Lo mejor es el divorcio

1950 Words
Luana visitó fielmente a Alexander y le dedicó cada segundo de su tiempo libre durante tres semanas enteras; el plazo máximo que le otorgaron en el trabajo por licencia de familiar enfermo. ​La tarde del domingo la encontró en la misma rutina de siempre. Mientras limpiaba el cuerpo inerte de su esposo con una toalla húmeda, los recuerdos empezaron a asediarla: cada palabra hostil que había salido de su boca, cada actitud distante, la fría certeza de que él siempre elegía cualquier otra cosa antes que a ella. ​Unas lágrimas pesadas cayeron sobre el brazo de Alexander. Luana las secó mecánicamente con el paño. ​—Lo mejor es que nos divorciemos. Cuando te despiertes, ya voy a tener los papeles listos para que los firmes. Eso espero... Así ambos somos libres. Quiero que tomes esto como mi última muestra de afecto —murmuró, pasando la esponja sobre su pecho con suavidad—. Además, mañana tengo que volver al trabajo. Ya no me dan más días de licencia, así que no voy a venir seguido. Y de tu familia... bueno, tu madre viene una vez por semana y tu padre apareció tres veces desde el día del accidente. Espero que no te sientas solo. ​Dejó la esponja en el recipiente de metal, secó la piel de Alexander con una toalla limpia y lo cubrió con las sábanas de la clínica. Por último, sostuvo su mano con extremo cuidado, contemplando ese rostro que alguna vez amó. Le dio un beso casto en la frente y respiró hondo. ​—Me tengo que ir. Necesito descansar para mañana. Me voy a asegurar de que te cuiden bien en mi ausencia. Adiós, Alexander. ​Soltó su mano, se apartó y caminó hacia la puerta. Tras una última mirada al cuarto en silencio, cerró la puerta detrás de sí. ​El regreso a la rutina... ​A la mañana siguiente, un cálido rayo de sol entrando por la ventana la despertó. Era hora de regresar al mundo real. ​—Tengo que mantener la calma y salir adelante. Hay una vida por delante para mí... —se dijo a sí misma, sentándose en la cama. ​Para decretar un cambio de ánimo, eligió un vestido fresco color rosa pastel. Salió más temprano de lo habitual con la intención de desayunar en su confitería favorita. Pidió lo de siempre: un chocolate caliente con un trozo de pastel, y se acomodó en su mesa del rincón. ​—La extrañábamos —le dijo la moza con una sonrisa amable al tomar su orden. ​Mientras desayunaba, Luana empezó a sentir una incómoda sensación de ser observada. Levantó la vista y dos ojos azules, intensos y magnéticos, se clavaron en los suyos. Era un hombre alto, rubio, de facciones esculpidas y un porte imponente que desbordaba seguridad. Al verse descubierta, las mejillas de Luana se tiñeron de un rojo furioso. ​—¿Está ocupado? —preguntó el desconocido, acercándose a su mesa con una sonrisa ladina en los labios. ​Ella se quedó petrificada, mirándolo fijamente mientras el hombre, sin esperar respuesta, se sentaba frente a ella. ​—Un café sin azúcar —le pidió el sujeto a la moza con un rápido movimiento de dedos. ​Luana frunció el ceño, sacudiéndose el encanto inicial. ​—No dije si el asiento estaba ocupado o no, y te sentaste igual. ​—¿Estaba ocupado? ¿Estás esperando a alguien? —la cuestionó él, levantando una ceja, intrigado. ​—No, no estoy esperando a nadie. Pero me parece de mal gusto —respondió ella, esquivando esa mirada que la descolocaba por completo. ​—Entonces, puedo acompañarte. No soy alguien a quien le guste esperar —afirmó él con tono grave y una postura impecable. ​La tensión en la mesa se volvió espesa. Luana, completamente intimidada y nerviosa, se mordió el labio y fingió mirar el reloj de su muñeca. ​—Se me hace tarde para el trabajo, me tengo que ir —anunció apresuradamente. Se levantó, agarró sus cosas y abandonó el lugar, dejando el desayuno casi intacto. ​Era mentira; todavía le quedaba casi una hora libre. Pero la presencia de ese sujeto había derribado sus defensas con una sola mirada. Desde el ventanal de la cafetería, el hombre de ojos azules la vio alejarse, divertido. ​Tras cumplir con su primera jornada laboral después de la licencia, Luana regresó a su hogar agotada y arrastrando los pies. Su teléfono vibró; era un mensaje de Camila, su mejor amiga: ​“Acabo de volver de viaje. Voy para allá a las 21:30 con pizzas 🍕😉” ​Luana miró el reloj de la pared: ya eran casi las nueve y media. El timbre sonó minutos después. ​—¡Vine a cambiar esa cara larga! —exclamó Camila al entrar, cargando una caja de pizza. ​—Suerte con eso —suspiró Luana, dejándose caer en una banqueta de la cocina. ​—¡Hey! Arriba el ánimo. Sos joven, hermosa y la vida sigue. Hay que afrontar la realidad —Camila le dio un toquecito amistoso con el celular—. Sé que es duro, pero tenés que salir del pozo. ​—Hoy fue un día agotador, Cami... Volví al trabajo y no puedo dejar de pensar en lo sola que estuvo mi vida estos años —Luana se frotó las sienes—. Camila... ¿vos creés que Alex pudo haber tenido otra mujer? ​Camila se quedó helada por un segundo. Tragó saliva antes de responder, lo que encendió las alarmas de Luana. ​—Bueno... esas cosas se notan en la intimidad de la pareja, Lu. El otro pierde el deseo, inventa salidas nocturnas dudosas... ¿Cómo eran ustedes en la cama? ¿Tenían relaciones seguido? —preguntó con cautela. ​Luana miró su alianza con amargura y soltó una risa seca. ​—Horrible. Una mentira. ​—¿Y cómo aguantaste tanto tiempo? —Camila se llevó una mano a la boca. ​—Porque hasta hace poco tenía esperanzas —confesó, caminando hacia el living. ​Camila la siguió, decidida a no dejarla deprimir. ​—¿Qué vas a hacer cuando Alexander despierte? —inquirió fijando sus ojos verdes en ella. ​—Sinceramente, me voy a divorciar. Estoy muy cansada. Quiero liberarnos a ambos de esto. ​—¿Ya iniciaste los trámites? ​Luana negó con la cabeza. ​—Necesito encontrar un abogado para iniciar el proceso. Quiero que sea rápido. ​—No sé qué decir... ¿Tan malo era el sexo? —la miró dudosa. ​—No solo era eso. No cuento ni con los dedos de las manos el tiempo real que pasamos juntos. ​—Bueno, basta. Tenés que encontrar a alguien que te libre de esa maldición —decretó Camila—. Y para empezar a cerrar ciclos, deberías desempaquetar las cosas de Alex que te entregaron en la clínica. No podés tener esa caja juntando polvo ahí. ​Luana suspiró y caminó hacia la isla de la cocina donde descansaba la caja embalada con las pertenencias personales de su esposo. Agarró un cuchillo de cocina, cortó la cinta y metió las manos dentro. Encontró el celular destruido de Alexander y su billetera. Al abrirla, un trozo de papel cayó sobre la mesada. ​Era una servilleta fina con letras doradas impresas que decían: Restaurante Palace. ​—¿Qué es eso? —Camila se estiró para mirar. ​—Una servilleta del Palace —leyó Luana en voz alta, desconcertada. ​—¡Conozco ese lugar! Es exclusivísimo, super lujoso. Iba siempre con Joshua, y a mi papá y a Martín les encanta. Cambiemos el plan, vayamos ahí. La pizza puede esperar. Hay unos tipos que están buenísimos ahí —dictaminó Camila, agarrándola del brazo. ​—¿Ahora? No sé, Cami... ​—Nada de peros. Andá a bañarte, sacate esa ropa deprimente y ponete el vestido más sexy que tengas. Hay que sacar a la leona. ​Luana, agotada de darle vueltas a la tristeza, decidió hacerle caso. Subió, se dio una ducha rápida y se vistió con un diseño azul Francia que se ceñía a sus curvas con un escote en V pronunciado. Se maquilló sutilmente y se calzó unos tacos altos color nude que estilizaban sus piernas. ​Cuando bajó, Camila la esperaba con la boca abierta. ​—¡Wow! Ese azul te queda pintado, resalta muchísimo tu piel. Deberías vestirte así más seguido. Escuchame, Martín tiene la noche libre... ¿le avisamos para que nos alcance allá? —sugirió, mostrando la pantalla de su celular. ​—No, Cami. Dejalo a Martín tranquilo —respondió Luana, agarrando su bolso. ​En el Restaurante Palace ​Una hora después, el ascensor las dejó en el último piso del edificio del Restaurante Palace. El lugar era imponente: una decoración impecable en blanco y oro, columnas con arabescos y un ambiente que gritaba elegancia y clase alta. Al entrar, Luana sintió las miradas de los hombres devorándola. ​—Todos te están desnudando con los ojos, te ves radiante —le susurró Camila mientras las guiaban a una mesa. ​Se sentaron y pidieron la carta. ​—Vos también te ves espectacular —le dijo Luana al admirar la figura alta y esbelta de su amiga. ​—Este lugar es de otra categoría. Acá viene la elite de la ciudad. Antes no te traía por culpa de tu papá castrador y de Alexander, que era un enfermo de los celos. Pero ahora sos libre, Lu. Con tu marido en ese estado, técnicamente estás sola... y además se van a divorciar. Tenés que romper el celibato. ​—No quiero una aventura de una noche, Cami. Quiero que sea con alguien especial —respondió Luana, entrelazando sus dedos. ​Camila dejó el menú sobre la mesa y se mordió el labio con picardía. ​—Si querés a alguien especial... ¿por qué no mirás dentro de tu círculo cercano? ​—¿De quién estás hablando? —Luana entornó los ojos, conociendo bien a su amiga. ​—¿Nunca consideraste a Martín? —soltó Camila, llevándose un trozo de pan a la boca. ​—¡¿Qué?! ¡¿Tu hermano?! —Luana soltó una carcajada limpia—. Estás loca. ​—Hablo en serio, Lu. No hay muchos hombres como él dando vueltas. ​—No, gracias. Prefiero quedarme sola hasta que Alexander se despierte y me firme el divorcio. Los médicos dicen que evoluciona bien y que puede despertar en cualquier momento. ​—Pero no seas necia... sé que sos hermosa, pero mi hermano es re atractivo, tiene estudios, plata y maduró un montón. Yo sé que le gustás —insistió Camila, inclinándose hacia adelante—. Además, tenés que pensar en tu futuro. ¿Qué vas a hacer cuando tus suegros te echen de la casa tras el divorcio? Con tu sueldo no te alcanza ni para un monoambiente en la ciudad. Sabés que esos viejos te odian. ​—Gracias por levantarme la autoestima, Cami. ¿Por qué no me empujás abajo de un tren directamente? —respondió Luana, fastidiada. ​Intentando cortar la conversación, Luana desvió la mirada y empezó a recorrer el elegante salón con los ojos. Fue entonces cuando su respiración se detuvo. ​En una mesa del sector VIP, un hombre la observaba con fijeza, escaneando cada milímetro de su vestido azul con una intensidad que le resultó familiar. Era él: el sujeto de los ojos azules de la cafetería.
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