Camila Llegué al apartamento arrastrando los pies, no de cansancio físico, sino de algo mucho peor: ese agotamiento invisible que te consume por dentro. Fingir. Fingir que todo estaba bien cuando claramente no lo estaba. Que no dolía ver a Erick otra vez. Que no me afectaba su forma de mirarme, de suplicarme, de intentar atarse a mi vida con esa cuerda invisible que él mismo cortó antes. Pero la verdad… había un abismo entre nosotros. Tan hondo, tan oscuro, que solo pensar en cruzarlo dolía más que caer en él. La tensión con él era como una tormenta a punto de estallar y yo, con una sonrisa puesta como máscara, trataba de sobrevivir entre las grietas. Me dejé caer sobre la cama sin pensar, como si el colchón pudiera absorber todo lo que sentía. Cerré los ojos apenas unos segundos y ento

