—Mañana a esta misma hora estarás de vacaciones en el Caribe, cariño... —Mat le ofreció una galleta dulce.
—Estoy emocionada, es solo que este es el ultimátum de nuestra relación. Si no sale bien... —resopló con desgana, apoyando los codos sobre la mesa de madera. En ese momento recibió una notificación—. Me acaba de enviar un mensaje —sacó su teléfono del bolsillo y se sonrojó al leer para adentro: “Espérame en casa... te compré algo para que uses esta noche”.
—¿Qué dice tu esposo? —Mat asomó su rostro para espiar el teléfono—. Hoy se te da... —la sujetó del brazo con bastante firmeza.
—Mat... —Luana le habló con un tono de advertencia y le marcó distancia con la mano. Luego revisó la lista de pacientes para evadir el tema—. Cariño, estás tan amargada, realmente necesitas, ya sabes...
En ese instante, Mat recibió el impacto de una carpeta en su cabeza. Luana lo miró amenazante.
—No es gracioso —le advirtió al señalarlo con el dedo. Revisó la hora mientras le daba el último sorbo a su té—. Me espera un paciente, el último... ¡Cielos, quiero irme ya!
Respiró hondo y abrió la puerta. Luego de atenderlo, se quitó el uniforme, escaneó su huella dactilar en la pantalla de salida y se retiró.
Llegó a casa tras esquivar el tráfico de un típico viernes. Arrojó su bolso sobre la mesa, se dirigió a la habitación y buscó el regalo de Alexander. Encontró una caja roja con un lazo del mismo color sobre la cama. Al tirar del moño, descubrió una hermosa lencería color rojo carmín.
—Wow... nunca usé algo como esto —murmuró. Lo tomó en sus manos y se encerró en el baño.
«Hoy se tiene que dar después de tanto tiempo, después de tantos obstáculos... al fin vamos a poder ser un matrimonio real», pensó. El agua caliente se encargó de relajar sus rodillas temblorosas. Esos meses Alexander estuvo muy distanciado, pero las cosas estaban por cambiar.
Al salir de la ducha se maquilló, secó su cabello y adornó su figura con el conjunto rojo; sin embargo, se abrigó con una bata tras sentir un repentino escalofrío que le erizó la piel. Se sentó al borde de la colchón y encendió algunas velas aromáticas. La habitación estaba perfecta.
Las horas transcurrieron al compás del reloj antiguo que adornaba el living. Sus ojos comenzaron a pesar hasta que se cerraron por completo; el cansancio le ganó. De repente, el sonido de una notificación la sobresaltó.
“No voy a llegar esta noche. Mi vuelo se demoró por cuestiones laborales. Vamos a tener que posponer la luna de miel una vez más, voy a cambiar la fecha de los boletos. Lo siento”.
Luana no contestó. Simplemente arrojó el teléfono silenciado sobre la cama. Apagó cada vela y tiró toda la decoración a la basura, incluido el conjunto nuevo. Le parecía inútil. Con la desilusión calando hondo en su pecho, se acostó a dormir.
La mañana siguiente...
¡Ding - Dong!
El timbre la despertó a primera hora de la mañana. Se levantó aturdida y tallándose los ojos. ¿Habría olvidado Alexander sus llaves? Bajó corriendo las escaleras, descalza y envuelta en la bata, con una sonrisa que se desdibujó de un plumazo al abrir. En el umbral había dos oficiales de policía.
—Buenos días, oficiales, ¿puedo ayudarlos en algo? —preguntó confundida, conteniendo un bostezo.
—¿Señora Luana McKnight? —preguntaron examinándola.
—Sí, soy yo —respondió, cruzando los brazos para asegurar la bata sobre su pecho.
—¿Podemos pasar a hablar? —solicitó uno de ellos con cautela, enseñando su placa.
Ella les cedió el paso. Una vez sentados en el living, el ambiente se volvió denso.
—Señora... estamos aquí para darle una triste noticia. Su esposo sufrió un accidente automovilístico hace unas horas. Vinimos a informarle que se encuentra en la UCI; intentamos comunicarnos antes, pero no atendió las llamadas.
Esas palabras se sintieron como un golpe directo al estómago, como si dos alarmas de incendio resonaran en sus oídos. No pudo contenerse; se llevó las manos temblorosas a la cara para limpiar las lágrimas que desbordaban sus ojos.
—No, no, no es posible... —sollozó, con el cuerpo entero sacudido por el shock.
Tras marcharse los oficiales, Luana casi tropieza en las escaleras debido a la falta de coordinación. Al entrar a su habitación, tomó el teléfono con torpeza y marcó.
—Mamá, papá, por favor, los necesito... —habló sentada en el suelo, ahogada en llanto.
—Hija, ¿qué sucedió? —la voz de su padre sonó alarmada.
—Alexander tuvo un accidente con el auto. ¿Pueden venir? No quiero estar sola, tengo que ir al hospital... está en la UCI.
Sus piernas flaquearon al cortar. Se cambió de ropa como pudo, bajó las escaleras y esperó detrás de la puerta hasta que sus padres anunciaron su llegada.
Al llegar al hospital, la condujeron directamente a la Unidad de Cuidados Intensivos. La piel se le erizó apenas cruzó el umbral. Alexander tenía la cabeza completamente vendada y diversas fracturas visibles.
—Está en coma, no sabemos cuándo despertará. Es un milagro que haya sobrevivido a un impacto de esa magnitud —explicó el médico de guardia mientras anotaba unos datos en el monitor.
—Santo cielo —murmuró ella. Se acercó a la camilla y le tomó la mano con suavidad.
—Cualquier cosa, puede tocar el timbre del pasillo —añadió el doctor antes de salir.
—¿Cómo es que llegaste a esto, Alex? —pensó en voz alta, contemplando el estado lamentable de su marido.
El tiempo se dilató en la penumbra de la sala. Más tarde, una mano en su hombro la devolvió a la realidad.
—Hija... despierta —le susurró su padre—. Están los padres de Alexander afuera.
Ella asintió en silencio y salió de la habitación. Se dejó caer en las sillas del pasillo a esperar que sus suegros terminaran la visita. Apoyó la cabeza en el hombro de su madre, manteniendo la vista fija en la puerta.
Media hora después, la puerta se abrió. Elsa, la madre de Alexander, salió con el rostro destrozado, mientras que Germán, su suegro, caminaba con la mirada perdida. De pronto, Elsa se detuvo en seco. Al divisar a Luana, giró sobre sus talones. Sus tacones resonaron con violencia en el pasillo, quebrando el respetuoso silencio del hospital.
—¡Tú! ¡Todo esto es tu culpa! —gritó, desquiciada.
Se plantó frente a ella y levantó la mano dispuesta a abofetearla, pero la madre de Luana reaccionó a tiempo, sujetándola del brazo con firmeza.
—¡Aléjate de mi hija! —bramó, empujándola sutilmente hacia atrás.
Luana observó la escena completamente aturdida. Germán intervino de inmediato, tomando a su esposa del hombro.
—Elsa, ¿vas a armar un escándalo en este preciso momento? Compórtate. Pide disculpas y vámonos —le ordenó en un hilo de voz tenso.
Luana prefirió ignorar el veneno de su suegra y desvió la mirada, limpiándose las lágrimas rebeldes mientras escuchaba una disculpa automática y vacía. Finalmente, los padres de Alexander se marcharon. Sabía que su esposo era el orgullo de la familia, pero aquello no justificaba los maltratos.
—Te dejamos un tiempo a solas con él, mi amor. Mañana volvemos temprano —le dijo su padre, dándole un beso en la frente.
Luana asintió con un nudo insoportable en la garganta. Al quedarse sola en la habitación a oscuras, el único sonido era el rítmico y monótono pitido de las máquinas que mantenían a Alexander con vida. Apoyó la cabeza en el borde del colchón y, vencida por el cansancio, volvió a quedarse dormida.
En mitad de la madrugada, un leve calor interrumpió el frío que sentía. Una mano pesada y cálida se posó en su hombro, acompañada de una voz masculina que conocía bien.
—Lu... lo siento mucho.
Ella permaneció inmóvil, como una estatua de sal. El corazón le dio un vuelco, pero la coraza que llevaba puesta no tardó en reaccionar.
—Martín... No me siento bien —articuló con lentitud, apartando la mano de su hombro con un movimiento gélido.
Él la miró con una mezcla de frustración y tristeza, comprendiendo el límite impuesto.
—Los dejo solos —murmuró ella, dando un paso atrás.
Ella se giró y salió caminando por la puerta. Martín dio media vuelta y simplemente se marchó, haciendo que sus pasos se perdieran en el pasillo. Luana se abrazó a sí misma, sintiéndose completamente vacía y drenada por lo que había pasado esa noche.
Al día siguiente...
Cerca de las doce resonó el sonido del timbre dentro de su casa.
Había vuelto a su casa esa mañana para dormir un poco, tomar un baño y buscar algunas cosas para regresar al hospital y así cuidar de Alexander.
Ella dormía profundo tras haber estado la noche en vela. Luego de levantarse se calzo unas pantuflas y bajo a pasos y torpes por la escalera.
Espió con sus ojos enrojecidos por el rabillo de la cerradura.
—¿Qué está haciendo en mi casa? —se preguntó al ver quien estaba de pie en la puerta de su casa.
Martín guardaba una mano en el bolsillo de la campera y sostenía unas flores en la otra.
Abrió la puerta, con el cabello enmarañado y luciendo un pijama de gatitos.
Se apoyó en el marco.
— Lu... ¿Cómo estás? Vine a ver si necesitabas algo. Justo pasaba por acá y ví tu auto, entonces decidí venir a verte... —tartamudeó con el labio tembloroso.
—Acabo de despertarme de un descanso, pero me siento igual que ayer... —soltó una risa amarga y las lágrimas amenazaron con salir.
—Lo siento... —susurró Martin y se rascó el cuello.
—Perdón, pero... —se cubrió el rostro con las manos para ocultar sus lágrimas.
—¿Puedo pasar un rato? —inquirió con el rostro sonrojado señalando al interior de la casa.
Ella dudó unos segundos, pero pensó que tal vez le vendría bien un poco de compañía; asintió y le cedió el paso.
Martin la siguió hasta la cocina, colocó las flores en agua y se quedó de pie en la cocina.
Luana le sirvió una taza de café.
Martín la aceptó y suspiró al mirarla a los ojos.
—Gracias —él susurró bien bajito.
—Todos deben tenerme lástima ahora mismo... —expresó con la voz tomada.
Ella lo miró y Martín se rascó la cabeza.
Hubo un silencio que se sintió insoportable.
—Vine para que sepas que deberías contar conmigo y con mi familia, Lu. Sabes que nosotros no somos como la familia de Alexander —espetó sentándose en un banco de la cocina.
—Lo sé, y gracias. Pero creo que voy a estar bien. De verdad.
Luana apoyó los codos sobre la mesa y lo miró con sus ojos cristalinos.
—¿Cómo estás aparte de todo esto? —se acercó a ella y la tomó de la mano.
—No lo sé. Las cosas no venían bien en nuestro matrimonio. —se sinceró Luana aceptando el contacto.
—Bueno... —Martin se mordió los labios antes de hablar de más.
—Es terrible. Todos saben cómo nos iba en nuestro matrimonio. —miró hacia arriba y soltó un suspiro pesado.
Se llevó ambas manos al cuello y apretó con mucha fuerza las yemas de sus dedos en un intento de relajar la tensión.
Martín le dio un abrazo de forma repentina, envolviendo su cuerpo completamente con sus brazos.
Después de tanto tiempo se sintió un poco en paz. Pero Luana tomó ese gesto demasiado invasivo en cuanto su sentido común despertó.
Miró una foto de su casamiento que posaba sobre una repisa de la cocina y lo apartó con calma.
—Martin, voy a pedirte que te vayas. Quiero estar sola —exigió, marcando una distancia.
Luego de que Martin se fuera quedó en total silenció.
Unos minutos después, Martin le envió un mensaje:
"No quiero que me malinterpretes. De verdad te valoro como mi amiga. Te quiero."
Luana se quedó mirando ese mensaje por varias horas hasta que consiguió conciliar el sueño de nuevo.