Marcos le sostuvo las muñecas delgadas sin ejercer demasiada fuerza, solo la suficiente para que dejara de luchar en contra de él en su intento por darle un golpe que de verdad le doliera. Se fijó especialmente en que los nudillos de ella ya se habían enrojecido demasiado; si seguía pegándole, se le iban a tornar morados. —Basta, dejá de golpearme o te vas a lastimar sola. No me duelen tus golpes —espetó, con una marcada arruga entre las cejas. —Todavía no me descargué por completo, ¡soltá mis muñecas! —refutó Luana, creyendo erróneamente que si hacía suficiente fuerza lograría liberarse de su agarre—. No me vas a dar órdenes ni a prohibir que vea a Mat, Marcos. No sé qué tenés en contra de él. —Luana... ¿No te das cuenta de que te quiere llevar a la cama? ¿Qué hombre no querría hacerlo

