Le comenzó a faltar la respiración, se llevó una mano al pecho y se inclinó tras perder la estabilidad en las rodillas. Marcos había reaccionado de inmediato cuando vio la actitud sospechosa entre los jóvenes. Quiso llegar antes de que ocurriera algo así, pero se demoraron en abrirle la puerta de entrada al patio. Corrió a pasos agigantados hacia ella y se agachó para quedar a su altura. La sujetó del rostro con ambas manos y le limpió las lágrimas con los pulgares. —Mírame y respira profundo conmigo —habló con calma, sintiendo cómo temblaba el rostro de ella, completamente enrojecido. Ella asintió con la cabeza y respiró hondo, mirándolo borroso a través de las lágrimas. Luana apretaba los puños con fuerza dentro de los bolsillos de su campera. —Dame las manos —le pidió él. Ella negó

