con el menú. —Te ves mucho más delgada. ¿Estás comiendo bien? —preguntó Camila con una expresión complicada. —Estoy sin apetito —Luana estaba mirando su alianza. —No me preocupes, debes alimentarte, si no, tu cuerpo se va a debilitar —Camila percibió que ella estaba bastante débil; era médico, sabía cuándo alguien estaba mal de salud. —Estoy bien, en serio te lo digo —hizo un ademán con las manos. —Volviendo al tema... puedo arreglarte una cita con él... —desbloqueó el teléfono. —Camila, no insistas —colocó su mano sobre la pantalla para que no escribiera. —Lu, mis padres te adoran y además me encantaría tenerte como mi cuñada, debes cumplir ese capricho mío... antes de que lo enganche una bruja interesada —hizo un puchero con los labios. —Prometo que si hay un apocalipsis zombi y somos los únicos seres humanos vivos en esta tierra, que tienen la obligación de poblar el planeta, lo haré. Lo juro por este menú —pronunció con un tono de burla. —Eres malvada... tienes la oportunidad de estar con él y la desaprovechas... por hoy piénsalo, ya te dije que debes pensar en tu futuro —puso los ojos en blanco. Les trajeron lo que pidieron y Camila comió intentando convencer a Luana de que considerara tener una relación con su hermano. Luana no le prestó atención y notó que había visto de nuevo la figura conocida. Luego percibió que alguien la observaba, se dio vuelta y vio que era el mismo sujeto que había conocido en la cafetería esa misma mañana. Trató de taparse la cara con el menú para que no la reconociera, se sentía avergonzada. —¿Qué estás haciendo? —Camila se dio cuenta de que se estaba escondiendo de alguien y vio al apuesto hombre que observaba a Luana—. Creo que la persona de la que te estás escondiendo ya te reconoció, y te mira fijamente, deja de actuar como una niña —tiró del menú en sus manos. —¡Oh, no, está caminando hacia aquí! —exclamó nerviosa. —¿De dónde conoces a ese tipo? —Camila se sorprendió cuando vio quién era—. ¿Sabes quién es? —cambió su tono de voz tranquilo por uno nervioso. —Lo conocí esta mañana —confesó al morderse las uñas. El hombre se acercó a la mesa con los ojos clavados en ella. Traía puesto un traje n***o con camisa azul que hacía juego con el color de sus ojos. —Debo irme, recuerda que debo ir a atender unos asuntos personales —le guiñó un ojo y pagó la cuenta escaneando un código QR—. Te deberías relajar un poco, estás colorada —Camila se levantó, tomó su bolso y se fue. —Veo que el asiento está disponible ahora. ¿Puedo sentarme? —corrió la silla con una sonrisa en el rostro. *Maldita perra, primero quiere que me acueste con su hermano y ahora me abandona con un desconocido.* Luana vio a su amiga que la abandonaba y la maldijo por dentro. —Mi amiga se acaba de ir —suspiró—, puedes sentarte —le hizo un gesto de aprobación con una sonrisa. —Te ves hermosa, me gusta cómo te queda ese color —exclamó el hombre con una voz profunda, mientras clavaba sus ojos en los de ella—. ¿Te gusta el vino? —levantó la mano para pedir una botella. —Quiero un vino, de la mejor cosecha que tengan —le ordenó al camarero con naturalidad. —Está bien, señor Silvers, lo traeré enseguida —respondió el camarero. El hombre tenía un aire de superioridad que podía notar cualquier persona que estuviera a su lado. —¿Tienes novio? —preguntó mirándola fijo. —¿Por qué debería decírtelo? Apenas te conozco —respondió esbozando una sonrisa. —Me presento, mi nombre es Marcos —acercó su mano para estrechar la de ella—. ¿Cuál es el tuyo? —Soy Luana —le tomó la mano y la estrechó—. Sobre esta mañana... yo... —Bonito nombre. No hay nada que explicar, estabas llegando tarde al trabajo dijiste, con los nuevos registros de huella dactilar uno corre para que no le descuenten el día. Luana sonrió. —Exacto, ni siquiera pagan lo que deberían y uno no se quiere arriesgar a perder dinero llegando tarde —Luana se rió con él y se sonrojó por las palabras dulces. En ese momento llegó el camarero con la botella de vino y sirvió dos copas. —No estoy acostumbrada al alcohol, no suelo beber con frecuencia —dijo mientras Marcos levantaba su copa. —Un buen vino no hace mal —trató de convencerla. —Es verdad, un poco de vino no hace mal —Luana bebió el vino con lentitud. Fue fácil de persuadir. —El vino ayuda a liberar las emociones pasionales y a quitar el pudor… —bajó la mirada a su delicado cuello. —¿Sueles venir aquí con frecuencia? —hizo esa pregunta cambiando de tema porque sentía su cuerpo acalorado. —Puede ser, disfruto del ambiente —percibió que Luana estaba un poco sofocada por el color de su rostro—. Hay una terraza en el sector VIP, ¿te gustaría subir y tomar un poco de aire? —le ofreció mientras la escaneaba con la mirada. —Claro, me gustaría —aceptó porque estaba empezando a sentir los efectos del alcohol y tal vez la ayudaría a evitar el mareo. —Entonces sígueme —se puso de pie y le extendió la mano, ella la aceptó y caminó junto a él. Subieron en un ascensor al sector VIP; el lugar estaba ubicado en la terraza. Tenía un toque romántico, con flores y faroles que iluminaban sutilmente el lugar. La luna brillaba sobre la ciudad, se veía redonda y blanca, como un gran faro en el cielo nocturno, se sentía una brisa que movía ligeramente su cabello largo y la luz de la luna hacía brillar su hermosa piel blanca. Marcos no podía quitarle los ojos de encima a esa hermosa mujer; y no solo era hermosa, sino que parecía tierna y sincera. Caminaron hasta una baranda de la terraza, no había nadie más a su alrededor. Se podía ver el paisaje urbano de la ciudad de Nueva York. Las luces de la ciudad y la oscuridad de la noche creaban una hermosa visión para sus ojos. Luana se quedó observando con detenimiento el lugar, se sentía encantada. El silencio se hizo protagonista de la velada. —Estoy completamente soltero y sin compromisos —Marcos rompió el silencio respondiendo a una pregunta que nunca se le realizó. Luego un camarero subió con una botella de vino y dos copas que había encargado antes de que subieran. —Mi esposo nunca me trajo a un lugar como este —sintió que se le cerraba la garganta y dijo algo que no quería decir; inconscientemente, estaba a punto de llorar. —¿Estás casada? —la miró fijo, arrugando las cejas. —Lo estoy, es solo que... hace dos meses, mi esposo, él tuvo un accidente y se encuentra en coma. Perdón por mencionarlo, recién nos conocemos... —una lágrima corrió por las mejilla de Luana. —¿Por qué aceptaste venir acá si tu esposo está en coma en un hospital, luchando por su vida? —la interrogó. —Porque necesitaba despejarme. Además él y yo nos vamos a divorciar en cualquier momento. —respondió con un nudo en el pecho. —¿Estás tan decidida que no vas a darle un tiempo para siquiera pensarlo? —se apoyó de la baranda y la miró con escrutiño. —¿Qué pensarías si tu esposo prefiere hacer cualquier cosa menos pasar tiempo contigo, que ponga una excusa insulsa todo el tiempo? Lo mejor es liberarnos a los dos de esto, de una buena vez. No quiero perder más tiempo. —se le escapó una risa burlesca. —Entonces estás tomando la decisión correcta —le sonrió con sutileza —. ¿Por qué no se divorciaron antes? —Creo que aún tenía esperanzas en nuestro matrimonio. Pero no quiero aburrirte con mi historia. —apoyó ambos codos en la baranda y miró a la luna. —No te preocupes por eso, puedes hablar si quieres. Siempre y cuando te vayas a divorciar —Marcos descorchó el vino y sirvió para ambos. —No quiero hablar de eso, estoy en plan de superarlo y continuar con mi vida. No voy a cambiar de opinión—negó haciendo un ademán con las manos. —Estás determinada. —Cuando se sufre demasiado uno debe tomar una decisión. Creo que me merezco algo mejor. —El alcohol es la anestesia para el dolor del alma. A veces sirve para calmar el dolor —le entregó la copa de vino. Luana la agarró y agitó la copa con delicadeza; Marcos observaba sus delicadas manos en modo pensativo. —Cuando el efecto pase, el dolor va a ser más insoportable, es mejor esperar a curar y que el dolor cese lentamente —sin más remedio, tomó otra copa de vino. —Nunca estuve casado, no sé lo que se siente estarlo... —dijo mientras le acomodaba un mechón de cabello detrás de la oreja. Ella sintió una descarga eléctrica cuando él rozó su piel con sus manos, Luana no se negó, tal vez era por el efecto del alcohol que había adormecido sus sentidos de alerta. —No estuve casada por mucho tiempo. Para mí fue duro. No sé si lo recomiendo o si lo volvería a hacer —se rió con sorna de sí misma. —No era el indicado. Ella se rió y negó con la cabeza. —¿Cómo se supone que debería saberlo o darme cuenta? —lo miró con gracia. —Hay señales —se acercó a ella y la agarró de la cintura. —¿Cómo cuáles? —le sostuvo la mirada. —Lo primero es la atracción, luego esas personas deben conectar... Luena se congeló por un instante. Como Marcos notó que no se negó al contacto físico, se abalanzó e intentó besarla, pero ella lo esquivó. —No sé si estoy lista para dar un paso como ese ahora... es el primer día que vuelvo a la vida real luego de… —se justificó. —Lo entiendo... no te voy a presionar a hacer nada que tú no quieras —la soltó inmediatamente. —Gracias por comprender... —lo miró a los ojos y él le sonrió. —Soy todo un caballero —colocó una mano sobre su hombro y frotó sus dedos sobre su piel, se sentía tan suave y delicada que no daban ganas de soltarla. —Debo volver a casa, mañana tengo que ir al trabajo temprano y estoy un poco cansada —se alejó un poco al sentir su contacto físico, apoyó la copa de vino sobre una mesa de vidrio de la terraza. —¿Tienes cómo volver? —se acercó a ella. —En realidad vine en el automóvil de mi amiga, pero tomaré un taxi —estaba por dirigirse a la salida. —Es un poco peligroso que esperes un taxi sola a esta hora de la noche, además es difícil encontrar uno vacío, deja que te lleve —sacó las llaves del auto de su bolsillo y caminó hacia la salida. Luana lo pensó unos segundos y terminó cediendo, Marcos tenía razón, la ciudad era peligrosa y los taxis casi siempre estaban ocupados. Salieron del edificio caminando a la par y la llevó a su auto; cuando lo vio se quedó boquiabierta. —¡Wow! —no evitó expresar mientras se tapaba la boca. —¿Te gusta? —Marcos le abrió la puerta y la cerró una vez que se sentó, luego subió al asiento del conductor—. Marca tu dirección —le dio su teléfono para que anotara la dirección. Luana marcó su dirección y el auto comenzó a avanzar. Conducía despacio para aprovechar el tiempo junto a ella. —¿Sabes de autos...? —le lanzó una mirada pícara. —Bueno, sé lo que me enseñó mi padre, él es amante de los autos, aunque no tenga el dinero para comprarlos me enseñó todo lo que sabía sobre ellos, desde pequeña —una sonrisa se marcó en su rostro. —Dime, ¿de qué trabajas? —estaba mirando la carretera. —Soy radióloga... ¿Tú, a qué te dedicas? —lo miró a Marcos con una pregunta en su mirada. —Me dedico a las leyes... —frunció los labios. —¿Eres abogado? —preguntó afirmando. —Sí, pero también soy juez de paz —la miró y le guiñó un ojo—. Ahora me dedico a otras cosas como sucesiones y asesoramientos legales —volvió a centrar la mirada en la carretera—. ¿Y tu padre qué hace? ¿Es mecánico o algo por el estilo? —quería conocer más de ella. —No, no habla mucho de su trabajo... sé que trabaja para el gobierno y que siempre viaja, pero seguramente debe ser algo bien aburrido, como él —se recostó en el respaldo del asiento. Marcos se giró para mirarla y le guiñó un ojo. Luana se sonrojó cuando la miró y corrió la mirada por los nervios, quería preguntarle algo, pero no se animó y se llevó la mano a la boca. —¿Querías decir algo? —intuyó que estaba por hablar. —Mmm... no te ves como un niño rico —expresó lo que pensaba. —¿Cómo son los niños ricos? —preguntó con una sonrisa. —Son tontos y demasiado inmaduros, además tienen cara de relajados —lo miró de reojo y no parecía uno. —¿Conoces a muchos niños ricos? —preguntó algo celoso. —Bueno... fui a estudiar a una escuela prestigiosa, al “Olimpus School”, por lo que verás estaba lleno de niños y niñas ricas —se giró hacia él y juntó las manos. —¿Cómo hizo tu padre para pagar una escuela tan cara? Solo la mensualidad debe valer lo que cuesta un vehículo de media gama... no es que quiera ofenderte, pero me acabas de decir que no tenían dinero para autos —parpadeó varias veces y la miró al frenar en un semáforo. —Bueno... es lo que les pregunté cuando me enteré lo que valía la cuota, me contaron que tengo un padrino que tiene mucho dinero y que él pagó todos mis estudios y muchas otras cosas mías. Mi mamá dijo que era un amigo de la juventud de mi padre —se encogió de hombros. —Ah, sí. ¿Quién es? Tal vez lo conozco —estaba muy curioso. —No recuerdo su nombre, me lo dijeron una vez, pero soy horrible para recordar nombres —se llevó el dedo índice al labio intentando recordar. Marcos se rió al ver su cara de concentración. Al rato llegaron al destino. —Bueno, hemos llegado, gracias por traerme —le agradeció con una sonrisa mientras se desabrochaba el cinturón de seguridad. —¿Cuándo te veré de nuevo? —preguntó Marcos colocando su mano en su hombro de nuevo. —Estamos en contacto —miró sus ojos profundos y brillantes. Marcos le dio una tarjeta y se bajó para abrirle la puerta, la tomó de la mano para ayudarla a bajar, salió del auto con delicadeza y la acompañó hasta la puerta de su casa. —Llámame cuando quieras verme o necesites algo, la verdad es que me agradó mucho conocerte y tu compañía —le dijo mirándola fijamente a los ojos, con una mirada penetrante. —Tengo tu contacto, nos veremos pronto. Ella colocó la llave en la cerradura, la giró y se volteo para despedirse de él. Entrelazó sus manos frente a su abdomen, esbozo una sonrisa tímida y lo miró a los ojos. Él la sujetó de la cintura con ambas manos, inclinó la cabeza hacia abajo y apretó sus labios sobre los de ella. La impulso hacia arriba haciendo que sus pies se desprendan del piso. Ella entro en estado de alerta, el cuerpo de Marcos era duro como una roca; de a poco comenzó a ceder, le gustó demasiado y colocó sus manos sobre sus hombros. —Ve a descansar. No pienses demasiado las cosas —apartó los labios y le dio un último beso, más profundo. La bajo y salió de la casa, luego se subió al auto para marcharse. Ella se quedó inmóvil en el lugar viendo cómo su automóvil se alejaba rápidamente. Esa noche no pudo dormir en su cama y terminó durmiendo en el sofá con una manta de unicornios; un montón de pensamientos y emociones complicadas la invadieron. Revisó su teléfono antes de quedarse dormida y vio que Camila le había mandado varios mensajes. *—¿Sabes quién es ese tipo? ¿Te dijo a qué se dedica?* —preguntó Camila—. *Cuando puedas contesta mis mensajes.* *—¿Qué pasó? ¿Lo conoces? ¿Hay algo raro en él que sepas?* —preguntó escandalizada—. *Me dijo que es abogado.* *—Es un magnate multimillonario, su familia lidera en el rubro de las leyes hace más de cien años y tienen otros negocios también.* *—Me pareció que tenía dinero, conducía un Lamborghini.* *—El tipo es una especie de playboy, solo sale con modelos reconocidas y nunca estuvo en una relación seria. No lo conozco muy de cerca, pero lo he visto en eventos de la alta sociedad* —envió Camila por mensaje—. *¿Te subiste a su auto?* *—Se ofreció a traerme a casa, como era tarde y tú me abandonaste en el lugar acepté, no tenía muchas opciones. Además besa como un dios* —Luana se desanimó cuando leyó que era un mujeriego, que no había tenido ninguna relación seria. Se dijo para sí misma que no iba a caer en la trampa de un tipo así. “Cuéntame todos los detalles...” envió caritas guiñando un ojo. Luana le contó por mensaje lo que había sucedido y sobre los dos besos que le había dado. “Me muero de la envidia, ese tipo no es de llevar en su auto a ninguna de las mujeres con las que sale, solo se encuentra en clubes o en hoteles, es más, nunca las lleva a su casa.” La cara de Luana se sonrojó y se durmió en el sillón mientras leía ese mensaje. A la mañana siguiente se despertó por el ronroneo de su gato, Félix, que le estaba amasando el abdomen mientras clavaba sus uñas. —Gato tonto, me lastimaste —se levantó y vio la hora. Corrió porque ya era tarde; se cambió rápido para ir a trabajar.
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